<B>¿Qué va a ser de nosotros?</B>

Rafael Puyol. Vicepresidente Ejecutivo. Fundación Instituto de Empresa

1 Enero 2005

Los pronósticos anuncian cambios importantes en la estructura demográfica en España: crecimiento significativo, alargamiento de la esperanza de vida, incremento de la tasa de natalidad, etc. Fenómenos todos ellos en los que la inmigración jugará un papel fundamental.

Desde hace algún tiempo andamos revueltos con las cosas de la demografía. La población española no es la de hace 25 años, pero tampoco la de hace 5 ó 6. En el corto periodo de tiempo que abarca un lustro, hemos recuperado algo la tasa de natalidad y ha crecido significativamente el número de inmigrantes. La sombra del crecimiento cero o negativo se diluye, precisamente gracias a la población extranjera. Vislumbramos un futuro con menos sombras, sin embargo, lo que no mejora es la tasa de envejecimiento que va a seguir creciendo.

Bajo el efecto de estos cambios, reflejados en parte en el Censo del 2001, el INE ha hecho unas proyecciones a muy largo plazo, con el horizonte 2070. Una fecha, sin duda, lejana que justifica toda las dudas contenidas en la repetida frase “cuan largo me lo fiáis”. Las proyecciones de población hay que verlas con un cierto distanciamiento y una razonable dosis de prudencia. Están sujetas a errores pero son un instrumento imprescindible para intentar saber “que va a ser de nosotros”, aunque sólo sea, como dice Anatole France, porque el porvenir es un lugar cómodo para colocar los sueños. No soñamos al predecir que vamos a ser más. Si las cosas evolucionan como prevemos, en el 2025 seremos más de 50 millones y en el 2050 más de 53. A partir de entonces el declive se anuncia inexorable.

En cuanto a la tasa de mortalidad se producirán dos fenómenos aparentemente contrapuestos. Aumentará la esperanza de vida, situándose en el 2030 en los 87 años para las mujeres y los 81 años para los varones. Es una buena noticia para todos, pero sobre todo para los hombres que acortan la distancia que les separa del sexo femenino. La mala noticia es que crecerá la cifra bruta de fallecidos como consecuencia del fuerte proceso de envejecimiento, es decir, la acumulación de personas mayores en las edades altas de la pirámide.

Como elemento compensador, actuará el previsible crecimiento de la fecundidad iniciado hace 5 años. Para medir este fenómeno utilizamos el número medio de hijos por mujer. Dicho índice fue en el 2002 de 1,256 y será en el 2050 de 1,526. Ambos índices aplicados al volumen de mujeres en edad fértil en cada fecha dieron 416.000 nacimientos en el 2002 y 432.000 en el 2050. No muchos hijos más a pesar del crecimiento del indicador debido a que el número de “madres potenciales” a las que aplicarlo será menor. Lo que no mejora es la edad media para la maternidad, que hoy es ya significativamente elevada (30,82 años) y que se situará en los 31,14 años gracias al efecto suavizador de la maternidad más joven de los inmigrantes.

El papel estelar del crecimiento corresponderá a la inmigración, con tres efectos demográficos: añadir efectivos a la población autóctona, influir al alza en las cifras de nacimientos y mitigar (que no detener) el proceso de envejecimiento. La combinación de esa triple acción engrasará los mecanismos de nuestra andadura poblacional. Pero cuidado, si el establecimiento de hipótesis sobre la fecundidad/mortalidad contiene incertidumbres, las relativas a la inmigración exterior son especialmente arriesgadas. Por ello, el INE nos advierte sobre el futuro de esta variable con especial insistencia y establece cálculos sólo a corto plazo. Juzga, analizando la tendencia anterior, que las 615 mil entradas del año 2000 serán sólo 276 mil en el 2009 y establece un cuarto de millón de incorporaciones “fijas” a partir de 2010.

[*D La sombra del crecimiento cero o negativo se diluye gracias a la población extranjera *]

La inmigración jugará un papel estelar en el crecimiento futuro aún en las condiciones estimadas. Pero será la acción de una estrella que se irá apagando. Ahora nos preocupamos por el fuerte volumen de inmigrantes que pretenden instalarse entre nosotros. ¿Llegará el día en que nos preocuparemos por no recibir los suficientes? Lo que parece probable es que si la inmigración no se nutre de más efectivos, la población disminuirá a partir del 2050 debido a que el crecimiento natural negativo, fruto del intenso envejecimiento, no podrá ser compensado por las entradas previstas. Los 53 millones largos de habitante del 2050 caerán hasta 51 millones en el 2070.

Más importante que las cifras, será como nos distribuyamos por edades porque muchos de los aspectos de la vida económica y social del futuro dependerán de esa variable. Aquí las cosas parecen bastante claras: habrá menos jóvenes y adultos,y habrá más viejos. Ya en el año 2002 tenemos menos jóvenes (16%) que viejos (casi 17%), correspondiendo a los adultos los 2/3 del total. En el año 2050 los jóvenes bajarán hasta el 14% y los adultos hasta el 55%, mientras que los viejos subirán hasta casi un 31%. El envejecimiento será inexorable e irreversible y a la vez que una buena noticia, un reto y una preocupación. Una buena noticia porque es la expresión de una perseguida conquista social; un reto porque no se trata sólo de dar más años a la vida, sino más vida a los años y una preocupación porque en materia de pensiones y otros gastos sociales va a plantear serias dificultades. Dificultades que deberá abordar un mercado de trabajo con una estructura distinta, menos jóvenes, más adultos, más inmigrantes, más mujeres y más viejos que se mantendrán más tiempo en activo.

Toda la sociedad será más diversa, desde diferentes puntos de vista: étnico, cultural, religioso o lingüístico. Tendremos que aprender a gestionar la diversidad mediante políticas que favorezcan la integración. Sin el esfuerzo de todos, extranjeros y autóctonos, no habrá integración, ni progreso, ni porvenir. No estamos preparados para recibir un número tan fuerte de alumnos extranjeros en nuestras escuelas, pero hay que resolver ese problema sino queremos poner en juego nuestra convivencia.

El futuro demográfico se presenta apasionante. Quienes lo vivan serán jueces y censores de nuestros pronósticos. Y también estarán embarcados en la tarea de prever el suyo, que esperemos no sea más sombrío.

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