Políticos en bancarrota

José Ignacio Torreblanca. Profesor. IE School of Arts & Humanities

10 Noviembre 2011

La unión fiscal que tantas voces piden para Europa exige llevar consigo una unión política que legitime esa integración de impuestos en todo el Viejo Continente.

Érase una vez, un tiempo en el que el poder de los países era mayor que el de los mercados. Los antiguos monarcas absolutistas podían asumir tanta deuda como quisieran para financiar sus guerras dinásticas, esquemas progresistas o sus caprichos personales. Cuando la situación se volvía insostenible, se declaraba la bancarrota y se empezaba de cero. En algunos casos, como en Francia, los “recortes” en la deuda se realizaban aplicando métodos expeditivos, por ejemplo, ejecutando a los banqueros.

Al comparar a aquellos mandatarios con los de nuestros días, humillados por las agencias de clasificación, supervisados de cerca por todo tipo de instituciones internacionales y con los tribunales constitucionales desmigando sus decisiones, estos últimos parecen unos flojeras. Hasta a Angela Merkel se la ve tan impotente como al resto.

[*D Hasta el siglo XIX, era normal que un país se declarara en bancarrota, y se sostenía que era una manera eficaz de poner las cosas en su sitio y empezar de nuevo. *]

Hasta el siglo XIX, que un país se declarara en bancarrota no era algo de lo que avergonzarse. Incluso, algunos ministros de Finanzas sostenían que una bancarrota de vez en cuando era una manera eficaz de poner las cosas en su sitio y empezar de nuevo. En la práctica, las bancarrotas estatales eran algo que sólo los países ricos podían permitirse y, en cierto modo, reflejaban el poder del estado y de sus monarcas.

No fue por azar que, entre 1300 y 1799, España declarara la bancarrota no menos de seis veces; y Francia, coincidiendo con la expansión de su poder en Europa, ocho. Pero en el siglo XIX, Francia estabilizó sus finanzas públicas (su última bancarrota aconteció en 1812), mientras que España siguió con esta tradición con hasta ocho bancarrotas entre 1809 y 1882. En el s. XX, antes de la Segunda Guerra Mundial, Austria y Polonia se declararon en bancarrota dos veces cada uno.

[*D Como los gobiernos seguían emitiendo dinero para cancelar deudas, las democracias modernas transferieron las políticas monetarias a bancos centrales independientes. *]

La impresión es que, desde la prehistoria de los estados modernos, una gran parte de la actividad política ha consistido en encontrar modos de privar a los mandatarios de su poder para gastar el dinero de los contribuyentes o, de manera alternativa, para mantenerlos a raya y obligarles a ser responsables.

En la formula clásica (no hay impuestos sin representación), la burguesía y la monarquía acordaron que los primeros pagarían impuestos y, a cambio, los segundos compartirían sus soberanía. Así, las 13 colonias estadounidenses se negaron a pagar impuestos a la Corona Británica, ya que no se sentaban en su parlamento. Incluso hoy, muchos países rentistas que reciben ingresos, no de los ciudadanos, sino del petróleo o del gas natural (como Arabia Saudí), pueden permitirse el lujo de no cobrar impuestos a sus ciudadanos pero, a cambio, no se les permite decir ni una palabra en las finanzas públicas.

[*D Del mismo que los mercados nos forzaron a quitar las políticas monetarias de las manos de los ejecutivos nacionales, ahora nos empujan a quitarles las fiscales. *]

Históricamente, los parlamentos nacionales nunca han sido capaces de controlar con eficiencia sus tendencias ejecutivas hacia el déficit o la inflación. Como los gobiernos persistieron en el feo y antiguo vicio de acuñar moneda para cancelar sus deudas y aumentar sus posibilidades de reelección, en la segunda mitad del s.XX, las democracias modernas optaron por transferir las políticas monetarias a bancos centrales independientes.

En Europa hemos ido todavía más lejos transfiriendo las políticas monetarias al Banco Central Europeo. Pero los políticos, con su compulsivo sexto sentido de jugador, buscan en la política fiscal nuevos modos de adentrarse en la deuda para maximizar sus posibilidades de reelección. Por esto, al igual que en el pasado los mercados nos empujaban a quitarles las políticas monetarias de las manos, ahora nos empujan a quitarles las políticas fiscales a los políticos nacionales y a situarlas a una distancias segura (también en Bruselas). Esta situación podría ser efectiva desde el punto de vista económico pero, en práctica, vacía el significado de los parlamentos nacionales y pone en duda una pregunta democrática de primer orden.

[*D La historia muestra que, sin democracia, los impuestos son ilegítimos. Por eso, si vamos a una política fiscal europea común, debemos reconsiderar la unión política. *]

Después de todo, la historia nos muestra que sin impuestos no hay democracia, y que sin democracia, los impuestos son ilegítimos. Por esto, si nos dirigimos a una política fiscal europea común y una hacienda común, tenemos que reconsiderar la extensión, significado e instituciones de la unión política que camina al lado de estas políticas. ¿Serán los impuestos europeos los que traigan la democracia europea?

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