Árbitro ca… ¡campeón!

Rafael Puyol. Vicepresidente. Fundación IE

10 Enero 2012

Los árbitros se merecen un monumento. Tras su negro pasado, han conseguido demostrar que ni se compran, ni se venden, y en cambio siguen sufriendo los mismos vilipendios.

Hace tiempo que deseo escribir sobre los árbitros de fútbol y, además, hacerlo de forma positiva. Son tan vituperados que de vez en cuando merecen una alegría. Empezaré diciendo que son gente admirable, sacrificada, abnegada y honesta. Aquello de que los árbitros trapicheaban ha pasado a la historia.
Ya no puede repetirse la historia que me contó mi amigo Teo de que una vez compró a un árbitro en beneficio de un conjunto asturiano; pero era tan malo el equipo que acabó metiendo el gol de la victoria decisiva un defensa contrario, lo que el árbitro recibió un alborozo corriendo hacia el centro del campo y gritando: gool…… gooool.

[*D Los árbitros son gente admirable, sacrificada, abnegada y honesta. *]

Ahora, los árbitros son como el cariño verdadero: ni se compran, ni se venden. Pero eso no les impide ser el blanco de todas las iras del respetable, cuyos excesos verbales le lleva a manejar epítetos contra ellos de lo más variado. Unas veces extraídos del mundo vegetal o animal, como melón, burro, besugo, acémila o cabrón; otras derivadas de la vida política, como aquella de “árbitro Zapatero”; y algunas más directamente procedentes de las relaciones materno-filiales como el escueto “hijo puta”.

[*D Afortunadamente, aquello de que trapicheaban ha pasado a la historia.
Son el blanco de todas las iras del respetable, cuyos excesos verbales le lleva a manejar epítetos contra ellos de lo más variado. *]

Y a veces no nos damos cuenta de que estos juegos de artificio constituyen una vía de escape de los sinsabores en los que vive la gente. Casi diría que es mejor que los árbitros lo hagan mal, ya que así el paisanaje se va a casa tranquilo, come las croquetas de la parienta sin rechistar, y se va a la cama desfogado.

Una vez propuse un monumento a las mujeres sándwich. Ahora sugiero un monumento al trencilla cuyo boceto ya tengo en la cabeza. En él, el árbitro aparece sobre una peana de hinchas airados. Su cuerpo se cimbrea ligeramente hacia el área, con la mirada atenta, el gesto firme, los ademanes claros, las tarjetas insinuadas y el pito en ristre. ¿A qué les gusta?

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