De protesta azafrán a baño de sangre en Birmania

<a href="http://www.ie.edu/esp/sobreie/sobreie_expertos_detalle.asp?id_exp=346">Gayle Allard</a>. Profesora. IE Business School

30 Noviembre 2007

La protesta del pueblo birmano contra del régimen militar que oprime al país terminó en un baño de sangre. ¿Hasta cuándo se permitirá esta situación?

La prensa internacional lo llamó la protesta azafrán. Hace pocas semanas, miles de birmanos empezaron a salir a la calle para exigir el fin del régimen que ha controlado su país durante casi medio siglo. Lo de azafrán es porque a la cabeza de las masas que llenaban las calles de Rangún, la capital, iban miles de monjes budistas, descalzos, con las cabezas afeitadas y túnicas del color de la especia anaranjada.

El país, que los militares han rebautizado como Myanmar –aunque para los demócratas, a puerta cerrada, sigue siendo Birmania- es uno de los más pobres del mundo. Casi no se ven coches por las calles. Ni siquiera circulan las motos que llenan las calles de Vietnam. La gente se encarama a los autobuses, que muchas veces avanzan tan llenos que los pasajeros deben agarrarse desde fuera. O van en bicicleta -a veces una familia entera sobre una sola-. O andando. Y las calles de tierra están llenas de mujeres, niños y hombres vestidos con el longhi, la falda que todos llevan. Todos andando.

Cuesta creer que en unas calles y casas tan míseras se pueda vivir. Las lluvias del monsún inundan las aceras, mientras la basura llena los charcos, salpicando de un insoportable olor los vecindarios. Sólo de vez en cuando puede verse alguna casa suntuosa detrás de los árboles. Y cuando preguntas quién podría vivir en un lugar así, te susurran: “los militares”.

En Yangon –el nuevo nombre que los militares han dado a Rangún— el hotel exclusivo donde van los turistas está vallado para que los niños y mendigos no se acerquen a los occidentales que allí se hospedan. Pero docenas de niños esperan tras la valla y saludan en uno de los muchos idiomas que saben chapurrear. Si les ofreces algo de comida, seis o siete de ellos saltan para cogerla. Pero te sonríen, se acuerdan de tu nombre, y hasta te hacen un pequeño regalo si pueden cuando se enteran de que te vas de su país.

El escritor británico George Orwell vivió en Birmania durante la época colonial y los demócratas del país dicen que escribió una trilogía sobre Birmania: el primer libro, Burmese Days, criticando la hipocresía de la época colonial; el segundo, Animal Farm, narrando cómo los militares socialistas se convirtieron en dictadores como los cerdos del cuento; y el último, 1984, como parábola del régimen represivo bajo el cual viven los birmanos. Los últimos dos libros están prohibidos hoy en día en Birmania.

¿Qué pedían los monjes y sus seguidores con la protesta azafrán? En principio, protestaban por unos incrementos en el precio del combustible de hasta el 500%, que se hicieron notar en los bolsillos de la gente que usa transporte público y aceleraron aun más la inflación que asola el país. Pero la protesta se convirtió rápidamente en un desafío valiente y desesperado a la represión y mala gestión de la junta militar. Protestaban por la absoluta falta de libertad de expresión. Protestaban por el arresto domiciliario de Aung San Suu Kyi, la hija del héroe de la independencia que ganó unas elecciones democráticas hace casi dos décadas y que ha vivido desde entonces detenida casi continuamente, incluso durante la enfermedad y la muerte de su marido en Reino Unido, o después de recibir el Premio Nobel de la Paz. Protestaban por las torturas y matanzas de rebeldes demócratas y de etnias no-birmanas que intentan resistir desde sus campamentos en la frontera con Tailandia. Protestaban por el trabajo forzado que sufren niños y mujeres. Los birmanos están hartos de la represión y la pobreza. Quieren un cambio.

Hasta la protesta azafrán, la última vez que los birmanos habían salido a la calle fue en 1988, acompañados por monjes con el mismo traje color anaranjado. Entonces, el Gobierno reaccionó matando a unos mil disidentes y con una dura represión. Las esperanzas de que esta vez fuera distinto se han desvanecido. Se ha abierto fuego con armas automáticas sobre una protesta pacífica. Y un militar que escapó a Tailandia ha revelado que puede haber de nuevo miles de muertos, muchos de ellos monjes, cuyos cuerpos se están amontonando en la selva.

Los birmanos que se oponen al régimen creían que no luchaban solos. Yo estuve allí hace unos meses y uno me reveló en voz baja que la situación iba a estallar pronto. “No se puede soportar mucho más. Vosotros nos podéis ayudar. Esperamos que, cuando intentemos cambiar este país, estéis allí para apoyarnos”, me dijo.

Y ahora lo han intentando. Las sanciones que impuso EE.UU. contra el régimen hace años no lo han debilitado, porque China se ha convertido en su protector y fuente de armamento, junto con India. El abundante gas natural y otros recursos naturales de Birmania hacen que sus vecinos no quieran enfrentarse a la junta militar y que las compañías occidentales petrolíferas -la francesa Total y la americana Chevron- se resistan a presionarles. El enviado de Naciones Unidas sigue esperando en su hotel a que los militares lo reciban. De momento, sólo ha habido palabras sin ningún efecto.

¿Qué estamos dispuestos a hacer? ¿Nos enfrentaremos a China para intervenir de alguna manera a favor de los demócratas? ¿Nos uniremos para negociar con fuerza y exigir que un régimen corrupto y violento libere a la líder de la oposición, celebre elecciones democráticas y permita un cambio en el país? ¿O nos quedaremos mirando mientras otra protesta azafrán acaba en un baño de sangre, en un país que se atreve a tener esperanza en la acción pacífica y la promesa de la democracia?

Sumarios
- Las sanciones que EEUU hace años no han debilitado al régimen, porque China es su protector y fuente de armamento
- ¿Qué estamos dispuestos a hacer? ¿Nos enfrentaremos a China para intervenir de alguna manera a favor de los demócratas?
- La última vez que los birmanos habían salido a la calle fue en 1988 y el Gobierno reaccionó matando a unos mil disidentes

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