Las dos caras de Obama en cada orilla del Atlántico

José María de Areilza. Decano. IE Law School

9 Diciembre 2008

El triunfo de Obama abre una ventana de oportunidades para Europa. Pero también de retos, porque el elegido pondrá en evidencia la capacidad del Viejo Continete de actuar junto al socio norteamericano.

La elección de Barack Obama como presidente de Estados Unidos puede ser definitorio no sólo para su país, sino para la proyección internacional de la Unión Europea. La figura transformadora del elegido, por utilizar una expresión de Colin Powell, va a producir de modo inmediato dos efectos sobre la desdibujada relación entre el viejo y el nuevo continente. Por un lado, de un plumazo, se dejan atrás ocho años difíciles de tensiones y divisiones, especialmente en el plano político y militar (aunque la interdependencia económica en la comunidad transatlántica no ha parado de crecer, como la crisis financiera demuestra). La nueva Casa Blanca ya no clasificará a los europeos en nuevos y viejos, y algunos no tendrán ya razón alguna para definirse contrarios a EEUU. De golpe, los difusores del anti-americanismo han pasado de moda y, al menos durante unos meses, no escucharemos un coro de políticos europeos que dan lecciones a EEUU sobre cómo hacer las cosas mejor desde una superioridad moral incontestable, pero sin ser capaces de ponerse ellos a hacerlas.

Como explican los mejores comentaristas, estamos ante el mayor éxito de relaciones públicas de la historia de EEUU, y ante el mejor ejemplo de recuperación instantánea de legitimidad o poder blando por un país hegemónico. Barack Obama simboliza una generación nueva, un nuevo estilo de hacer política, más basado en relatos y emociones que en ideologías y partidos, y también encarna una aspiración a la ciudadanía global. Su elección no sólo derriba barreras raciales, sino que vuelve a hacer atractivo en su país, y en todo el mundo, el sueño americano, algo diametralmente opuesto a lo que ha proyectado el gobierno Bush durante ocho años.

[*D En muchos ámbitos de política exterior y de seguridad, Obama seguirá mirando de modo preferente al Pacífico, frente a una Europa cada vez menos relevante *]

Pero el nuevo presidente despierta tales expectativas en nuestro continente que, con seguridad, no podrá cumplirlas. Sobre todo, porque en muchos ámbitos de política exterior y de seguridad continuará las grandes líneas de la política norteamericana desde la caída del muro de Berlín, que mira de modo preferente al Pacífico y presta menor atención a una Europa cada vez menos relevante en la reconfiguración del poder mundial. Sin embargo, también es cierto que con la elección de Barack Obama la noción de Occidente empieza a ser más atractiva, y no sólo a ambas orillas del Atlántico.

El segundo efecto de esta elección sobre las relaciones entre EEUU y Europa es la aparición de una ventana de oportunidad durante unos meses, un año a lo sumo, para que los europeos decidamos ser actores globales junto a nuestro socio norteamericano, un verdadero desafío a la capacidad de los líderes del viejo continente y a las instituciones de la UE. Si hay voluntad política, los europeos podemos hacer avanzar nuestra acción económica, política y de seguridad exterior, a pesar de que el Tratado de Lisboa, que contiene mejoras sustantivas en éste área concreta, no haya entrado en vigor. La urgencia es real: la relación transatlántica va a entrar enseguida en una fase decisiva, en la que los europeos debemos ser capaces de actuar unidos y ofrecer una agenda de cooperación intensa con EEUU, si queremos contar en el nuevo mapa del mundo que se adivina, con la emergencia de nuevas potencias y nuevos desafíos globales.

[*D Obama ha ido girando al centro, afirmando mucho más los intereses de EEUU. Su visión de Europa será muy pragmática, al margen de una simbología necesaria de reconciliación. *]

Barack Obama, a diferencia de John McCain, no pertenece a la generación que se formó en la Guerra Fría, no tiene lazos fuertes personales con Europa y carece de un conocimiento profundo de las relaciones internacionales, a diferencia de su compañero de ticket, Joe Biden. Pero en el último año y medio el presidente electo ha madurado como político y se ha movido claramente hacia el centro. Este proceso le ha llevado a afirmar mucho más los intereses de EEUU y a mostrar mucha más determinación en asuntos de seguridad y defensa. Su visión de Europa será muy pragmática, al margen de una simbología necesaria de reconciliación y una mejora fundamental en las formas. Ante todo, Obama hereda un país metido en dos guerras de resultado incierto, una relación difícil con Rusia e Irán, una economía en recesión y una crisis financiera sin precedentes. Cuenta con un poder legislativo dominado por los demócratas –los cuales tenderán más a la indisciplina que si hubiese mayoría republicana en las cámaras- y con una opinión pública preocupada por la economía, pero dispuesta a concederle un tiempo de gracia. Además, todos los indicios apuntan que parece dispuesto a rodearse de las mejores cabezas del país, a semejanza de los eggheads que rodearon a John F. Kennedy. Incluso puede que reclute a los mejores asesores y colaboradores con una orientación más suprapartidista.

De sus socios europeos, igualmente golpeados por la crisis económica, el futuro presidente buscará una doble contribución inmediata en la reforma del sistema financiero mundial y en la guerra de Afganistán. Las normas e instituciones que regulan y supervisan los mercados de capitales necesitan una renovación profunda y nadie sabe con certeza cómo debe hacerse. No obstante, hay acuerdo en la necesidad de pensarlo de forma conjunta y con una óptica aún más global. En relación con Afganistán, durante la campaña, Obama ha dejado claro que la victoria en este conflicto es prioritaria y por ello pedirá a algunos estados europeos una contribución mayor o más eficaz, algo que sin duda planteará un dilema al gobierno español. En el terreno de la seguridad, Estados Unidos seguirá tratando uno a uno con cada país europeo para formar coaliciones ad hoc, aunque la OTAN mantenga su alto valor simbólico y siga funcionando como un foro de discusión y planeamiento conjunto. A los europeos nos corresponde ampliar esta agenda de seguridad que, desde hace décadas, domina las conversaciones entre ambas orillas del Atlántico, e incluir propuestas concretas, por ejemplo, para hacer avanzar la ronda de Doha o para luchar juntos contra los efectos del cambio climático.

[*D La renovación de la presidencia estadounidense pone a los europeos ante sus responsabilidades globales. El reto es preparar unidos una agenda transatlántica *]

No se trata sólo de fomentar la cooperación a nivel político. Entre ambas orillas del Atlántico se han formado multitud de redes y comunidades de expertos que trabajan de forma muy competitiva en la solución de los problemas que afrontan las personas, las empresas o las instituciones, a través de la investigación, la diseminación y el desarrollo de mejores prácticas.

La renovación de la presidencia de EEUU, en definitiva, pone a los europeos ante sus responsabilidades globales. El reto es preparar unidos una agenda transatlántica en la que trabajar con el Presidente Obama a partir de enero. Europa tiene que proponer, persuadir y ser capaz de actuar junto con su socio norteamericano. Y con realismo y dosis de autocrítica, ofrecer al mundo las mejores contribuciones de su espíritu.

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