El Premio Nobel de Economía no existe

Pablo Martín de Holan. Profesor. IE Business School

4 Diciembre 2009

Puede sonar fuerte, pero el Premio Nobel de Economía no existe. Don Alfred, el hombre que descubrió la dinamita y limpió su conciencia con los galardones más prestigiosos del mundo, no incluyó esta ciencia.

Han ganado el Nobel de Economía los Profesores Elinor Ostrom (primera mujer en hacerlo) y Oliver Williamson, premiados, según me cuentan, por sendos análisis de la gobernanza económica de la acción colectiva (Ostrom) y de las fronteras de la empresa (Williamson). Felizmente, el panegírico incluye una versión simplificada de sus publicaciones, destinada a aquellos mortales que no han recibido la gracia de entender las impenetrables abstracciones con los que algunos economistas tratan de describir al mundo.

[*D Nobel legó el 93% de su fortuna a celebrar la causa de la ciencia, que antepone el conocimiento al vil metal; la del arte, que deleita el alma; y la de la paz. *]

Todo esto es digno del más alto respeto que le debemos a ambos doctores, cuyos latines no podemos dejar de admirar. De hecho, no es mi objetivo criticar a la economía y a quienes la practican, por su falta de objetividad, sus deplorables resultados o ambos. Por el contrario, creo que es necesario enfatizar su importancia para las sociedades modernas, y, más específicamente, para la adecuada creación y asignación de recursos escasos, de tal forma que alimenten aquellas actividades con los mayores retornos posibles.

Y mi labor sería mucho más simple si el premio Nobel de economía fuese real. Pero no: es una mitificación de una profesión que no sólo explica cómo nos comportamos, sino que nos indica, taxativamente, cómo debemos comportarnos si queremos que todo salga mejor, y nos insulta si no seguimos sus dogmas, aunque le expliquemos pacientemente que el dinero no es más importante para la felicidad que el amor, sino menos, y que hace más feliz el beso de la persona amada que el oro (siempre y cuando uno tenga sus necesidades básicas cubiertas). Porque el premio Nobel de Economía no existe.

[*D En su testamento, de 1895, el hombre que descrubió la dinamita indica que el premio se otorgará a la Medicina o Fisiología, la Química, la Física, la Literatura y la Paz. No incluyó la Economía *]

Permítame explicar. En 1890, el señor Alfred Nobel tenía ya notoriedad mundial. Inventor y comercializador de la dinamita y de otros explosivos, don Alfred gozaba de una sólida reputación, no siempre positiva, y de una considerable fortuna. No obstante, a don Alfred le carcomían los remordimientos: había descubierto una eficaz manera de liquidar al prójimo y a sus bienes. La gelignita y la dinamita, dos explosivos de remarcable estabilidad y fácil uso, tenían muchos fines pacíficos de gran legitimidad, pero servían principalmente para la guerra y la destrucción: mutilar, matar y causar daños a objetos y personas eran sus principales virtudes.

Con gran pesar, don Alfred comprobó que, en su caso, había sido más fácil hacer que deshacer: desarrollar la familia de explosivos fue asunto suyo, pero impedir su uso era un tema que se le escapaba de las manos. Encogido su corazón ante la magnitud del estropicio que su intelecto había hecho posible, decidió legar el 93% de su fortuna a crear y mantener, eternamente, un premio para “ el descubrimiento, la contribución o la mejora más importante para la humanidad”.

Este premio sería otorgado, anualmente, por la Fundación Nobel, entre los candidatos elegidos por los comités creados con ese fin por la Academia de Ciencias de Suecia y por el Parlamento del Reino de Noruega. Además, esta fundación debía celebrar la causa de la ciencia, que antepone el conocimiento al vil metal, la del arte, que deleita el alma, y la de la paz, que propicia la armonía entre los pueblos. Dicho y hecho: en su testamento, de 1895, don Alfred indica que el premio se otorgará a las cinco ciencias que tanto admiraba: la Medicina o Fisiología, la Química, la Física, la Literatura y, probablemente por cargo de conciencia, la Paz, que no es una ciencia, pero que ayuda a prevenir las consecuencias más nefastas de los explosivos.

