ISIS y la batalla de Mosul

Ignacio de la Torre. Profesor. IE Business School

24 Abril 2015

Saladino era kurdo. Nacido en Tikrit y criado bajo el manto del emir de Mosul, logró unificar Siria Irak e invertir el curso de las cruzadas. Más de ocho siglos después, la Historia parece que se repite.

En 1187, uno de los mayores ejércitos cruzados visto hasta entonces, fue prácticamente aniquilado por las tropas de Saladino en la batalla de los cuernos de Hattin.  Esta batalla marcó el punto de inflexión en las cruzadas.

Saladino era kurdo, nació en Tikrit, la ciudad iraquí donde también nació Sadam Hussein, y que acaba de ser conquistada por el actual ejército iraquí de manos del ISIS.  A pesar de que tras la batalla Saladino ordenó degollar a los trescientos prisioneros templarios y hospitalarios que no quisieran convertirse al Islam (tan sólo uno se convirtió, el resto  murió cantando el miserere), Saladino es con diferencia uno de los líderes más interesantes de las cruzadas, su caballerosidad superó con mucho a la de otros muchos líderes cruzados.  Comenzó sirviendo al poderoso  emir de Mosul, que había logrado unificar Siria e Irak, y posteriormente se hizo con el poder (aunque reconociendo simbólicamente al califa de Bagdad), unificando el territorio árabe con Egipto, lo que confirió a los musulmanes el poder económico y poblacional para invertir el curso de las cruzadas, hasta la total expulsión de los europeos en 1291.

Muchos siglos después el autodenominado “Ejército Islámico de Irak y Levante” (IS o ISIS, o DAESH en su acrónimo árabe) protagoniza otra sangrienta lucha precisamente en los lugares que marcaron la historia de Saladino: Tikrit y Mosul.  Observemos los protagonistas.

El “ejército” islámico surge entre antiguos muyahidines afganos como la evolución del grupo “Al Qaeda en Irak”, dirigido por el sangriento jordano Al Zarkawi, muerto en 2006 (1).  En 2009 el grupo es casi aniquilado ante la ofensiva militar de los EEUU, pero el repliegue del ejército norteamericano, y sobre todo el inicio del conflicto sirio en 2010 le da alas para reagruparse y consolidar un territorio y ejército propio, distinguiéndose por tanto de Al Qaeda, que opera más como una ideología de células terroristas.  Poco a poco fue extendiéndose por el noroeste de Irak,  y durante el primer semestre de 2014 toma por sorpresa las importantes ciudades iraquíes de Mosul, Tikrit y Fallujah.  En Mosul captura armamento y dinero del ejército iraquí, financiado a su vez por los EEUU, y se hace con unos cuantos pozos petrolíferos.  El petróleo, el contrabando de antigüedades y el intercambio de rehenes le permite obtener entre 1 y 3 millones de dólares diarios (2).  Con este dinero financia un importante ejército de unos 38.000 combatientes, de los que 18.000 son sirios e iraquíes, y 20.000 extranjeros (de estos una cuarta parte son musulmanes provenientes de países occidentales), y también plantea una estructura política, con un autoproclamado “Califa” (al-Baghdadi) asistido por dos emires (uno para Siria y otro para Irak, ambos ex generales del ejército de Sadam Hussein) y doce gobernadores.

El empuje del ISIS le llevó a cercar la ciudad kurda de Kobane, con 30.000 habitantes, casi en la frontera turca, y se temió una catástrofe humanitaria, ya que aunque los kurdos son sunníes, su interpretación más liberal del Islam les hace parecer como “impíos” (kafir) a los ojos del ISIS, lo que puede provocar su ejecución o la esclavitud de sus mujeres.  A su vez, la minoría kurda de los yazidíes (que mezcla tradiciones musulmanas con las del zoroastrismo) es considerada “infiel” (takfir, consideración herética que también merecen los chiíes), lo que les convierte en reos de muerte a los ojos de la teología del ISIS.   EEUU dio por perdida la ciudad de Kobane, a pesar del apoyo aéreo que prestaba a los defensores.  Con todo, cuando el desastre parecía consumarse, los experimentados combatientes kurdos, llamados peshmergas, fueron capaces de abrirse paso (con la colaboración de Turquía) hasta el frente, y en una acción conjunta entre los defensores, los peshmergas y la fuerza aérea de los EEUU, el ISIS fue batido y la ciudad liberada.

La derrota ha provocado divisiones en el ISIS, azuzadas por la diferente paga y trato que reciben los “combatientes” musulmanes provenientes de Occidente sobre los nativos, así como por importantes divisiones  teológicas (hay un ala aún más radical del ISIS que intentó el pasado un fracasado golpe de Estado), y las derivadas por quemar vivo al piloto jordano al-Kasabeh a principios de Enero (acto considerado impío por la práctica totalidad del pensamiento musulmán) (3).

Recientemente, el ejército iraquí, asistido por las milicias chiíes y por fuerzas especiales iraníes (la fuerza Quds)  han sido capaces de reconquistar Tikrit, a pesar de los negros augurios que se avecinaban sobre los atacantes (se criticaba su falta de experiencia en guerra urbana, y especialmente el escaso apoyo potencial que la población local, árabe sunni, prestaría a los “libertadores”).

Ahora se avecina la gran batalla de Mosul, ciudad donde precisamente se proclamó califa Al Baghdadi.  EEUU coordina una ofensiva entre las fuerzas kurdas peshmergas, que atacarán por el norte, y el ejército y milicias iraquíes, provenientes del Sur.  En total unos 30.000 hombres que se enfrentarán al ISIS.   En esa batalla se juega mucho más que el futuro de Irak, se juega el futuro de una concepción político-religiosa en la que estamos, querámoslo o no, directa e indirectamente implicados.

El califato supone la unión política y religiosa de la comunidad musulmana.  Instaurado a la muerte de Mahoma, entre sucesores de su tribu quraishí (tribu a la que afirma pertenecer al-Baghdadi (4)),  vivió su escisión bajo el califato de Alí y el surgimiento de la Shía (que significa “escisión”).   Con todo, el califato dejó de ser efectivo en 1254, cuando el último califa de Bagdad (a la sazón pelirrojo de ojos azules, consecuencia de muchas generaciones de concubinas rusas) fue ejecutado por los conquistadores mongoles.  Como estos últimos no podían verter la sangre de una persona real, fue envuelto en una alfombra y muerto a patadas.  El califato siguió existiendo  de una forma más liviana (“el califato en la sombra”) primero bajo poder mameluco y desde 1517 en manos de los turcos otomanos, hasta su abolición por Ataturk en 1924, suceso que conmocionó a muchos musulmanes, que durante trece siglos habían vivido con la sombra más o menos efectiva de un califa.

Casi ocho siglos después serán precisamente los kurdos sunníes como Saladino y los chiíes seguidores de Alí los que se enfrenten al neocalifato radical en la que será la épica batalla de Mosul.

Como dijo hace muchos años un autor francés: “El Islamismo contra el Islam”.

  1. Le Monde Diplomatique, 1 de Septiembre de 2004
  2. Foreign Affairs, 6 de Marzo de 2005.
  3. The Wall Street Journal, 11 de Febrero
  4. The Atlantic, Marzo de 2015.
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