La buena izquierda latinoamericana se acerca al mercado

Riordan Roett. Profesor. IE Business School

13 Diciembre 2010

Venezuela y Brasil son las dos caras de una misma moneda: la izquierda latinoamericana. El primero, ahuyenta inversiones y genera pobreza; el segundo, crea una potencia mundial.

Latinoamérica está profundamente divida en lo a los modelos de desarrollo se refiere. Los países que experimentaron crisis sociales y económicas en los últimos veinte años han decidido ignorar la globalización y optar por enfoques introspectivos y, en última instancia, costosos del desarrollo. En esa colección de regímenes equivocados de izquierdas se incluyen Venezuela, Ecuador, Bolivia y Argentina, entre otros.

Por otra parte, los países que han elegido adoptar un enfoque cuidadoso y lógico del desarrollo económico –y social– se benefician de, aproximadamente, una década de buena gobernanza. Los mejores ejemplos son Brasil, Chile, Colombia, Perú y Uruguay.

Los gobiernos de la izquierda equivocada experimentaron, inicialmente, unos programas que intentaron encarar los crecientes desafíos de la productividad y la competitividad. Sin embargo, éstos acabaron fracasando y tuvieron que abandonar el poder, o fueron derrotados en las urnas.

[*D El gobierno de izquierdas brasileño es el tipo de izquierda responsable que otros países de la región (Bolivia, Ecuador y Argentina) deben imitar. *]

El futuro de este grupo de países es poco prometedor. La inversión extranjera directa es escasa o prácticamente inexistente, lo que ayuda poco a aumentar el valor de sus exportaciones tradicionales. El desarrollo del capital humano se ha visto afectado y los líderes políticos practican un estilo de gobierno grandilocuente y populista que opta por ignorar las realidades de la globalización.

Probablemente, Venezuela sea el caso más extremo. En 1989, Carlos Andrés Pérez volvió a ocupar el cargo sin el firme apoyo de su propio partido, Acción Democrática. Pérez había ocupado la presidencia del país en la década de 1970, cuando los precios del petróleo se pusieron por las nubes, tras las guerras en Oriente Medio de 1973 y 1979.

Pérez reclutó a un grupo de jóvenes intelectuales educados en Estados Unidos e intentó poner en marcha una versión venezolana del Consenso de Washington, un proyecto de reforma publicado en 1989-1990.

Los acólitos de Pérez, sin realizar una consulta social, empezaron a aplicar el programa y subieron los precios de los billetes de autobús, empezaron a privatizar las empresas estatales y adoptaron otras medidas favorecedoras del mercado. Estallaron violentas protestas y varias personas murieron. Se paralizó el programa y, posteriormente, se acusó a Carlos Andrés Pérez de traición. El resto de la década de 1990 fue un período de cambio y de esfuerzos irregulares por estabilizar la economía.

En 1992, en protesta contra el “capitalismo salvaje” de Pérez, el coronel Hugo Chávez intentó derrocar al gobierno, con un golpe de Estado que estuvo a punto de triunfar. Chávez fue encarcelado, aunque pronto quedó en libertad y construyó una máquina política que le permitió ganar las elecciones de 1998. Desde entonces, ha puesto en marcha su revolución bolivariana que, básicamente, utiliza los beneficios petrolíferos y la represión política para controlar el proceso electoral y la economía.

Prácticamente no existe la inversión extranjera, la infraestructura física se deteriora y el gobierno otorga dádivas a los pobres y a los marginados. Si analizamos el reciente Informe de competitividad mundial del Foro Económico Mundial, los resultados de la revolución bolivariana son claros: la calidad de la educación primaria ocupa el puesto 110 entre 139 países; la capacidad de innovación, el 127; y la independencia del poder judicial, el 139.

[*D Lo que impresiona de Brasil y Chile es que los cambios de régimen –en el primero del centro-derecha a la izquierda, y en el segundo de la izquierda a la derecha– se producen sin sobresaltos. *]

Es una sociedad que ignora la nueva realidad de los negocios. ¿Qué empresa seria invertiría en un país con un sistema judicial totalmente politizado? ¿Cómo encuentra una compañía trabajadores competentes con un sistema educativo tan terrible? Si no existe capacidad de innovación, la productividad y la competitividad seguirán irremediablemente envueltas en una retórica populista que satisface el ego de Chávez, pero que difícilmente atiende los intereses de los venezolanos.

En contraste, Chile se ha convertido en un modelo de buena gobernanza durante los veinte años de gobierno de la izquierda responsable. Al llegar al poder por vía democrática en 1990, la Concertación (una coalición política de demócrata-cristianos y socialistas) decidió conservar las reformas estructurales de la era del general Augusto Pinochet (1973-1990), pero también iniciar un programa de inversión social responsable en seguridad social, educación, sanidad y vivienda.

Pinochet había independizado el Banco Central antes de transferir el poder. Por poco tiempo, los políticos de la Concertación se quejaron amargamente; aunque rápidamente se dieron cuenta de que una autoridad monetaria independiente era una de las mejores garantías de un desarrollo económico y financiero exitoso.

