Carpe Diem

Rafae Puyol. Profesor. IE Business School

9 Marzo 2009

Los excesos navideños han dejado paso a una prolongada cuesta de enero, que alcaza también a febrero,y hasta la publicidad es reflejo de este duro y empinado invierno.

Este año, la cuesta de enero ha sido más dura y empinada. Las tarjetas de crédito han terminado el mes temblando y, ahora, el llanto y crepitar de dientes se han dejado ver con la llegada de la cuenta en febrero.

Ya se han apagado las luces navideñas y hasta los anuncios de televisión son de otras cosas y de otra clase. Durante las fiestas, todo invitaba al consumo. Las doradas burbujas de cava aumentaban nuestra ensoñación, los juguetes inverosímiles encandilaban los ojos de los niños, las embelesadoras fragancias casi se podían oler en un ambiente de presentación tan sofisticado, como improbable. Todo era amor y lujo del que participaban hasta los langostinos.

[*D Los anuncios para mejorar la salud o enmascarar el envejecimiento no tienen estación, pero quedan ensombrecidos en Navidades. *]

En cambio, ahora, ¡carpe diem! La luz se ha vuelto sombra; el lujo, sobriedad; y la exaltación del cuerpo ha mutado en un rosario de admoniciones que, advirtiendo su deterioro, pretenden aliviarlo de males pasajeros o dolencias sin retorno.

En los pocos minutos que median entre el final de un telediario y la información meteorológica, asistí, con gran entereza de ánimo, a los siguientes anuncios: Uno recomendaba un yogurt para facilitar el tránsito, evidentemente, el intestinal, porque para el otro, ni aún doblando la dosis se obtiene remedio; una señora aseguraba alivio eficaz contra las hemorroides y sus devastadores efectos en sálvese la parte; una actriz magnífica prometía remedio seguro para las “pérdidas leves” que, por el contexto, intuí que no eran las de memoria; un señor de mediana edad, bien parecido, aseguraba que se podía mantener el cabello con un champú digno de Sansón; y otro, ya provecto, que a nadie se le iba a caer la dentadura al enfrentarse a un solomillo contumaz.

[*D ¿Se imaginan a las burbujas de Freixenet con problemas de tránsito por una dosis insuficiente de bífidus activo o padeciando pérdidas leves? *]

Los anuncios para mejorar la salud, aumentar la belleza o enmascarar el envejecimiento no tienen estación. Pero es como si en determinadas épocas quedasen ensombrecidos ante la rotundidad de algunos protagonistas y de otros mensajes. ¿Se imaginan ustedes a las burbujas de Freixenet con problemas de tránsito por una dosis insuficiente de bífidus activo, o con pérdidas leves por irreparables defectos mecánicos? No, definitivamente, no. Estas cosas son para la cuesta de enero, porque los excesos previos también se pagan a plazos. Y están pasándonos el primero.

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