Por qué las elecciones importan menos de lo que pensamos

Ignacio de la Torre. Profesor. IE Business School

24 Junio 2015

La capacidad de un político para tomar decisiones malignas es inversamente proporcional al endeudamiento como porcentaje del PIB. Y España debe más que nunca en su historia.

 

España pasó de la irracional euforia del periodo 2000-2008 a la depresiva contrición que abarca desde 2009 hasta 2013.  Ni durante el primer periodo alzamos la voz para clamar contra el tsunami que se nos avecinaba, ni durante el segundo supimos ver cómo habíamos generado un modelo que nos podía sacar de la crisis vía el sector exterior.  Lo que es peor, tendimos a simplificar procesos muy complejos mediante la búsqueda de cabezas de turco, inútiles cabezas que durante el primer periodo se abrogaban a sí mismas medallas, y en el segundo, culpabilidad.

La realidad económica es mucho más profunda, y la búsqueda de culpables aislados, aunque sacie la sed de los más ilusos, no permite ni diagnosticar la enfermedad, ni tratar sus síntomas, ni sanar sobre bases sólidas.  Durante 2014, poco a poco se observó cómo la recuperación incoada en el sector exportador devenía en una mejora del consumo y de la inversión, y estos parámetros convivieron con la vuelta de la financiación, bancaria y no bancaria, lo que ayudó a dar la vuelta al terrible ciclo vivido hasta entonces, que se había traducido en las escalofriantes cifras de 3,7 millones de parados adicionales, un 7% de caída en el PIB, y un 19% de descenso en la demanda interna.

Pues bien, igual que el sector privado fue tan culpable como el público y que la coyuntura mundial de los acontecimientos que desembocaron en la crisis, estos tres agentes han sido también clave en la recuperación; en mi opinión con mucho más énfasis el primer y el tercer agente que el segundo (el sector público).  Por eso, creo que la mini histeria colectiva que han desatado las elecciones locales en muchos círculos de debate, con la tesis de que dicho resultado abocaba a una parálisis económica, son infundados.

Primero, es importante tener presente que una inmensa mayoría del gasto público está preasignado en cinco parámetros: pensiones, educación, sanidad, desempleo e intereses de la deuda.  El margen de actuación en los mismos es reducido, de ahí que la “política marginal” se efectúe sobre el resto del gasto público (el discrecional). El problema es que el gasto marginal es ínfimo si lo comparamos con el preestablecido.

Segundo, siempre he afirmado que la capacidad de un político para tomar decisiones malignas es inversamente proporcional al endeudamiento como porcentaje del PIB.  Igual que cuando una familia o una empresa tienen deudas muy elevadas, el prestamista tiene mucho que decir sobre cómo administramos nuestra renta, lo mismo pasa con un soberano, sea nacional, regional o local.  España presenta hoy los datos de deuda más altos de su historia, de lo que se deduce que nuestro acreedor (entre otros, el BCE) tendrán mucho que decir sobre nuestras políticas.  El que quiera soberanía plena, que pague antes su deuda.

Tercero, muchos no somos conscientes de cómo ha avanzado la unión política europea durante la crisis; la divisa única ha sido su artífice, tal y como concibieron los padres fundadores de la Comunidad Europea.  Para bien o para mal, nos encaminamos en la práctica a una unión de activos y pasivos soberanos, y eso sólo se logra mediante la unión política.  Estamos ahí, y de esto se infiere que un Gobierno tiene su margen de actuación constreñido por los acuerdos previamente firmados en el marco de la UE y por la corresponsabilidad con los socios.  Si un electorado da un mandato a un Gobierno en el sentido de que quiere seguir en el euro pero no honrar los compromisos previamente adquiridos sobre responsabilidad fiscal, se genera una contradicción que no se puede resolver más que “pasando por el aro” (honrar compromisos de reforma) o abandonando el euro.  No hay terceras vías, aunque el electorado se lo crea al leerlo en falsos programas.  España no es una excepción a esta regla, todo lo contrario.  Por eso, nuestro país nunca llevará la deriva de alguno de nuestros estados hermanos en América.

Cuarto, para hacer política “de choque” a la “griega” (aunque sea suicidamente impracticable) hace falta una mayoría parlamentaria.  En el caso de Grecia, se consiguió, a pesar de que tan sólo un 36% de los votantes optó por Syriza, por dos factores: a) 50 escaños de regalo al vencedor de las elecciones, y b) el apoyo de un partido populista de extrema derecha (para dar más coherencia al asunto).  Pues bien, en España, genere más votos una opción u otra, prácticamente nadie se sitúa en posición de poder realizar “políticas de choque” anti sistema.  En Barcelona, 11 concejales de 41… ¿Dónde estriba el poder municipal para las grandes decisiones? En el pleno.  Con estas mayorías minoritarias o minorías absolutas la capacidad de acción populista es mínima. 

Quinto, cualquier política de gasto incremental debería llevar pareja una de ingresos. En Holanda, los partidos que quieran prometer medidas de gastos están obligados a explicar cómo las financiarán, y la autoridad fiscal independiente ha de avalar que los números son factibles.  En España, no hemos alcanzado esa madurez, y mientras no lo hagamos, debemos todos tener presente una desagradable verdad, que la diferencia la pagan los más humildes e indefensos: nuestros hijos, mediante la deuda acumulada y creciente como consecuencia de históricos déficit fiscales de los que han sido muy responsables los principales partidos políticos.  Son, precisamente, los niños los que no han tenido oportunidad de votar, pero pagarán las deudas.  El sistema político se lo ha venido agradeciendo con un marco laboral que protegía al trabajador de mediana edad con contrato fijo, y esta hipocresía se ha traducido en desempleos juveniles superiores al 50% y remuneraciones ultradeprimidas, para así compensar los enormes costes laborales de los trabajadores más aventajados por la edad.  Que no nos extrañe si los jóvenes repudian el sistema. Hay que atajar las causas.

Las recientes elecciones regionales y locales españolas han significado un enorme revulsivo a la forma de hacer política en nuestro país, y eso puede que sea bueno. La ilusión por la política ha vuelto a permear las calles.  Sin embargo, la clave para recuperar la credibilidad radica en la capacidad para decir la verdad, y la verdad es que muchos de los planteamientos esgrimidos son irrealizables.   

La política es el arte de lo posible, y lo posible está expuesto en los cinco parámetros analizados en este artículo.

 

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