La “Super Mommy” del siglo XXI

Celia de Anca. Directora. Centro Diversidad IE

12 Enero 2017

Peligrosamente, empiezan a escucharse mensajes que vuelven a identificar a la mujer con el cuidado, con el hogar, con un estereotipo femenino pasado que cede al hombre todo el poder.

Pablo Iglesias nos dijo recientemente que feminizar la política no tiene que ver con que haya más mujeres en puestos de responsabilidad en los partidos, sino con construir comunidad, “lo que tradicionalmente conocemos, porque hemos tenido madres, que significa cuidar".

No es algo nuevo. Éste es un mensaje que empieza a escucharse con frecuencia, en una vuelta al péndulo eterno en el que las mujeres (y los hombres igual, pero en el sentido opuesto ) nos balanceamos desde hace 10.000 años; un modelo normativo que implica que la sociedad define lo que es “ser mujer” y, por tanto, cuál es el papel que como mujeres debemos representar en la sociedad, ya sea el de la “Super Woman” del siglo XX, que podía con todo, o el de la “Super Mommy” del XXI, que encuentra su naturaleza en el cuidado a los demás.

No es baladí que se relacione lo femenino con el “cuidar”, ni el hecho de que la mujer, en la política y en la empresa, esté infra-representada. Curiosamente, en la misma frase se une el arquetipo femenino que, como explicaba Carl Jung, representa la idea de la madre en el inconsciente humano, con mujeres de carne y hueso que no están representadas en los órganos de decisión y, por tanto, no son protagonistas en la toma de decisiones.

Cuando las mujeres, con nombres y apellidos por fin, empezaban a ver desaparecer las barreras para llegar a la representatividad política y económica, ahora, de pronto, les dicen que no, que eso es cosa de hombres, que lo suyo es “el cuidado”. ¿No será que nos quieren volver a meter en casa, y así se resuelve el problema del paro? (Como parece ilustrar el hecho de que, una y otra vez, retroceda el número de mujeres trabajadoras en épocas de crisis).

El volver a los estereotipos de lo femenino y lo masculino resulta particularmente peligroso, no sólo porque las mujeres están poco representadas en los altos órganos de decisión de la política (18% de miembros de los parlamentos a nivel mundial) o del gobierno de las empresas (20% de los puestos de dirección funcional a nivel mundial), sino por algo que resulta todavía más inquietante: el hecho de que están claramente infra-representadas en el diseño del futuro tecnológico.

Según la OIT, a pesar de que las mujeres ocupan más de 60% de los empleos en el sector de las tecnologías de la comunicación en los países OCDE, sólo entre el 10% y el 20% de ellas son programadoras informáticas, ingenieras, analistas o diseñadoras de sistema. ¿Tampoco nos extraña que las tecnológicas que han configurado el siglo XXI, los Facebook y Googles, sean esencialmente empresas masculinas? Igual es  que las mujeres tampoco pueden ejercer en esas empresas tecnológicas su natural vocación por el cuidado.

Kafka hablaba de la dramática situación del hombre (y la mujer), cuyo destino es situarse en un presente en constante lucha, con un pasado que empuja hacia adelante, y un futuro que empuja hacia el pasado por, también, imponerse en el presente. Y es en ese presente cuando, como individuos independientes, reconciliamos nuestras identidades de origen con nuestras identidades aspiracionales, destilando conciencia que pueda servir a otros en el futuro y, poco a poco, creando sociedad. Una sociedad de individuos distintos entre iguales, no una sociedad de tribus de hombres y de mujeres.

Se trata de que cada uno resuelva en su interior un modelo formativo pasado, que sugería que la mujer ejerciera el cuidado y el hombre fuera el proveedor de alimentos en el hogar, y avance hacia modelos en los que cada cual decida, según sus anhelos y condición, la combinación de papeles que quiere jugar en la sociedad. Y lo haga en función de sus aspiraciones personales, independientemente de que se haya venido al mundo como hombre o mujeres. Sólo entonces tendremos el mismo número de mujeres que quieran tomar decisiones en política o en empresas, que de hombres deseosos dedicarse al cuidado de sus hijos y a hacer mermeladas en casa.

Que hombres de carne y hueso quieran reconciliarse con su Anima (el arquetipo femenino en el hombre según Jung) y ejercer el cuidado entre sus semejantes me parece perfecto, tan bueno como que mujeres de carne y hueso se reconcilien en paralelo con su Animus, (el arquetipo masculino en la mujer) y quieran ejercer el poder. Eso implicaría un movimiento hacia el hogar de muchos hombres en su proceso evolutivo y más mujeres ejerciendo el poder en la sociedad, lo que equilibraría la baja representación femenina en los órganos de gobierno, justo lo contrario que nos sugería el comentario de Pablo Iglesias. Nos completamos con el opuesto que habita en nuestro subconsciente, no con el estereotipo con el que llevamos cargando 10.000 años. 

Antes, los hombres decían que las mujeres no estaban suficientemente preparadas para ejercer el poder. Ahora se nos dice que estamos demasiado evolucionadas para querer ejercerlo. ¡Vaya, el caso es que nunca nos toca!

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