"La música es un elixir lleno de poderes mágicos", Guillermo García Calvo, Director de Orquesta

Verónica Urbiola para IE Focus

25 Junio 2015

Considerado uno de los directores de orquesta españoles con mayor proyección internacional, Guillermo García Calvo recuerda que la música es “un elixir lleno de poderes mágicos” que están aún por descubrir para la mayoría de la gente. Reivindica la importancia de darle un mayor papel en la sociedad porque forma parte de la vida, de acercarla a los niños e integrarla en el sistema educativo. García Calvo traza paralelismos entre la dirección orquestal y la gestión empresarial, destaca la importancia de formarse en distintos países para potenciar el perfil internacional y reconoce que un director sin orquesta “no es nada”, que debe tenerlo siempre presente con humildad y agradecer al músico cada nota que toca para “conmover al oyente y transportarle a otra dimensión”.

A tus 37 años, estás considerado como uno de los directores de orquesta con más proyección internacional de tu generación. ¿Qué futuro tiene la dirección orquestal en España? ¿Cómo deberían impulsar las instituciones el desarrollo de jóvenes talentos en España?

El futuro de la dirección de orquesta en España está directamente relacionado con el papel que queramos dar a la música en nuestra sociedad. La vida del director depende de que haya orquestas y de que éstas pueden programar conciertos. Cada vez hay más jóvenes directores españoles con talento pero no asciende en proporción la demanda de conciertos, lo cual hace muy difícil que estos talento se desarrollen, pues el instrumento del director es la orquesta y esto no puede sustituirse por ninguna otra cosa. La solución empieza por acercar todavía más la música a los niños e integrarla en la educación y en la vida como parte inseparable de nuestra existencia. La música, especialmente cuando se practica de forma activa, es un elixir lleno de poderes mágicos que están aun por descubrir para la mayoría de la gente. El día que la música desempeñe un papel mucho más importante en el conjunto de la sociedad, la demanda de directores y músicos ya no será un problema.

¿En qué momento decidiste salir de España y continuar tu formación en Viena?

Cuando estudiaba piano en Madrid tuve la suerte de que mi profesora, la fallecida Almudena Cano, me animara a salir al extranjero, no sólo por estudiar en una escuela concreta, sino por el desarrollo existencial que eso suponía. La decisión la tomé con 17 años y justo después de la Selectividad, con 19 años, fui a Viena para continuar los estudios en la Universidad de Música. Viena era desde hacía tiempo era como un sueño, un milagro que no dejaba de fascinarme por todo lo que había ocurrido en el arte, la música, las letras y la filosofía en una ciudad relativamente pequeña.

Para tu debut en España elegiste ‘Tristán e Isolda’ de Richard Wagner, uno de los compositores más difíciles para los ‘no iniciados’ por la complejidad y extensión de sus óperas. ¿Qué supuso esa experiencia?

Siempre he tenido una relación especial con Wagner. Además de que me identifico con su música de una forma más íntima que con la de cualquier otro compositor, siempre ha sido para mí una especie de protector o guía, que aparece en momentos claves de mi carrera, como un leitmotiv que me guiña el ojo desde lejos. Cuando gané la plaza de asistente de Iván Fischer en Budapest, con quién aprendí cómo ensayar con una orquesta, fue dirigiendo la escena final de Die Walküre. En el examen final en Viena dirigí la Obertura de Tannhäuser mientras escribía una tesis sobre Parsifal. Con Parsifal fue también con la obra con la que empecé a trabajar como pianista en la Ópera de Viena en 2004. Y mi debut operístico en España fue, efectivamente, Tristán e Isolda.

Supuso uno de los momentos más emocionantes de mi carrera, por poder compartir con la gente de mi país, en la primera vez que dirigía ópera, mi amor por Wagner.

¿Qué papel juega el director de orquesta para liderar una agrupación integrada por músicos, de perfiles, formación y opiniones tan diversas?

La misión del director de orquesta es sacar lo mejor de cada uno de los músicos individualmente y lo mejor de todos como grupo. Por un lado debe inspirar a cada uno de ellos, y por otro debe conseguir que todos ellos como grupo crean con pasión en cada una de sus decisiones, incluso aun cuando con alguna de ellas en principio no estuvieran de acuerdo. Con decisiones me refiero desde aspectos de tempo, articulación, balance o carácter, hasta la composición de un programa o cómo deben sentarse los grupos de instrumentos en un escenario. Un director de orquesta no es muy distinto a un seductor.

Entonces, el director de orquesta tiene muchos puntos en común con la gestión empresarial, en la que los directivos deben decidir, comunicar y convencer a su equipo para que todos trabajen con un mismo objetivo. ¿Qué podemos aprender en el mundo de la empresa de la dirección orquestal?



