Lo que nos cuesta el “Y tú más…”

Juan Carlos Martínez Lázaro. Profesor. IE Business School

26 Febrero 2013

El día que los españoles dejemos de ver la corrupción bajo el prisma de la lucha política y la veamos como un robo al resto de los ciudadanos, tal vez consigamos acabar con ella.

“Y tú más….” Simplificando, ésta ha sido la respuesta que nuestra clase política ha venido dando al tema de la corrupción. Durante años, la corrupción individual o la colectiva (la financiación irregular de los partidos) se ha utilizado como arma arrojadiza. Cuando un cargo público o político ha sido acusado de haber cobrado comisiones para sí o para el propio partido, inmediatamente, las otras fuerzas y los medios de comunicación afines lo han utilizado para desprestigiar a la formación a la que pertenecía o pertenecían esas personas. Y ésta ha tratado siempre de  negarlo, minimizarlo o exculparlo. Y, cuando ya no podía seguir negando lo evidente, se ha distanciado y ha lanzado el mensaje que se resumía en el “Y tú más…”

Cuando el PSOE ha acusado al PP por el caso Gürtel, el PP le ha contestado con el caso de los EREs de Andalucía. Cuando el PP ha acusado a PSOE con el caso Campeón, el PSOE le ha contestado con el caso de la Diputación de Orense. Y eso por no hablar de las versiones regionales, como Unió Mallorquina y los mil procesos a los que se enfrentan, Convergencia y el caso Palau, Unió y el caso Pallerols, el PNV y el caso De Miguel, o el famoso GIL y el expolio de Marbella… Aquí ya todos acusaban a todos.

En general, nos ha escandalizado la corrupción cometida por miembros de partidos a los que no somos afines y, en general, hemos negado, disculpado o minimizado la cometida por el partido al que ideológicamente somos afines. Si soy votante/simpatizante/afín al PP, he pensado que el caso Gürtel sonaba a montaje de los socialistas o de algún juez progre, mientras que lo de los EREs de Andalucía era una golfada. Y viceversa. Como los seguidores de un equipo, que siempre se indignan de los favores arbitrales al rival, y siempre pasan por alto o justifican  cuando los árbitros se equivocan a su favor.

En esta pugna partidista del “Y tú más…”, lo que hasta ahora no hemos tenido en cuenta es lo que nos ha costado y nos cuesta a los ciudadanos la corrupción. Porque, si una empresa tiene que pagar a un sujeto o a un partido para que le adjudiquen un contrato, en el precio de esa adjudicación irá incluida la comisión que vaya a tener que pagar. Es decir, este servicio vale 10, pero como tendré que pagar 2 de comisión, pues se lo vendo a la administración de turno a 12. Y, en principio, todos contentos: la empresa que lo vende, la administración que lo compra con un dinero que no es suyo, los ciudadanos que disfrutan de ese servicio, el que se lleva la comisión o el partido al que pertenece (si el dinero es para él). En principio, porque, al final, los únicos que vamos a pagar el sobreprecio de 2 somos los ciudadanos. Seguramente, durante mucho tiempo, no nos dimos cuenta, porque todas esas obras o servicios se financiaban con deuda y más deuda. Pero el tiempo de los endeudamientos se han acabado y ahora toca pagar. Y lo estamos haciendo con más impuestos y/o con menos servicios.

Lo que me pregunto y me indigna es pensar cuánto de mis impuestos está teniendo que ser dedicado a pagar las comisiones que se han venido cobrando  desde hace muchos años por unos y otros. Porque esto empezó hace ya mucho, pero que mucho tiempo. ¿O es que no recuerdan el caso Naseiro o el caso Filesa, por poner sólo algunos ejemplos?

El día que los españoles dejemos de ver a la corrupción bajo el prisma de la lucha política y la veamos como lo que es, un robo al resto de los ciudadanos, que somos a quienes nos toca pagarla, y se lo hagamos ver a nuestros políticos, tal vez consigamos acabar con ella o, al menos, mantenerla en parámetros mínimos. Lo que no es de recibo es haber institucionalizado un sistema de mordidas para partidos y particulares que ha pasado  a formar parte del paisaje cotidiano y que sólo nos ha molestado cuando implicaba a los adversarios políticos, pero sin medir nunca su impacto económico en nuestros bolsillos.

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