La verdadera crisis del mercado y los valores

Manuel Bermejo. Profesor. IE Business School

9 Diciembre 2008

La explicación economicista de la crisis financiera sólo sirve para comprender cómo ha caído la baraja de naipes... pero el terremoto que la ha tirado abajo es una crisis de valores que nos afecta a todos.

El pasado trimestre, y por primera vez en 15 años, España ha sufrido un retroceso en el PIB. Los números cantan. Se acabaron los debates políticos más preocupados por el léxico y las cuestiones de forma que de fondo. A esta situación se ha llegado por el encadenamiento de diferentes factores. Una crisis financiera que deriva de la irrupción en el mercado de los llamados activos tóxicos, lo cual genera una pérdida de confianza, el deterioro de los balances de las entidades bancarias , hasta el extremo de la quiebra en algunos casos, y desemboca en pérdidas de liquidez.

Esta situación permea a la economía real. Muchas compañías, aun con probados modelos de negocio de éxito, se ven ahogadas por la falta de crédito que necesitan para equilibrar sus flujos de fondos y deciden ajustar sus costes, en el mejor de los casos, cuando no cerrar. ¿Moraleja? Por un lado, más paro y menos actividad empresarial, que repercute en sus proveedores. Por otro, individuos con menor capacidad de consumo, bien por falta de confianza o bien por el efecto que supone una subida del precio del dinero y una menor capacidad de generar ingresos. Un círculo diabólico. El modelo económico español, tan dependiente de la construcción, que ha caído a plomo, la demanda interna y el turismo, afectados ambos por la crisis del consumo, es lógico que avance imparable hacia la recesión.

[*D Vivimos en un mundo que ha sustituido los valores por el valor: el dinero. Éste es el veradero problema al que nos enfrentamos. *]

Hasta aquí la explicación economicista. Ahora bien, entiendo que de fondo aparece una profunda crisis de valores que permite explicar lo que ha ocurrido: vivimos en un mundo que ha sustituido los valores por el valor: el dinero.

Se entiende entonces la avaricia con que desde el sector financiero se han desarrollado prácticas agresivas con tal de acceder a los importantes bonos de final de año. Una sensación de vivir por encima del bien y del mal que permite asumir sueldos astronómicos y gastos suntuosos. Pero también pensemos en cómo nos comportamos cada cual en un afán por vivir más allá de nuestras posibilidades, cambiando continuamente de piso, coche, televisión o teléfono móvil. Y mirando por el rabillo del ojo al vecino para asegurar nuestra posición de dominio.

[*D Bancos y empresarios se han dejado llevar por la avaricia. Pero también pensemos en cómo nos comportamos cada cual, en un afán por vivir más allá de nuestras posibilidades *]

Muchos empresarios cayendo en los cantos de sirena de los banqueros de inversión, que pagaban por sus negocios dos dígitos de ebidta para hacer sofisticadas operaciones corporativas. Y otros, al calor de la cercanía a los poderes públicos, presumiendo de alcanzar rentabilidades astronómicas con el ladrillo, y además, sin poner un duro. Desde los medios de comunicación, universidades y escuelas de negocios, consciente o inconscientemente, enfatizando estos modelos a la larga tan perniciosos. Y nuestros gobernantes, quizás pensando que esto del crecimiento económico ya estaba asegurado de por vida, ocupados en lo que verdaderamente preocupa al ciudadano: que si el Guadiana es de Extremadura de toda vida, la expansión del gallego por el mundo, el lanzamiento del enésimo canal de TV autonómico, la memoria histórica, pagar dinero porque los agricultores dejen de cultivar las tierras…

Más allá de las soluciones técnicas necesarias para corregir estos desequilibrios macroeconómicos, restituir los necesarios niveles de liquidez y revisar los muy deficientes mecanismos de control y evaluación, hace falta un esfuerzo por recobrar valores personales y corporativos: austeridad, honestidad, solidaridad, visión de largo plazo, compromiso, construcción de equipos, alineamiento estratégico…

[*D Debemos recobrar valores personales y corporativos: austeridad, honestidad, solidaridad, visión de largo plazo, compromiso, construcción de equipos, alineamiento estratégico… *]

En el caso español, hay que hacer un ingente esfuerzo por cambiar un modelo económico severamente dañado. Precisamos más empresarios verdaderamente emprendedores, lo cual pasa por medidas a corto, para cuidar ya a los que verdaderamente están en la línea de la innovación, la productividad y la aportación de modelos económicos de alto valor añadido. Pero también con acciones decididas de largo alcance, que debieran comenzar en la escuela y seguir por la universidad, para que nuestras niñas y niños aprendan a poner en valor la figura del emprendedor y asegurar para el futuro una sociedad más emprendedora que, a mi juicio, será el mejor garante de progreso y bienestar.

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