Un director de orquesta sin orquesta no es nada. Un director solo no suena. El líder debe tener siempre presente con humildad este hecho y agradecer al músico cada nota que toca, pues es éste quien se 'remanga' para producir físicamente el sonido, dedicando su vida a un instrumento que exige una práctica diaria. Si una interpretación logra conmover al oyente y transportarle a otra dimensión, depende indirectamente de la capacidad que tenga el director para inspirar a los músicos pero directamente del sonido que éstos produzcan. Cada músico tiene la máxima responsabilidad en el resultado final. Hoy en día el nivel técnico de las orquestas es más alto que nunca, pero al mismo tiempo es cada vez más difícil aportar un valor diferenciador, un sonido único. Aquí entra el papel del director y su sentido de ser. Sacar lo mejor de los músicos tiene que ver con un absoluto y exclusivo vivir el momento presente - cada compás de la música, ni el anterior ni el siguiente - en el que el director da a cada músico la total seguridad de que lo que está tocando es el sonido más hermoso posible y su mensaje el más importante. Quizás el mundo empresarial y en general la sociedad puedan aprender de esta interdependencia e interconexión en la dirección orquestal.



Por tu experiencia, ¿qué consejo darías a jóvenes talentos que quieren dedicar su carrera profesional a la música clásica? ¿cuál es la clave para desarrollar una carrera de éxito y crecer a nivel internacional? 



Imagino que todo el que quiera dedicarse a la música tiene una gran pasión por ella y está dispuesto a renunciar a muchas cosas para hacer una carrera. Esta una gran virtud y al mismo tiempo un peligro, pues el músico puede perder el contacto con el resto del mundo que le rodea sin darse cuenta de que la música no puede separse de la vida. Mi consejo sería no dejar de sentir en cada célula de nuestro ser cada uno de las emociones de que se compone nuestra existencia, incluidas las tristes y dolorosas. Dejar que la vida se despliegue a través de nosotros. Después, el momento de hacer música es como un diario que compartimos con los demás. Y así podemos aportar nuestra manera única de ver las cosas, la diferenciación a la que me refería en la anterior pregunta y la clave para desarrollar una carrera de éxito a nivel internacional.

Si tuvieras que destacar un momento clave en tu carrera, ¿Cuál sería?

El día de mi debut en la Ópera Estatal de Viena, 30 de octubre de 2007, dirigiendo Coppélia. Era una función de repertorio sin ensayo de orquesta y la primera vez que salía al foso de ese teatro como director. Sabía que con aquella actuación el rumbo de mi carrera podía tomar una dirección muy clara, para bien o para mal. Podía ser la última vez que dirigía en ese teatro o la primera de muchas. La presión era enorme y los nervios, la tensión y el miedo que sentí antes de salir a dirigir fueron horribles, casi insoportables. Pero sabía que esa primera vez nunca se volvería a repetir, así que, como se dice hoy, dejé mi zona de comfort e intenté dar lo mejor de mi mismo. Hasta hoy, son ya 126 funciones dirigidas en ese foso de la Ópera de Viena. Por experiencia puedo decir que la vida recompensa la valentía.

El 30 de junio debutas en el Teatro Real. ¿Qué significa esto para ti?

Como madrileño de nacimiento que reside desde hace 18 años fuera de la ciudad, es emocionante descubrir que mi sueño de ser director de orquesta es realidad y que mi nombre aparece en los carteles y programas del Teatro Real. Es algo que nunca había sentido tan fuerte como esta vez. ¡Una parte de mí es como un niño que no se lo puede creer! Además, dirigir Goyescas de Granados, cuyo original para piano toqué hasta la saciedad cuando estudié piano en Madrid es un precioso guiño de ojo del destino.

En alguna ocasión has señalado que la música nos ayuda a ser más felices. ¿Crees que somos conscientes del papel que juega la música para enriquecer nuestra vida, para expresar nuestros sentimientos?

No creo que exista una sola persona sobre la tierra que en algún momento de su vida no haya tenido una relación estrecha con la música, sea del estilo que sea. Pero quizás no siempre somos conscientes del placer que puede dar la música, algunos lo olvidan y otros lo descubren tarde. No conozco otra manifestación creativa del ser humano en la que podamos expresar nuestros sentimientos de forma tan intensa, trascender nuestra soledad existencial, acercarnos un poco más a comprender la vida, recrearnos en ella con su infinidad de facetas y emociones, darnos la esperanza de un mundo mejor y la fuerza e inspiración para llegar a él, y lo que es más milagroso: todo esto sucede al mismo tiempo, al sonido de unas cuantas notas.

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