La falsa premisa del efecto péndulo

Fernando Fernández. Profesor. IE Business School

2 Febrero 2010

El menor deterioro de los indicadores macroeconómicos hace que muchos vean la luz al final del túnel, pero todavía quedan muchos obstáculos por superar antes de terminar este trayecto.

Enero no ha traído muchos datos nuevos y tampoco comentarios originales. La excepción es la actitud de la prensa internacional al mostrarse crecientemente crítica, hasta irónica, con la política económica española y con los delirios planetarios de la Presidencia europea, que incumpliendo sistemáticamente las políticas comunitarias –véanse las sanciones durante la opa de Endesa o la resignación ante las que vendrán por la trasposición de la directiva de servicios- se atreve a pedir un régimen sancionador más eficaz. Con los años que cuesta labrarse una buena reputación en Bruselas…

Por lo demás, continúa el deterioro de los principales indicadore, aunque la caída se va amortiguando. Para unos es señal de que la crisis se está acabando, para otros, una muestra de que seguimos destruyendo empleo y tejido industrial.

[*D El déficit público no se va a corregir sólo, el Gobierno tendrá que elegir entre seguir endeudándose o presentar un plan serio de consolidación fiscal *]

Quizás la mejor síntesis la ha ofrecido el secretario de Estado de Economía: no volveremos a ver los niveles de empleo anteriores a la crisis hasta dentro de cinco años. Ni el nivel de actividad económica, ni de consumo y ventas minoristas. Y para recuperar los niveles de recaudación fiscal habrá que esperar bastantes años más, ya que la elasticidad de los ingresos públicos ha disminuido brutalmente.

Se trata, además, de un escenario optimista, que supone que se cumpla la premisa de un efecto péndulo automático. Pero ese efecto es una ilusión. No existe. La economía no rebota automáticamente. Por ejemplo, el déficit público no se va corregir solo. El Gobierno tendrá que elegir si continúa endeudándose, con el riesgo de entrar en una dinámica explosiva, o se aviene a entrar en razón y presenta un plan serio de consolidación fiscal.

[*D El precio de la vivienda tiene que bajar más de un 30% si no queremos que esta crisis se alargue durante al menos una década. *]

Lo mismo pasará con el sector inmobiliario. O los precios bajan como mínimo un 30%, o el exceso de oferta tardará muchos años en ser absorbido por una población cuya renta disponible disminuye y paga tipos de interés crecientes. La crisis durará diez años si seguimos negando el problema y queremos salvar el sector con vivienda oficial y protecciones contables.

Por no hablar del sector financiero, cuyo ajuste es urgente. No solo tiene un problema de stocks, de activos fallidos relacionados con la burbuja inmobiliaria y las alegrías con las que se financiaron algunas operaciones corporativas, sino que tiene un más que grave problema de flujos. Incluso en el escenario macroeconómico optimista descrito anteriormente, caerán sus ingresos y aumentarán sus costes. Un gran número de entidades registrarán pérdidas y necesitarán inyecciones de capital.

[*D Para que las fusiones bancarias sean útiles han de realizarse grandes reducciones de los costes operativos y prescindir de la injerencia política. *]

Las fusiones son una manera de afrontar el problema, pero sólo si suponen reducciones significativas de los costes operativos. También es necesario que disminuya la injerencia política en la gestión. Lo contrario de lo que está sucediendo ante el beneplácito de la autoridad responsable.

Pero lo peor para el futuro es la caída en el PIB potencial, producto del aumento del paro en dos millones de personas desde el inicio de la crisis. Hay muchos economistas que piensan que el milagro español fue básicamente debido a la incorporación de seis millones de trabajadores. Si perdemos dos de manera definitiva, sólo queda resignarse a crecer menos en el futuro, con lo que ello implica en el agravamiento de los problemas aquí descritos. La alternativa que queda es una reforma laboral que recupere el atractivo de contratar.

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