Reflexiones tras la victoria de Trump

Ignacio de la Torre. Profesor. IE Business School

30 Noviembre 2016

La reciente victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales de Estados Unidos no ha dejado indiferente a nadie. Pero, ¿qué América recibe el nuevo inquilino de la Casa Blanca?

Primero: Estos Unidos recuperó hace tiempo el nivel de producción anterior a la recesión (en términos per cápita, es hoy un 4% superior).  Sin embargo, como es habitual en los periodos que siguen a una crisis, la desigualdad ha subido, algo que ha tenido su importancia electoral. Esta tendencia parece haber tocado techo en 2015, y la renta de las familias comienza a mejorar con fuerza (5%, la mayor subida desde 1967). La economía americana, tras un débil crecimiento en el primer trimestre, ha remontado el vuelo en el segundo, y mantendrá un crecimiento cercano al 2% en 2017.

Segundo: Poco a poco, Estados Unidos ha reducido el déficit público (no así la deuda, que sigue siendo elevada). Trump y Clinton coincidían en algo: apuestan por gastar más dinero público en infraestructuras. Clinton cifró el estímulo en un 1% de PIB, y Trump le replicó que cuadriplicaría esa cifra. De una forma u otra, veremos más estímulos fiscales, ya que la mayoría del Congreso aprobará dichas medidas (posiblemente en un tamaño más cercano a las cifras de Clinton), lo que supondrá una mayor oferta de bonos, algo que hará caer su precio, haciendo subir los tipos de interés de largo plazo. Esto podría incrementar la inestabilidad financiera.

Tercero: Estados Unidos comienza a ver cómo la inflación sube. La subyacente se sitúa ya entre el 1,7% y el 2,3%, en función de qué indicador se mire. Como dos tercios de los costes de las empresas son los laborales, y estos se elevan a medida que el desempleo desaparece (el último dato apunta a una subida de sueldos por hora trabajada de un 2,7%), la inflación seguirá creciendo, por lo que la Reserva Federal (FED) tendrá que actuar, con independencia del color político de la presidencia. Habrá, en mi opinión, subida de tipos en diciembre, y el tono de la FED será cada vez menos moderado, apuntando a subidas más elevadas de las que espera el mercado en 2017, lo que también generará riesgo de inestabilidad financiera.

Cuarto: la retórica proteccionista de Trump se ha centrado en la unión arancelaria con México y Canadá, así como con ciertos productos chinos. El presidente no puede revisar unilateralmente tratados aprobados por el Congreso, y los legisladores republicanos han sido tradicionalmente favorables al libre comercio. En cualquier caso, la retórica proteccionista puede debilitar las divisas de los países emergentes con más exposición a Estados Unidos.

Quinto: Trump ve con buenos ojos un dólar débil que estimule las exportaciones, algo acorde con su deseo de subastar más bonos para invertir en infraestructuras. Las consecuencias negativas asociadas a este “deseo” son dos: a) un dólar débil puede importar más inflación en un momento peligroso, ya que la inflación doméstica, como hemos visto, está subiendo, y b) los acreedores de Estados Unidos, especialmente los países que poseen enormes cantidades de bonos tesoro, como China, Japón o los estados del Golfo, podrían variar la composición de sus reservas estratégicas, favoreciendo al yen o al euro.

La globalización ha supuesto la mayor erradicación de pobreza de la historia de la humanidad.  Aproximadamente, ochenta millones de personas han dejado de ser pobres al año durante los últimos veinte. La cara negativa es que el poder negociador de las empresas ha mejorado frente a segmentos importantes de empleados de los países occidentales. Este factor explica por qué ha subido el peso de los beneficios en la economía de Estados Unidos, bajando el de los salarios, fenómeno que inicia ahora una fase de inversión, y explica también el resultado de las elecciones a la Casa Blanca. Con todo, también la gente que ha visto hasta ahora esta competencia se ha beneficiado del aumento de poder de compra que supone el poder adquirir bienes más baratos como consecuencia de la globalización.

Los problemas que afrontan muchos votantes son complejos, no sencillos, pero el ser humano anhela la sencillez. Muchos electores han expresado su frustración votando a Trump. La esencial del populismo supone exponer soluciones muy sencillas para males muy complejos, algo atractivo para un votante, que obvia a los políticos que exponen verdades dolorosas. Esto ya lo hemos vivido. Tras el ‘crash’ de 1929 se adoptó una solución “sencilla”: subir los aranceles y defender el proteccionismo en Estados Unidos. ¿Resultado? El paro llegó a su máximo histórico del 36%. Los más vulnerables fueron los que peor lo pasaron. Así, la historia nos enseña que cuando llega al gobierno el populismo (y como siempre he defendido, casi todos los partidos políticos tienen una dosis de populismo) tiene que hacer frente a la complejidad de dichos problemas; las soluciones mágicas dejan de funcionar, lo que genera una enorme desilusión entre los votantes, como bien sabemos en Europa.

En unos meses afrontaremos el peso de esta íntima contradicción en Estados Unidos.

 

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