El factor humano de la innovación: motivación frente a financiación

Silvia Leal. Profesora. IE Business School

1 Diciembre 2012

La innovación reside en personas motivas. Las compañías que tienen este tesoro no necesitan buscar inversores, sólo dar rienda a su talento latente.

La innovación se ha convertido en un recurso vital. No es un nuevo objeto de debate originado por la crisis financiera global. Sin innovación no hay salvación.

Tom Peters ya afirmaba en sus conocidos best-sellers que las reglas de oro de la excelencia empresarial pueden limitarse a dos: marketing e innovación. Sin embargo, su contribución no era innovadora: Peters coincidía con tesis anteriores, como la de Adam Smith (siglo XXVIII) o la de David Ricardo (XIX).

El 55,6% del incremento en la productividad empresarial producido entre 1995 y el inicio de la crisis encuentra su origen en la innovación tecnológica. No obstante, en nuestro país, tan solo un 18,6% de las empresas pueden considerarse innovadoras. ¿Por qué? El 44,6% opina que los costes de innovación son muy elevados, y el 28,39% considera que no es necesario. ¿No hemos leído a Peters? ¿Ni a Adam Smith? ¿Ni a David Ricardo?

Según una reciente investigación llevada a cabo en IE Business School, la innovación es un “factor humano” que debe ser gestionado a través de tres dimensiones: la identidad creativa de cada individuo; el ecosistema creativo de cada organización, y la motivación intrínseca, motor biológico que impulsa a actuar.

Utilizaré una sencilla metáfora para explicarlo mejor. La innovación es el resultado de la combustión de tres elementos: las personas, la organización y la motivación, y si se gestiona adecuadamente el resultado será una potente energía creadora, nuevos negocios, mercados… Pero si no se gestiona bien, el resultado será una simple incineración.

Según nuestra investigación, la identidad creativa de un individuo es una realidad compleja. Su autoestima (¿Yo puedo?...), su auto-eficacia (¿Qué puedo?...), su aversión al riesgo (¿y si fallo?) y el optimismo, impactan fuertemente sobre este comportamiento. Igualmente, el ecosistema en el que desarrollan su día a día bloqueará o por el contrario desatará la fuerza creadora.

Las empresas son conscientes de esto e invierten muchísimos recursos para mejorar la cultura innovadora. No obstante, nuestra investigación ha mostrado que son las prácticas directivas (¿valora mi jefe que innove?) y los recursos para innovar (¿tengo tiempo para escuchar mis pensamientos?) los que realmente condicionan el proceso. Y el problema es que muchas empresas no están cuestionando sus prácticas directivas, ni escuchando a sus empleados…

Pero todavía nos queda un factor, la motivación, el motor biológico o fuerza que dada una cierta identidad creativa y un ecosistema innovador impulsará a las personas a intentar innovar. La motivación se encuentra detrás de preguntas como: ¿Lo conseguiré? ¿Merece la pena?

De esta forma, la innovación no es el fruto directo de fuertes inversiones de capital, sino el resultado de la energía innovadora de las personas. Por ello, aquellas empresas que decidan salirse de las estadísticas, y crecer a pesar de las turbulencias lo tienen muy fácil. No necesitan buscar inversores, ni financiación... Tan solo necesitan parar, escuchar y aprender a gestionar su ingenio organizacional latente.

En otras palabras, es necesario aprender a gestionar el proceso de innovación con eficiencia, al igual que el resto de los procesos de una compañía, por lo que la incorporación de mejores prácticas y de nuevos modelos de gestión en este campo (como el desarrollado en nuestra investigación) no sólo serán rentables, sino que supondrán un antes y un después en la turbulenta competición por la innovación.

Publicado en El País Via@iebusiness 23 de noviembre de 2012

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