Los costes invisibles de emprender

Pino Bethencourt. Profesora. Instituto de Empresa

27 Octubre 2006

Nadie duda de que emprender un negocio es una carrera de obstáculos. Pero pocos imaginan que el principal problema son las grandes compañías.

Dicen que el empresario es un animal de naturaleza compleja, que decide en un momento de su vida hipotecar todo, o casi todo, por un proyecto.

Los que sueñan con emprender imaginan despachos lujosos, coches grandes y miradas de respeto de sus vecinos cuando pasean por la calle. Pero, salvo los empresarios de las películas, y algunos pocos afortunados, la gran mayoría empieza de forma mucho menos glamurosas. Como Esther, que se reía de sí misma al verse montada en un autobús verde, hablando por el móvil y consultando su PDA, rodeada de gente apelotonada de camino a su trabajo a las afueras de Madrid.

Esther salió de la multinacional en la que trabajaba para ofrecer asesoría financiera a otros pequeños empresarios. Su herramienta fundamental de trabajo es su cabeza, por tanto, emplear óptimamente el tiempo es esencial para la viabilidad de su negocio. Ir a ver a un cliente en transporte público mientras llama a otros clientes es sólo una de las pequeñas decisiones que le permiten conseguir una mayor rentabilidad.

[*D Trabajar con las multinacionales proveedoras de servicios es una barrera de entrada para los emprendedores. *]

El empresario despliega su talento de forma intuitiva, intentando ahorrar todo lo posible para no morir de hambre o deudas. Su tiempo lo consume en pensar sobre el negocio, encontrar nuevos clientes, mejorar sus productos, conseguir un mayor rendimiento de sus empleados o soñar con los problemas que no pudo resolver durante el día.

Pero, aunque consiga sortear miles de trabas burocráticas, económicas y humanas, todavía le quedará el obstáculo más desesperante: tratar con la gran empresa. Ningún estudio analiza la barrera de entrada que supone trabajar con las multinacionales proveedoras de servicios.

Todo empieza por poner una línea de teléfono. El empresario que quiere llamar a sus clientes para ofrecerles su producto acabará tarareando, sin saberlo, las melodías de espera que escucha varias veces al día mientras espera que le contesten. Cuando, finalmente, le hable un señor o señorita, le llegará la voz lejana, de algún rincón recóndito del mundo, con acento extranjero, que le hará preguntas rutinarias sobre su problema.

Tras escucharle durante diez minutos, dirá: espere, por favor, y le regalará más minutos de alegre melodía. Entonces, aparecerá otra voz que le preguntará sus datos y, por supuesto, no sabe nada de los diez minutos de rollo que ya explicó al compañero anterior. En el mejor de los casos, los sucesivos intervalos de música y amable atención extranjera darán una solución satisfactoria. Pero impresiona comprobar cuántas de estas historias acaban en un problema imposible de resolver: un señor o señorita sin nombre no puede dar el nombre de su jefe ni hacer nada al respecto.

[*D Así funcionan: intentas contratar una línea de teléfono y terminas con una conexión por satélite a precio de oro *]

Alex compró una franquicia de venta inmobiliaria y se dispuso a contratar el alta de línea telefónica tarareando de felicidad, confiado de que al día siguiente tendría ya su conexión, según decía el anuncio. Tres semanas más tarde, seguía enviando faxes, pero, por alguna misteriosa razón, nunca encontraban su fax en la oficina del supuestamente rapidísimo proveedor.

Mireia montó una empresa de fabricación y venta de máquinas industriales. Encontró proveedores europeos y clientes americanos, cerró todos los acuerdos y compró una oficina al lado de un polígono industrial. La decoró con estilosos muebles de oficina y le puso plantitas en la puerta. Luego le dijeron que se había colocado en un misterioso triángulo de vacío telefónico en el que era totalmente imposible hacerle llegar una línea.

Luego no es al día siguiente, por supuesto. Es unos cuantos meses de llamadas, melodías agradables, teleoperadoras sin nombre y sin jefe, y ataques de estrés continuos para dar servicio a sus clientes y proveedores desde despachos improvisados en cualquier otro sitio que no sea su oficina.

Finalmente, acabó contratando una conexión por satélite a precio de oro, convencida de que era una inversión importante para su negocio. Esto le dio un poco de aire durante algunos meses. Hasta que se levantó una mañana sin conexión de ningún tipo y, al llamar a su proveedor, descubrió que había quebrado y suspendido el servicio a sus clientes sin previo aviso.

[*D Las grandes compañías ignoran los problemas de las pymes porque sólo son un pequeño porcentaje de sus ingresos *]

Estas historias pueden parecer ciencia ficción para un trabajador por cuenta ajena de una gran multinacional. Pero ocurren todos los días. Y no sólo en telefonía. Proveedores de electricidad, empresas de seguros o seguridad, telefonía fija o móvil…todos llenos de directivos con despachos amplios y trajes de marca. Pero sordos a los problemas de pequeños empresarios que no representan grandes porcentajes sobre sus cuentas de ingresos.

Los comienzos del empresario de éxito están marcados por esta gratuita carga extra de trabajo. Y, aunque puedan permitirse contratar a un asistente, ven frustrados cómo gran parte de su tiempo se pierde en escuchar música telefónica en lugar de añadir valor al negocio.

En España no sólo falta espíritu emprendedor, también falta apoyo o, por lo menos, un poco de profesionalidad por parte de las grandes empresas que no recuerdan lo que es empezar un negocio

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