Cambio de paradigma en el mundo árabe (1)

Haizam Amirah Fernández. Profesor. IE School of Arts & Humanities

8 Marzo 2011

Túnez ha encendido la llama en el mundo árabe y ha destapado la presión creciente que existe contra poderes absolutos, ejercidos sin controles ni contrapesos.

Ben Ali ha sido el primer dirigente de un Estado árabe en abandonar su cargo y huir del país a causa de unas revueltas populares espontáneas. El resto de líderes autocráticos árabes ha tomado nota, al igual que sus poblaciones. A pesar de las diferencias en los modelos sociales y sistemas políticos de los países árabes, muchos de sus habitantes tienen en común un profundo desapego hacia los representantes del poder.

La falta de oportunidades para progresar, la rampante corrupción y la creciente carestía de la vida están generando frustración e ira cada vez más difíciles de contener. Hay quienes prefieren ver lo ocurrido en Túnez y Egipto como un caso aislado. Sin embargo, bien podría ser un reflejo de fenómenos más profundos, que harán insostenibles las actuales formas de gobernar en la región, basadas en el autoritarismo y la imposición. De hecho, al término de 2010, muy pocos habrían augurado que el primer dirigente totalitario árabe en perder su trono sería el presidente tunecino Zine el Abidin Ben Ali.

Las revueltas vividas en Túnez han tenido varias particularidades. Se trata de la primera ocasión en la que una población árabe se deshace de su gobernante sin la mediación de uno de los tres ingredientes tradicionales: un golpe de estado militar, la injerencia extranjera o el extremismo religioso. Ni los políticos ni los intelectuales estuvieron en el origen de las multitudinarias manifestaciones en las que se mezclaron tunecinos de toda condición y edad. Las manifestaciones no se guiaron por una ideología islamista, ni marxista, ni siquiera nacionalista. Sin embargo, las demandas eran coincidentes: acabar con el régimen cleptocrático de Ben Ali, crear igualdad de oportunidades y empleo, garantizar los derechos de los ciudadanos y hacer respetar sus libertades.

[*D En 2010, pocos podían imaginar que el primer dirigente árabe en caer fuera el de Túnez, un país con mejores indicadores de desarrollo que sus vecinos. *]

Ben Ali parecía dominar la escena política tunecina. Para ello contaba con dos factores clave que le habían funcionado durante más de dos décadas: un Estado policial que ejercía un férreo control sobre la población, y el apoyo incondicional y acrítico de los países occidentales.

Es cierto que algunos indicadores de desarrollo humano, como la educación y renta per cápita, eran algo mejores en Túnez que en otros países vecinos (aún así, quedaban bastante por debajo del potencial que tiene esa sociedad), y que contaba con más clase media que otros países árabes. No obstante, las causas que empujaron a los tunecinos a levantarse contra Ben Ali están presentes, de una forma u otra, en los demás países árabes.

Al igual que otras sociedades árabes, la tunecina estaba sumida en una “crisis de falta de expectativas”. Las protestas no se deben sólo a motivos económicos, como el desempleo y el subempleo (en la realidad bastante superiores a las tasas oficiales), o el aumento incesante de los precios de los productos básicos, con el consiguiente empobrecimiento de la población, que llega a hacerse insoportable.

En el fondo de las protestas está el malestar por una corrupción extendida y poco disimulada, por una clase gobernante depredadora de la riqueza nacional, por la ausencia de justicia social y por la falta de garantías para hacer respetar las libertades individuales y los derechos humanos.

El 60% de las poblaciones de la región tiene menos de 25 años y su esperanza de vida actual es probablemente la más alta de toda la Historia de los árabes (en el Magreb ronda los 75 años). Sin embargo, sus expectativas de vivir sin miedo al poder y con oportunidades para prosperar son diminutas.

No debería sorprender, pues ése es el resultado de ejercer el poder sin controles ni contrapesos por parte de regímenes cuya razón de ser es perpetuarse a cualquier precio. Ostentar el poder absoluto durante mucho tiempo produce una ceguera entre los líderes autoritarios, que les impide ver algo elemental: que la presión creciente acaba produciendo el estallido.

[*D La falta de oportunidades, la rampante corrupción y la creciente carestía de la vida están generando una frustración en el mundo árabe cada vez más difícil de contener. *]

El modelo impuesto por Ben Ali en Túnez había logrado el apoyo de los dirigentes occidentales. El país era presentado como una isla de estabilidad en una región convulsa, mientras que su comportamiento económico era alabado desde el exterior. La contrapartida fue que las democracias occidentales no criticaran que Ben Ali hubiera convertido su país en un feudo familiar.

La ausencia de controles institucionalizados llevó a confundir lo público con lo privado, y los intereses del Estado con los intereses del régimen. El grado de corrupción y abuso de poder que genera esta dependencia del Estado policial conlleva un coste muy elevado para la riqueza nacional, así como una profunda distorsión de la actividad económica.

La marcha forzada de Ben Ali ha supuesto la caída de un modelo que parecía sólido y que representaba un ejemplo para otros vecinos. Tras el derrocamiento de Saddam Husein por la fuerza, y el caos que se vive a diario en Iraq, los regímenes autoritarios árabes no han cesado de recordar a sus poblaciones que las dictaduras son un mal menor, pues garantizan el orden y la seguridad.

Al mismo tiempo, recordaban a Estados Unidos y a la UE que la alternativa a esos regímenes es la anarquía o la llegada de los islamistas al poder. Lo ocurrido en Túnez parece haber desmentido la inevitabilidad de ese escenario apocalíptico. Los tunecinos están pidiendo un sistema político participativo en el que haya una separación real de poderes, no una teocracia.

[*D En el fondo de las protestas está el malestar por una corrupción extendida y poco disimulada, por la ausencia de justicia social y por la falta de libertades individuales. *]

Aunque el panorama en Túnez aún está lejos de aclararse, y existe mucha incertidumbre sobre la nueva etapa, el statu quo que reina en el mundo árabe está en peligro, y con él la apariencia de estabilidad de sus regímenes políticos. Es el momento de que las potencias occidentales, y concretamente los países de la UE, reevalúen el coste real de la estabilidad aparente que los regímenes árabes les prometen a cambio de su apoyo incondicional.

Es necesario que los ciudadanos y los dirigentes europeos se cuestionen si su seguridad y sus intereses económicos en su vecindario sur están mejor garantizados por Estados feroces o por Estados fuertes.

El himno nacional tunecino concluye con los dos siguientes versos del poeta local Abul-Qasim al-Chabbi: “Si el pueblo un día aspira a vivir, el destino le responderá necesariamente. La oscuridad tendrá que desaparecer y las cadenas habrán de romperse”. Un siglo y medio después de que la primera Constitución árabe fuera adoptada en Túnez, en 1861, la población de ese país ha reclamado un nuevo marco constitucional que garantice un sistema político participativo con una separación real de poderes.

(1) Resumen del análisis del Real Instituto Elcano titulado "La caída de Ben Ali: ¿hecho aislado o cambio de paradigma en el mundo árabe?".

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