<B>Alemania necesita elites</B>

Stefanie Müller. Corresponsal. Wirtschaftswoche

23 Abril 2004

El fenómeno nazi dejó poso en la conciencia colectiva alemana. Durante años, los germanos rechazaron todo tipo de elites. Pero los nuevos tiempos exigen cambios y contemplan, de nuevo, a estas clases superiores.

Tras la II Guerra Mundial los alemanes se dedicaron a trabajar con modestia, férrea disciplina e indomable dedicación. De esta manera, el país se recuperó económicamente con rapidez y, a pesar de la terrible destrucción material y la depresión psíquica de la II Guerra Mundial, en los años 70 se alzó como la tercera potencia económica del mundo. La enseñanza alemana se consideraba profunda, práctica y muy sólida. Los ingenieros alemanes eran los mejores. Desarrollaban coches, electrodomésticos, teléfonos y televisores, cuyas marcas son hoy conocidas internacionalmente.

Alemania era como promedio bastante mejor que otras naciones industrializadas, pero no a nivel individual. En Alemania no existían y casi no existen elites. Excepto en el deporte, en donde los cuadros de mando, los internados, el dinero de los patrocinadores y el alto rendimiento no están mal vistos. Durante mucho tiempo se ha mantenido la idea de que impulsar las elites va en contra de la igualdad de oportunidades. Con ello queda claro que los niños superdotados, cuando van al colegio con niños de inteligencia normal, pierden oportunidades.

Las elites son personas escogidas y esto hace que muchos alemanes recuerden a los nazis, que querían dar una educación excepcional a los mejores y eliminaron de la forma más cruel a los que ellos consideraban débiles. En la voluntad de los siguientes gobiernos democráticos de los años 60 y 70 en Alemania estaba que esto no sucediera nunca más, ni siquiera de forma colateral. Por esa razón, hoy en día, los discapacitados se integran en la sociedad de manera ejemplar, los hijos de los emigrantes con pocos conocimientos de alemán pueden acceder a la escuela sin problemas, y la educación escolar y universitaria es gratuita, para que todos tengan una oportunidad.

Menor consideración se tuvo hacia los niños con un talento extraordinario y que no encajan bien en el habitual ámbito escolar o universitario. En consecuencia, en Alemania existen muy pocos centros privados o especializados, por no hablar de centros de educación superior elitistas. Alemania no puede seguir permitiéndose, por motivos históricos, ir contra corriente a la vista de los graves problemas económicos a los que se enfrenta. El número de patentes que se solicitan en Alemania retrocede cada año. Francia tiene sus Grandes Ecoles, Gran Bretaña sus internados de elite y Cambridge, España tiene sus escuelas de negocios y universidades privadas. Alemania también necesita instituciones educativas para los mejores de su sociedad y un entorno que sea positivo para ellos. “Toda nación necesita alto rendimiento y con ello personas escogidas”, opina asimismo Andreas Schleicher, experto en educación de la OCDE.

[*D Durante mucho tiempo ha perdurado la idea de que impulsar las elites perjudica la igualdad de oportunidades *]

Esto lo saben también los socialdemócratas en el poder que, hasta ahora, han sido los mayores enemigos de las elites porque lo habían relacionado sobre todo con privilegios injustos para los ricos. “El que tiene que digerir diez millones de parados, también tiene irremediablemente que empezar a pensar de otra forma”, justificaban los miembros del partido el hecho de que el canciller Gerhard Schröder ahora, casi en cualquier declaración a la prensa, hiciera alguna referencia a las elites. Las necesita como creadores de empleo. Necesita nuevas empresas como Siemens, Allianz, Miele y Mercedes, que se han convertido en compañías internacionales de éxito y han creado muchos miles de puestos de trabajo.

El gobierno estudió este tema hace unos meses, después lo analizaron los medios de comunicación y ya se están produciendo las primeras reformas. Muchos Bundesländer alemanes han reducido, por ejemplo, un año la duración de los estudios necesarios para acceder a la universidad, estableciéndose en doce años. Además, en muchos lugares, será más fácil en el futuro saltar un curso si se es un buen alumno. De esta forma, un joven podrá empezar sus estudios superiores con 16 o 17 años. Con 23 podrá finalizar la universidad mientras que, actualmente, como promedio no se obtiene la licenciatura hasta los 27 años, también debido a otros factores como la dejadez del alumnado. La ministra de educación Edelgard Bulmahn ha tomado medidas contra este fenómeno imponiendo tasas escolares a quienes no consigan aprobar en los plazos normales. Con esto, también se pretende que en los próximos años cinco universidades alemanas se conviertan en centros de elite de renombre internacional.

Competencia en la enseñanza pública

Detlef Müller-Bölling, director del Centro Gütersloher para el desarrollo de la educación superior, piensa que para ello es necesaria una mayor competencia en la enseñanza pública. Al margen de que esto signifique también mayor financiación: “Antes o después todos los estudiantes tendrán que pagar”. Pero con esto tampoco se resuelve el problema ya que, las elites no sólo se crean en las universidades. No basta una inteligencia o creatividad superior a la media, sino que es necesario que la ética y la responsabilidad sean valores arraigados.

El país de los poetas y pensadores debe volver la vista a sus raíces, no copiar las elites a lo Harvard, que en los últimos años han aportado un escándalo financiero tras otro, sino marcar sus propias señas de identidad que empiezan en la educación familiar. Para ello, el gobierno socialdemócrata debe aprovechar esta oportunidad y extraer las elites de círculos no burgueses-académicos. Además, en esta línea, deberían mimarse de nuevo a las elites políticas. En ninguna otra parte son más necesarias que aquí, en ninguna otra parte son más difíciles de encontrar que en Alemania.

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