París bien vale ser razonable

Joaquín Garralda. Profesor. IE Business School

21 Diciembre 2015

Los efectos del cambio climático, que acaban de analizarse en la histórica Cumbre en París, se están abordando con actitudes razonables, que darán lugar a comportamientos racionales. 

La temperatura de estos días de diciembre en España parece reforzar la inquietud existente respecto al cambio climático y los terribles efectos que nos augura. Si de manera individual percibimos con claridad este cambio, es fácil que esta inquietud derive en temor ante las declaraciones de los líderes de las grandes economías. Si para muchos los países no han logrado alcanzar un gran acuerdo en París, ¿estamos desprotegidos ante las presumibles catástrofes?

Hay argumentos racionales que explican la dificultad de alcanzar grandes acuerdos y que, a la vista de las declaraciones, parece que superan a los argumentos razonables. Pero si es tan claro el riesgo como nos dicen los científicos,  ¿no debería ser racional hacer esfuerzos razonables en unas circunstancias extremas?

Se considera un comportamiento racional aquél que persigue su propio interés de manera coherente. Ésta es la base del sistema de mercado, que asigna los recursos escasos de una manera eficiente, sin necesidad de coordinación entre los agentes. Sólo es necesario que los que intervienen actúen buscando su propio interés. Sin embargo, cuando se producen externalidades (una de ellas es el tema medioambiental), los mercados no funcionan y el regulador debe intervenir. 

En el ámbito medioambiental, las fronteras soberanas no existen para compensar los desequilibrios y, como no existe un regulador internacional eficaz, hay que buscar acuerdos fundamentados en otro incentivo que no sea el racional, pero que sea al menos razonable.

Según el filósofo John Rawls, se entiende que una sociedad se comporta de una manera razonable cuando existe un conjunto de restricciones auto-impuestas para lograr la cooperación social y obtener así beneficios. Y considera fundamental que se cumplan dos exigencias: la reciprocidad de los esfuerzos y la mutualidad de las cargas. Y éste es el meollo de las dificultades para que sean razonables en la negociación de París. Los distintos países no llegan a percibir una mutualidad de cargas ni una reciprocidad de los esfuerzos.

 

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