Pero de Economía, nones. Don Alfred no la mencionó, sea porque no la consideraba una ciencia, porque la consideraba ciencia pero no digna de admiración, o por puro descuido, o por otros motivos más crípticos que los expertos aclararán. Así avanzó el mundo hasta que un grupo de economistas se rebeló ante la insoportable omisión nobeliana: faltaba la economía en el Olimpo del Intelecto.

[*D En 1969, el Banco Central del Reino de Suecia decide crear el “Premio del Banco de Suecia en Ciencias Económicas en Memoria de Alfred Nobel” en beneficio de los economistas. *]

Tamaña laguna debía corregirse independientemente de los deseos explícitos del difunto: los economistas saben más y mejor que nosotros, los mortales, y eso incluye a encumbrados filántropos como don Alfred QEPD. Pero, como querer no siempre es poder, descubrió esta gente que el señor Nobel, ya occiso, no podía modificar su testamento, y menos aún para acomodar estos expansivos deseos.

Desanimados, pero no vencidos, los economistas deciden entonces convencer al Banco de Suecia de dotar con fondos, elegir y entregar un premio anual cuyo nombre contiene el patronímico “Nobel”. Así, en 1969, el Banco Central del Reino de Suecia decide crear el (cito) “Premio del Banco de Suecia en Ciencias Económicas en Memoria de Alfred Nobel”. Este nombre oficial, ya de por sí arcano, cambió diez veces desde entonces, una vez cada cuatro años de promedio.

Encomiable tarea la de los economistas: mejorar la voluntad póstuma de Don Alfred imponiendo loas ante su torpe omisión. Y para aumentar la confusión, el premio es también otorgado por la Real Academia de Ciencias de Suecia, y la ceremonia de entrega es idéntica a la de los otros cinco, y todo el mundo se viste de gala para ella. Hasta la medalla es parecida, pero por no idéntica, porque la medalla Nobel, la verdadera, tiene el diseño protegido por los derechos de propiedad, algo que los economistas defienden casi siempre.
No me corresponde suputar sobre las motivaciones de quienes crearon este curioso galardón, ni la de aquellos que se enorgullecen de recibirlo. Sin ánimo de entrar en debates psicoanalíticos, me sorprende sobremanera la necesidad de esta profesión, generalmente austera, de aumentar su prestigio como si de un champú se tratase, pero no siendo economista, ni psicólogo, debo confesar que me deja perplejo.

[*D La Economía no tiene un Nobel porque sea científica, sino que se inventó un Nobel porque necesitaba comprar la legitimidad científica que le faltaba. *]

Entiendo, eso sí, que me han timado. La ternera de Avila sólo es de Ávila si es de ávila, y este Nobel no es Nobel. Es más: su apellido es invocado en vano para justificar el premio, como si su pobre alma no tuviese suficiente mortificación con haber inventado un arma de destrucción masiva. Por eso, todos los años me mofo en mis barbas de una profesión tan insegura de sí misma que necesita inventarse reconocimientos imaginarios para convencerse y convencernos de lo útil que es.

Y recapacito también sobre el poder de los símbolos para engañar a los incautos, en un hábil manejo de las causas y sus efectos: no es que la Economía tenga un Nobel porque es científica, sino que se inventó un Nobel porque necesitaba comprar la legitimidad científica que le faltaba, algo que compartió y compartirá con todas las ciencias humanas, de la Psicología al Urbanismo, para no mencionar a mi querida Sociología, que generosamente me da de comer, pero que no tiene premio.

Y quizás empiece una postergada campaña para crear el merecido Nobel de Sociología, otro de los olvidos históricos del atolondrado aunque generoso señor. Y dado que mis limitados medios me impiden financiarlo, me ofrezco modestamente como presidente del comité de selección: está claro que lo merezco con creces, y si no lo merezco por mis logros, que las apariencias engañen. Como decían nuestras abuelas: si hay miseria (intelectual), que no se vea.

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