La pluma estadounidense de Updike

Rolf Strom-Olsen. Profesor. IE School of Arts and Humanities

9 Marzo 2009

La literatura estadounidense acaba de despedir a una de sus grandes plumas, John Updike, cuya obra, sin embargo, nunca viajó bien fuera de sus fronteras.

El reciente fallecimiento de John Updike, a los 76 años de edad, ha abierto la puerta a todo tipo de tributos, elogios y remembranzas, procedentes de cualquier punto del panorama cultural estadounidense. Algo que cabría esperar, ya que se trata de una de las grandes figuras literarias nacionales.

Para comprender la relevancia de este autor, recomiendo leer el artículo de Michiko Kakutani en The New York Times , que ofrece una reseña justa, aunque por momentos suena como si escribiese una disertación para la asignatura de literatura de primero de carrera. (Claro, que muchos de los artículos de Kakutani suenan así).

[*D Updike es una de las grandes figuras de la literatura estadounidense, porque abrió una ventana a la clase media de ese país. *]

A muchos de nosotros, lectores no estadounidenses, el nombre de Updike probablemente nos resulta familiar, aunque no lo hayamos leído nunca. Como afirma Kakutani, con toda razón, Updike «abrió un enorme ventanal hacia la clase media estadounidense en la segunda mitad del siglo XX», lo que explica, en gran medida, su irrelevancia para aquellos de nosotros que tenemos otras vistas cuando nos asomamos por nuestras ventanas.

Sus famosas novelas del denominado Conejo son la quintaesencia norteamericana, pero luego no se traducen, ni viajan bien más allá de su entorno cultural. No estoy seguro de por qué sucede esto. Por supuesto, uno puede apreciar las obras de ficción sobre culturas que no son la propia, sin embargo, la obra de Updike, en la que disecciona la «experiencia del estadounidense medio», es extrañamente poco memorable.

[*D Al otro lado del Atlántico, sin embargo, la realidad cultural de su país que tan bien narra apenas ha tenido relevancia. *]

Cuando me senté a escribir esto tenía previsto hablar sobre la única novela de Conejo que he leído. Pero, cuando me detengo seriamente a pensar en ello, me doy cuenta, de forma muy similar a la del testimonio de un miembro de la afortunadamente ya disuelta Administración Bush, de que no recuerdo nada. Claro, que en mi caso es verdad. No consigo recordar cuál era, ni nada de lo que sucedía en ella. Ahora me pregunto si realmente la leí.

Aunque el Updike cronista de los valores estadounidenses me dejó indiferente, he disfrutado de alguna de su ficción más reciente, gran parte de la cual trata sobre cómo envejecemos. Si tienen un momento, visiten algunos de sus artículos e historias publicadas en The New Yorker, por ejemplo ésta. «Me despierto cada mañana con los globos oculares doloridos y con un aterrador dolor mordiente en el estómago... ese precipicio ciego al final de la caída que científicamente verificó el vacío del átomo y los espacios entre las estrellas. Aun así, me afeito.»

[*D Su obra goza del extraño talento de hacerse más divertida y perspicaz cuanto más se piensa en ella. *]

Esta cita es un buen ejemplo de lo que intento explicar, no sólo porque es divertida, sino porque se vuelve todavía más divertida y perspicaz cuanto más se piensa en ella. Ese tipo de talento permitió a Updike alzarse con diversos premios literarios y tener un lugar en el panteón de la literatura contemporánea estadounidense.

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