Recetas europeas

José María de Areilza. Profesor. European Union Law. Instituto de Empresa

23 Junio 2004

Una manifestación más del debate público europeo es la elevada abstención en las recientes elecciones. El proceso de integración sigue siendo elitista, pero al fin presta atención a las inquietudes de los ciudadanos sobre su significado profundo.

Este debate tiene silencios incómodos, expresados por ejempo no acudiendo a las urnas y también preguntas difíciles de responder cómo ¿con qué autoridad hace eso Bruselas? ¿en nombre de quién legisla? ¿por qué tomar esas decisiones desde las instituciones comunitarias y no desde las capitales nacionales o regionales o no dejarlas a la auto-regulación de la sociedad?

Son todas ellas cuestiones de tipo constitucional, que requieren respuestas específicas europeas, es decir, adaptadas a una realidad social diversa, basada en lealtades múltiples y soberanías compartidas. No sirve de nada criticar de modo voluntarista la integración porque de ella no surja un Estado unitario o una Federación, como tampoco es útil negar en tono euro-escéptico que necesitamos reforzar la legitimidad europea construyendo una identidad común, compatible con las identidades nacionales y regionales y por supuesto no formulada en contra de otras realidades exteriores, por ejemplo, EEUU o el Islam.

Entresijos y resultados

Sin embargo, tras las elecciones europeas la solución recetada para legitimar mejor la Unión por el pensamiento políticamente correcto es volcarse en explicar sus entresijos y resultados, apelando a la vacia consigna de “acercar Europa a los ciudadanos”. Esta opción por el marketing y la propaganda es parte del problema, ya que trata a los ciudadanos como consumidores pasivos y meros beneficiarios de los efectos de la integración. Un mensaje político en el que todo son derechos, ventajas y subvenciones y no hay deberes, costes ni impuestos por ningún lado produce desconfianza. En el fondo, lo que les gustaria a algunos mandarines es que no existiese la ciudadania o poder cambiarla por otra mas adecudada: se trata del deseo oculto de todo déspota ilustrado, fabricar un pueblo a la medida. Debemos hacer lo contrario: respetar los silencios, estimular los debates y encauzar las protestas para que los ciudadanos se sientan dueños de Europa y la configuren a su imagen y semejanza.

La Constitución en ciernes en ningún caso será la piedra filosofal que resuelva todos los problemas. De hecho puede aumentar el elitismo bruselense, porque no responde a una demanda social clara, y empeorar la representación en el Consejo de países como España y Polonia, sólo para favorecer el control permanente de las decisiones por Francia y Alemania. Pero la nueva Carta Magna también puede ser útil a través de sus posibilidades interpretativas para estimular el debate, la crítica y la confrontación de ideas sobre Europa. Su ratificación por los 25 Estados miembros –y no tanto su adopción en pocos días- será una buena noticia democrática, igual que lo puede ser la no ratificación dentro de unos años por la decisión igualmente democrática de uno o más Estados.

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