La joya del Mediterráneo

Fernando Dameto. Subdirector Humanidades. IE Humanities Center

3 Junio 2013

La preciosa isla de Sicilia es, probablemente, el rincón del planeta que más merezca la pena visitar, con sus iglesias, su espectacular herencia artística y su deliciosa decadencia. 

Si hay un lugar que merezca ser visitado, ese es la isla de Sicilia. La Catedral de Monreale, Villa Romana del Casale o el Templo de la Concordia en Agrigento son monumentos únicos y, probablemente, los mejor conservados de sus respectivas civilizaciones. El que más me impresionó  de los tres fue la Catedral de Monreale. Tal vez porque, al entrar, sentí que nunca había estado en un lugar similar. Algunos dirán que se parece a la Catedral de San Marcos de Venecia, San Vital de Rávena o Santa Sofía de Estambul, pero me reafirmo, nunca había visto un lugar así en toda mi vida. Dicho esto, si hay un lugar excepcional en esta preciosa isla mediterránea, es su capital.

Palermo es una ciudad monumental y decadente, con una herencia artística espectacular; que tiene palacios e iglesias por doquier. Los palacios trasladan al visitante  a la época de El gatopardo, mientras que las iglesias son el reflejo de quince siglos de una historia diversa. Y es que en Palermo se asiste a una amplia variedad de iglesias, con antiguas mezquitas árabes, normandas con un decoración bizantina, barrocas e, incluso, lo nunca visto: una iglesia que combina el estilo barroco y el normando-bizantino. La cantidad de iglesias es increíble, no se me ocurre ninguna ciudad con tantas…no sean como mis compañeros de viaje: Roma no cuenta.

La mejor época para  visitar Palermo es Semana Santa, ya que todas las iglesias están abiertas. Fuera de este periodo no es tan sencillo acceder a ellas. También se pueden ver las procesiones religiosas y admirar cómo se mezclan con el tráfico: es una experiencia curiosa que la policía te pare el coche y ver como una Virgen cruza unos metros más adelante. A su vez, podrán apreciar colas de personas que en vigilia entran a las iglesias rezando o cantando.

Resulta sorprendente que, a pesar de su increíble herencia cultural, su conservación es bastante precaria. Resulta difícil de entender que un centro monumental de esta riqueza se abandone mientras uno recuerda ciudades con menor relevancia histórica que son destinos turísticos mucho más demandados.

En todo caso, este hecho permite que la gente viva la experiencia de estar en una de esas películas post-apocalípticas que tan famosas fueron en los ochenta. Cuando, pasada la medianoche, te encuentras en medio de una céntrica plaza rodeada por edificios apuntalados, cubierta por el humo de sardinas friéndose mientras ves como motos cruzan entre una multitud inmutable que baila entusiásticamente canciones de los 50, entonces tienes la sensación de que bien podrías ser figurante en el reparto de una película de John Carpenter.

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