Juan Larrea, el padre secreto del Surrealismo español

Blanca Riestra. Profesora. IE School of Arts & Humanities

5 Mayo 2009

Despojado de sí mismo, Juan Larrea logró una práctica poética depurada e impersonal que creó escuela en los grandes nombres de la poesía surrealistas.

“Una serie de vicisitudes existenciales”, como diría Juan Larrea, un poeta enemigo de la retórica, pero un prosista y teleólogo (relativista ético-normativo) de la cultura, un tanto enfático y arcaizante, me hicieron pasar en brazos del viejo poeta, ni más ni menos, que cuatro años. En otras palabras, las cosas de la vida me llevaron a escribir mi tesis doctoral sobre Juan Larrea, y sobre ese libro misterioso que lleva el título de Versión Celeste, que agrupa textos muy heterogéneos.

[*D Larrea es un autor que no hace pactos con nada, intransigente, airado; que clama en el desierto, echa a los mercaderes del templo y no condesciende. *]

Gracias a Juan Manuel Diez de Guereñu, tuve acceso a un conjunto de materiales fascinantes que están todavía en el archivo del también poeta y escritor Gerardo Diego, amigo personal de Larrea, y que Elena Diego puso a mi disposición con gran amabilidad mientras yo vivía en Francia, para arrancar la crítica genética.

¿En qué consiste la crítica genética?, se preguntarán los neófitos: pues consiste en entrar en la sagrada habitación del poeta -en este caso doblemente sagrada, pues como Prometeo, es ladrón del fuego, y como el ángel caído, dice non serviam (no te serviré)- y, cito a Vicente Huidobro, espiar la labor creadora que uno imagina inexpugnable. Pero quizás no lo sea tanto.

En general, Larrea me ha interesado siempre, porque encarna un tipo de figura de autor que no hace pactos con nada, intransigente, airado. El poeta León Felipe decía de él que era como un profeta que clama en el desierto, que echa a los mercaderes del templo, que no condesciende. Ese joven burgués, que se va a París dejando atrás un puesto de archivero, ganado por oposición, va detrás de una quimera, buscando una iluminación en el fondo de los vasos de absenta de las terrazas de la Coupole o de la Clserie de lilas, en la época en que la revolución surrealista se estaba gestando, esa revolución que aún sigue transformando nuestro mundo un siglo después.

En París, Larrea conoció y vio morir a César Vallejo, al que llamo "mártir indohispano". Vallejo había predicho su propia muerte en aquel verso "me moriré en París con aguacero, un día del cual ya tengo recuerdo". Sus amigos de entonces se llamaron Juan Gris, Jacques Lipzitch, o Tristan Tzara. Larrea, evidentemente, leyó a Freud y supo de la escritura automática. Bebió de las doctrinas del irracionalismo poético de Bretón, pero hasta cierto punto. Por su cuenta, con su proverbial independencia de talante, empezó a construir su propia fe en una ley poética que rigiese el mundo y la historia.

[*D Los libros surrealistas de Lorca, de Alberti, quizás incluso los de Aleixandre, son hijos ilegítimos de Versión Celeste, la obra poética completa de Larrea. *]

Y, sobre todo, empezó a despojarse, tomando un camino que le llevó a una práctica poética cada vez más depurada, impersonal, hasta llegar al abandono completo de la poesía. En el plano vital, sólo un hombre como Larrea es capaz de dilapidar completamente la herencia de su padre en una increíble colección de antigüedades precolombinas y luego donarla al gobierno de la república, sin pedir nada a cambio. En el museo de América de Madrid, a donde fueron a parar todas sus donaciones, no queda huella alguna de su acto de generosidad. Ni una simple placa de reconocimiento.

Sin embargo, uno puede todavía imaginarse la exaltación que debe de producir el liquidar todo lo que uno posee y echarse a andar hacia delante, ligero, ligerísimo, como Peer Gint en la novela de Henrik Ibsen. Decía Larrea en uno de sus primero poemas ultraístas "aun tengo que huir de mí mismo".
Y es que la historia de la evolución de la poesía de Versión Celeste es la historia de una huida. En el fondo, hay una coherencia última en esta huida hacia delante, pues, ¿qué es sino un ultraísmo llevado a sus ultimas consecuencias, no de barra de bar, ni como artefacto arrojadizo, sino como compromiso de vida?

El joven vasco, amigo de la infancia de Diego, aquel que se entusiasmó con los postulados de las revistas de moda, a la sombra del tristemente olvidado Cansinos Assens, deja atrás todo en su búsqueda de algo preexistente, esa voz que se oye siempre por encima de todas las cosas: la Poesía con mayúscula, la Razón poética.

Y qué mejor manera de escapar de sus propios lastres culturales, de las querencias lingüísticas, de los tópicos, de los refranes, de los lastres musicales, de las propias inercias compositivas, que abandonar su propia lengua y trasplantarse a escribir en una lengua ajena, la francesa. Y, aunque su decisión no choca en un momento en que las vanguardias propugnan una total indiferencia a la lengua en que se escribe, para él, para Larrea, fue ésta una toma de posición que le costaría cara, que lo condenaría para siempre como poeta.

[*D Sólo un hombre como Larrea es capaz de dilapidar la herencia de su padre en una colección de antigüedades precolombinas y luego donarla. *]

Se convertiría así, para siempre, en una presencia fantasmal, en un poeta en tierra de nadie: los franceses lo consideran un autor español, y los españoles, un autor francés. Recordemos el recelo de Dámaso Alonso hacia el ausente Larrea, de quien se llegó a decir que era un heterónimo de Gerardo Diego, una especie de otro yo más moderno y arrebatado, y de quien se citaba siempre un único verso en plan guasa: "un café nunca está lejos".

Pero Diego triunfó a medias, en su labor de defensa, traducción y difusión de los poemas de Larrea, por no decir completamente, y, aunque el nombre de Larrea ha sido y sigue siendo un secreto a voces y, como dice Díaz de Guereñu, se pueden contar con los dedos de las manos sus estudiosos, parece casi comprobado hoy en día que los libros surrealistas de Lorca, de Alberti, quizás incluso los de Aleixandre, son hijos ilegítimos de Versión Celeste. Sería entonces Larrea, muy desde lejos e inmerso en su propia batalla personal de desencarnamiento, el padre secreto del Surrealismo español.

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