Implicaciones planetarias del declive del crecimiento económico chino

Ignacio de la Torre. Profesor. IE Business School

25 Junio 2013

El gigante asiático está mostrando unos pies de barro que amenazan con ensuciar las alfombras de gran parte del planeta, desde Oceanía, hasta África, pasando por Latinoamérica.
 

“Dejad que China duerma, porque el día que despierte, el mundo temblará”, afirmó, hacia 1800, Napoleón Bonaparte. El emperador corso ignoraba que por entonces China ya representaba un 50% del PIB mundial y fue justo en el siglo XIX cuando comenzó el declive económico chino, declive ininterrumpido hasta la década de los 80 del siglo XX.  Las reformas que entonces se implementaron permitieron a una parte del país registrar tasas de crecimiento que se aceleraron en las dos últimas décadas.

Hemos expuesto en el pasado, basándonos en el famoso artículo de Paul Krugman The myths of Asian growth, cómo un país puede permitirse enormes tasas de crecimiento cuando su economía no está optimizada.  Así, China ha experimentado una revolución económica a la par que la de la Unión Soviética en los 50, Japón en los 60, o los tigres asiáticos en los 80.

Krugman argumentaba que una vez que la fase “fácil” del crecimiento se ha agotado no queda sino crecimiento vía productividad total de los factores, y ese crecimiento es mucho más difícil de lograr, ya que se basa en causas muy complejas ligadas a la propia civilización, a la que se pide crecimientos marginales de productividad (de ahí el axioma “¿cuántos de los grandes avances del siglo XX –avión, radio, televisión, Internet, energía atómica…- no vienen de occidente?”). Krugman concluye que el extrapolar a futuro tasas de crecimiento pasadas equivale a basura intelectual, como se deduce del caso de Japón o de la Unión Soviética.

A pesar del reciente crecimiento económico chino, los vectores que lo han explicado se han hecho mucho más endebles desde la crisis. A saber: i) el principal componente del PIB son las inversiones, no las exportaciones, ii) la proporción de las inversiones sobre el PIB es insólita, generando un riesgo enorme de sobreinversión políticamente dirigida (los famosos “puentes a ninguna parte”), iii) China ha perdido mucha competitividad como consecuencia de su inflación salarial, algo preocupante si la elasticidad de sus exportaciones es alta, iv) la intensidad de crédito, es decir, unidades de deuda que se necesitan para crecer una unidad de PIB, ha pasado de una a una de hace unos 15 años, a los actuales tres a uno, proporciones similares a las de España antes de la crisis, v) a resultas de lo anterior, la penetración crediticia como porcentaje del PIB ha superado los 25 puntos en los últimos tres años; en general dichas inyecciones brutales de crédito acaban provocando burbuja de activos y, a medio plazo, crisis financieras y económicas (los famosos ciclos de Minsky).

Muchas de estas tendencias se fueron poniendo de manifiesto desde otoño de 2011 en el sector promotor chino, ya que la vivienda alcanzó precios insólitos en proporción de la renta disponible (en términos comparativos entre dos y tres veces los niveles de burbuja alcanzados en EEUU o España antes de la crisis).  El PIB chino experimentó durante 2012 una desaceleración hasta crecer por debajo del 8%, umbral señalado por muchos analistas como clave para la generación de los puestos de trabajo necesarios para afrontar la migración rural a zonas urbanas.

La inmensa mayoría de economistas predijeron una reaceleración del PIB durante el primer trimestre de 2013, y lo que hemos sabido es que ésta no se ha producido, con el PIB chino creciendo aún menos, hasta el 7,7%, según las estadísticas oficiales. Los indicadores avanzados (PMI oficial y su variante HSBC) indican que no se está produciendo aceleración en el segundo trimestre a pesar de muchas predicciones de economistas en sentido contrario (la excepción es el excelso George Magnus, uno de los pocos en predecir la crisis de crédito, quien en un reciente ensayo* afirma que los factores estructurales podrían explicar un paradigma normal de crecimiento chino más en la región del 5% y no del 8-10%).

Las consecuencias de dicha desaceleración son visibles entre los exportadores de materias primas, ya que China ha estado consumiendo hasta el 50% de muchas materias primas como el acero. Exportadores de hierro como Australia muestran indicadores avanzados (PMI) en los niveles más bajos desde 2009 (34, frente a la recesiva Europa en niveles de 46…) lo que ha provocado una bajada de tipos de su banco central. La misma desaceleración se observa en otros exportadores como Nueva Zelanda o Canadá, lo que se ha trasladado en la debilidad de sus mercados laborales y de sus divisas.

Las consecuencias de un menor crecimiento de la demanda estructural china de materias primas son bajadas en los precios de las materias primas. Dichas bajadas serán, además, asociadas a un incremento de la producción derivado de las enormes inversiones acometidas en el pasado al calor de los altos precios, lo que acentuará el ciclo bajista.
Por otro lado, asistimos a revoluciones de oferta energética que pueden tener enormes significados geopolíticos (¿alguien imaginaba la posibilidad de que EEUU generara superávit de cuenta corriente hacia 2020?).

Un primer ministro chino se dirigió al Congreso de los EEUU a finales de los años 90.  Afirmó con orgullosa sensación de continuidad milenaria: “cuando uno contempla la historia de China, no debe dejarse llevar por la situación que hemos vivido desde la Segunda Guerra Mundial; sólo nos hemos equivocado los últimos 500 años”. 

China ha acometido valientes reformas en los últimos treinta años que han desembocado en volver a posicionarla entre los gigantes económicos. Sin embargo, los desafíos que afronta a futuro son formidables. Personalmente, me inclino más por las tesis de Magnus que por las del consenso económico. Si estoy en lo cierto, las implicaciones serán muy negativas, no sólo para Canadá, Australia y Nueva Zelanda; también lo serán para Latinoamérica y África.

“China, the end of extrapolation”, UBS, Noviembre 2012.

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