Chile ha sacado provecho de la demanda de materias primas de China, a donde exporta gran parte de su producción anual de cobre. Además, el gobierno puso en marcha una política fiscal anticíclica: cuando los precios del cobre son elevados, una parte de esos beneficios se depositan en un fondo especial para amortiguar un eventual declive.

Chile encabeza la lista de países latinoamericanos en el Informe de competitividad mundial: ocupa el puesto 30; el 15 cuando hablamos de la calidad de sus escuelas de negocios, el 24 en disponibilidad de científicos e ingenieros y el 10 en transparencia de las políticas del gobierno. Un historial impresionante para un gobierno de centro-izquierda que se opuso al régimen militar, derrotó a Pinochet en las urnas y puso en marcha una política de continuidad económica y financiera.

La reciente elección de Sebastián Piñera, del partido Renovación Nacional (RN), ha desplazado a la Concertación, pero, en términos políticos, la consigna va a ser la continuidad. Los líderes políticos chilenos han aprendido que el partidismo y la fragmentación no defienden los intereses de la economía ni del pueblo. Chile es un ejemplo impresionante de cómo la izquierda democrática ha aprendido a gestionar la globalización.

[*D A largo plazo, son los regímenes responsables los que consolidarán la democracia y darán prioridad a la inclusión social y económica. *]

Brasil es otro ejemplo de la izquierda que se acerca al mercado. Con la elección de Luis Ignacio Lula da Silva, en 2002, los mercados fueron presa del pánico. El Partido de los Trabajadores había atacado al capitalismo de mercado durante dos décadas antes de la elección de Lula y la derrota del candidato del Partido Social-Demócrata (PSDB).

Bajo la dirección del presidente Fernando Henrique Cardoso (1994-2002), Brasil repuntó y se privatizaron corporaciones estatales de forma responsable y satisfactoria. El Banco Central, autónomo pero de facto independiente, inició una política para abordar la inflación que funciona muy bien en la actualidad. Una ley de responsabilidad fiscal imperó en el gasto público.

Tras sufrir tres derrotas en las elecciones presidenciales, Lula decidió cambiar y reconocer que Brasil debía operar en el siglo XXI: designó a personas muy cualificadas para el Banco Central y el Ministerio de Economía, confirmó su apoyo al reconocimiento de la deuda del país y su relación con el FMI y aplicó las reformas bancarias iniciadas durante el mandato de Cardoso, de tal forma que pudo decir en 2008-2009 que Brasil era el último país en entrar en la crisis financiera iniciada con la quiebra de Lehman y el primero en salir de la recesión mundial.

Esta buena gestión fiscal conllevó que las agencias de calificación de otorgaran a Brasil la calificación de apto para la inversión, lo que permitió una llegada masiva de capital a la economía brasileña: el desempleo se redujo y la nueva prosperidad, combinada con un programa de transferencia condicional de dinero en efectivo (Bolsa Familia) para los brasileños más pobres, permitió que diez millones de ciudadanos se incorporasen a las clases medias.

Además, Brasil ha gestionado sus recursos naturales con planificación estratégica, lo que ha convertido al país en un gigante del sector agrícola, y gracias a los nuevos descubrimientos de petróleo frente a su costa sudeste, es independiente en sus necesidades petrolíferas.

Al contrario que en Venezuela, el Partido de los Trabajadores ha empezado a planificar la nueva riqueza petrolífera, y el gobierno de Lula ha demostrado que puede responder a los desafíos sociales –con programas como la Bolsa Familia– y gestionar la economía con sofisticación y pragmatismo. El gobierno de izquierdas brasileño es el tipo de izquierda responsable que otros países de la región (Bolivia, Ecuador y Argentina) deben imitar.

Las políticas de países como Chile y Brasil no tienen nada de magia. Lo que hace falta es mucho sentido común y continuidad política. Lo que impresiona de ambos países es que los cambios de régimen se producen sin sobresaltos y kos líderes políticos han descubierto que los ciudadanos entienden ahora el valor de la baja inflación, de la inversión extranjera, de la gestión honesta de los recursos públicos y de un programa innovador de expansión de las exportaciones.

Los contrastes en la región son muy profundos. Los chilenos y los brasileños –al igual que los colombianos y los uruguayos, entre otros– se benefician de la globalización. Otros países –Venezuela, Ecuador y Bolivia– van a la deriva. Los líderes de aquellos países sustituyen políticas populistas, que acabarán por fracasar. A largo plazo, son los regímenes responsables los que consolidarán la democracia y darán prioridad a la inclusión social y económica.

Último vídeo

Martha Thorne valora el fallo del Premio Pritzker 2017

See video
Síguenos en
IE Focus Newsletter
Agenda IE
Most read
IE Business School | María de Molina 11, 28006 Madrid | Tel. +34 91 568 96 00 | e-mail: info@ie.edu

Contacto

IE Business School

María de Molina, 11. 28006 Madrid

Tel. +34 915 689 600

info@ie.edu