Europa vuelve a mirar al futuro desde Lisboa

<a href="http://universidad.ie.edu/Profesorado/ConoceProfesores/ConoceProfesoresDetalles.aspx?pagac=3&id=0">Dr. Javier I. García González. Profesor. Universidad IE.</a>

6 Febrero 2008

El reciente Tratado de Lisboa vuelve a impulsar a la Unión Europea tras la fracasada Constitución y, además, apuesta por tener un mayor peso en la política internacional.

Probablemente no se llegue a hablar de él tanto como de la fallida Constitución Europea, pero el Tratado de Lisboa viene con intención de formar parte de nuestras vidas durante los próximos años. El pasado 19 de octubre, los líderes europeos fueron capaces de culminar un trabajo que ya dejaron bien encarrilado en junio, gracias a una bien dirigida presidencia alemana. El premio para la actual presidencia portuguesa será que el nuevo documento que regulará la vida y funcionamiento de la Unión Europea llevará el nombre de la capital lusitana, donde los jefes de gobierno lo firmaron en diciembre. A partir de ese momento, se abrió un proceso de ratificación del tratado por parte de cada uno de los Estados miembros que, si concluye sin sorpresas, llevará a que el nuevo texto reformado entre en vigor a comienzos de 2009 –excepto algunas disposiciones cuya puesta en marcha se aplaza a 2014–, sustituyendo al ahora vigente Tratado de Niza.

[*D La historia de la integración europea nos demuestra que la Unión ha avanzado mejor con pasos cortos -aunque a veces rápidos- que a grandes zancadas. *]

Vemos con este calendario el principio del fin de una crisis que no ha sido la primera ni será la última, pero que ha enfrentado a la UE con cuestiones fundamentales para definir su propia naturaleza, funcionamiento y futuro. El ya descartado Tratado Constitucional era la respuesta a muchos de estos asuntos, pero la apuesta resultó demasiado ambiciosa. La historia de la integración europea nos demuestra que la Unión avanza mejor con pasos cortos- aunque a veces rápidos- que a grandes zancadas, y la mal llamada Constitución fue percibida por muchos ciudadanos como un gran salto, empezando por su mismo nombre. A tiempo pasado, el parón que ha sufrido el proceso de construcción europea en estos dos años puede que haya servido para volver a poner los pies en el suelo de una Europa que es cada vez más grande y más compleja, inmersa en un mundo cada vez más pequeño e interconectado.

Sin embargo, no podemos considerar al Tratado de Lisboa como el decepcionante subproducto del fracaso del Tratado Constitucional. No son pocas las críticas que se le pueden hacer, pero lo cierto es que este documento va a mantener lo esencial de las novedades que se recogían en la rechazada Constitución, permitiendo no sólo manejar la complejidad de una organización de 27 miembros, sino avanzar en la integración. La extensión de la toma de decisiones por mayoría cualificada - eliminando así la posibilidad de veto de un país en muchas materias-; el refuerzo de las prerrogativas del Parlamento Europeo, con el mecanismo de codecisión o la incorporación entre los temas propios de la Unión de asuntos como la inmigración, la lucha contra el narcotráfico o el terrorismo, son avances en el camino de la profundización política que no debemos menospreciar en absoluto.

[*D El reciente Tratado de Lisboa va a conseguir mantener lo esencial de las novedades que se recogían en la rechazada Constitución Europea *]

Mención aparte merecen dos novedades, que deben contribuir de manera decisiva a incrementar la visibilidad y eficacia de la UE como actor internacional de referencia. Ésta ha sido, precisamente, una de las grandes deficiencias del proyecto europeo hasta ahora, pero cada vez resulta más difícil sostener que un bloque económico tan potente tenga tan poca presencia e influencia política internacional como conjunto. Desafíos como la pobreza y el subdesarrollo, la inmigración, los conflictos armados locales o regionales, el terrorismo, la delincuencia internacional, el riesgo de proliferación nuclear, el cambio climático o la falta de libertad, son problemas globales a los que Europa no puede permanecer ajena como organización. La reforma aprobada en Lisboa incluye algunos pasos adelante en este sentido.

En definitiva, el Tratado de Lisboa no es el Tratado Constitucional pero ha heredado buena parte de sus contenidos más importantes. Tal vez lo más importante es que ha permitido retomar la dinámica de construcción europea que tan dañada había quedado con los resultados de los referéndums en Francia y Holanda. Parece que nadie quiere volver a pasar por ese calvario y las ratificaciones se harán fundamentalmente por los representantes populares en los parlamentos, excepto donde el referéndum sea imperativo constitucional, como en Irlanda. El camino aparece más despejado, aunque las diferentes problemáticas nacionales no permitirán estar tranquilos hasta el final. Volver a andar, aunque despacio y con paso corto, es avanzar, y Lisboa nos lleva en ese sentido.

[*D Una de las grandes deficiencias del proyecto europeo ha sido su falta de visibilidad y eficacia como actor internacional de referencia. *]

Por una parte, se establece una presidencia del Consejo Europeo estable y de larga duración - hasta 5 años-, que asumirá la representación de la Unión hacia el exterior, convirtiéndose así en una especie de Presidente de Europa. Por otra, se crea la figura del Alto Representante de la UE para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, que fusionan los dos puestos que actualmente tienen competencias en la acción exterior de la Unión: el Alto Representante para la Política Exterior y de Seguridad Común - actualmente Javier Solana-, y el Comisario de Exteriores. El nuevo tratado evita la denominación de Ministro de Asuntos Exteriores, que recogía la Constitución, pero las funciones del Alto Representante serán similares, contando incluso con un servicio exterior de la Unión Europea, también de nueva creación, para apoyar su trabajo. Con estas dos figuras, la UE tendrá una mayor capacidad de interlocución. Y aunque política exterior, seguridad y defensa sigan siendo competencias nacionales - lo serán muchos años-, se mejoran significativamente los instrumentos para que la UE actúe en estos campos de forma coherente, más coordinada y proyectando su influencia.

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