El tren perdido

Susana Torres. Profesora IE University

3 Marzo 2017

En apenas un siglo, Rusia ha perdido tres grandes oportunidades de cambiar su historia. Pero sus líderes siempre han terminado eligiendo su propio beneficio, no el del pueblo

Hace pocos días, se conmemoró el centenario de la abdicación de Nicolás II, el último zar de Rusia, hito que puso fin a casi 300 años de dinastía Romanov en el trono. Se hizo a toda prisa, en un tren que debía llevar al zar a Petrogrado, pero que fue desviado a Pskov. Se esperaba que la abdicación y la creación de un gobierno provisional, dirigido a poner fin a las huelgas y protestas masivas en Petrogrado, alumbrara una república más moderna y próxima a otros antiguos imperios europeos que habían empezado a explorar el camino del progreso social y económico.

Esto es lo que probablemente habría ocurrido si Lenin, que ciertamente inventó la retórica de "no significa no", hubiera sido menos terco, o hubiera estado menos preocupado por los intereses de su propio partido. Por desgracia, Nicolás había perdido el favor de su pueblo 12 años antes, en 1905, cuando una manifestación pacífica, dirigida por el sacerdote ortodoxo Gueorgui Apolónovich Gapón, terminó en un baño de sangre frente al Palacio de Invierno, el llamado domingo sangriento.

La Revolución de febrero de 1917 (en nuestro calendario, pero en Rusia, la Revolución de marzo) debería haber bastado para cambiar no sólo al gobierno, sino también al estado, y habría salvado la vida de millones de rusos víctimas de la subsiguiente Revolución de Octubre, la guerra civil y todas las purgas, empezando con las de Lenin, y siguiendo luego con Stalin.

Casi setenta años después, en 1983, el entonces presidente Boris Yeltsin también tuvo la posibilidad de otorgar a Rusia una constitución adecuada y un sistema parlamentario solvente para crear un nuevo sistema, capaz de dejar detrás definitivamente décadas de terror y mal gobierno. Pero decidió utilizar los tanques del ejército para bombardear la Duma y crear así uno de los regímenes más poderosos del planeta, donde el presidente tiene poder casi ilimitado en todas las esferas de gobierno.

Por tercera vez en el mismo siglo, los líderes rusos carecían del sentido de estado y de la visión de futuro necesarios para hacer de su país un lugar mejor. Ninguno de ellos, ni el zar, ni Lenin, ni Yeltsin, aprovecharon la oportunidad que la historia les presentó. Entre ellos y su gente, se eligieron a sí mismos; entre la autocracia y Rusia, prefirieron la autocracia.

La gente suele preguntar hoy en día cómo es posible que el pueblo ruso apoye tanto al Presidente Putin. La respuesta es muy sencilla: han sido brutalmente educados durante más de un siglo y, como dice el refrán, "la letra con sangre entra".

 

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