Syriza no puede

Ignacio de la Torre. Profesor. IE Business School

16 Julio 2015

La Tragedia griega es la historia de un gran bulo escrita por el país mediterráneo y por sus acreedores para escapar de su destino. Pero ha llegado el momento de enfrentarse a la verdad.

En un pasaje memorable de “Todo un hombre”, Tom Wolf esboza una escena de finales de los 70 en la que un promotor inmobiliario, antaño exitoso, procede a reunir a su equipo con unos banqueros a los que adeudaba grandes sumas de dinero.  Su proyecto estrella, una gran torre de oficinas a las afuera de la ciudad, había fracasado.  Mientras acudía a la reunión en su jet corporativo, su equipo prepara una serie de diapositivas sobre cambios en la estrategia y plantea nuevas proyecciones para así conseguir más tiempo por parte del banco.  Como este encuentro no era el primero, y en sucesivas ocasiones la promotora había ido posponiendo los pagos de la deuda alegando que se retrasaba la ocupación del edificio estrella, en la reunión llega un momento en la que el banquero anuncia que el juego se ha terminado, conminando al promotor a vender su jet, sus coches de lujo, sus fincas y demás, para honrar la deuda, esgrimiendo un dicho de Georgia: “money talks, bullshit walks”, algo así como “el dinero habla, y los bulos se largan”.

Lamentablemente, la trágica situación griega es consecuencia una serie de bulos.  Así, la cifra de deuda helena era un bulo, ya que fue sucesivamente prostituida mediante el uso descarado de derivados. Hablando de prostitución, el Gobierno griego pasó a computarla como parte del PIB en 2006, aumentando la economía un 18% de la noche a la mañana, y reduciendo así la deuda y el déficit como porcentaje del PIB (medida que han emulado el resto de los países europeos más recientemente).

Es un bulo que Grecia fuera el primer país rescatado tras la crisis, en realidad fue Alemania, y en menor medida Francia, cuando el BCE (Banco Central Europeo) lanzó una oferta para comprar, con tan sólo un 15% de descuento, las enormes carteras de bonos griegos que poseían los bancos y cajas alemanes y franceses que valían mucho menos.  Esta medida previno un cataclismo financiero en la banca europea, pero en la práctica supuso transformar una pérdida 100% privada y alemana en una pérdida pública y europea (Alemania pesa un 29% en el BCE). 

Grecia mantuvo todo tipo de bulos sobre la aplicación de su plan de ajuste.  Es un bulo que Syriza sea el único partido populista en Grecia. Conservadores (Nueva Democracia) y socialistas (PASOK) dejaron el país arrasado. El PASOK tuvo que implementar el primer plan de ajuste, al que se opuso Nueva Democracia, y cuando cayó el PASOK y gobernó Nueva Democracia, este partido pasó a abanderar el plan que antes criticaba, mostrando su total desfachatez a pesar de las trágicas circunstancias que vivía su patria. 

Por último, es un bulo actuar pensando que dando más droga a un drogadicto la situación mejora. La Troika planteó erróneamente un sistema en el que se otorgaban nuevos créditos para pagar los antiguos, en un contexto de hundimiento del PIB (más de un 20%), provocando una situación en la que una parte de la deuda pública no podía ser pagada, pero se ha fingido lo contrario.

Como decía el griego Heródoto, los persas educaban a sus hijos en dos máximas “no mentir” y “no incurrir en deudas, porque el que lo hace, acaba mintiendo”.  Han pasado 2.500 años desde que Heródoto escribió esto en sus “Historias”, pero no se ha aprehendido ni aprendido la lección.  

Hoy, el populismo perpetuado a través de Syriza ha llegado a su particular momento “Minsky”, aquél en el que cambia el ciclo de crédito ante un mensaje similar al de Georgia. Syriza planteó un contradictorio programa basado en la permanencia en el euro, pero con el rechazo al plan de ajuste para asegurar la viabilidad de su economía integrada en la unión monetaria.  El votante griego ratificó este plan de “Alicia en el país de las maravillas” rubricando su contradicción en inicio y confiando en que “Syriza puede”.  

La realidad es que no puede.  

No puede por las mentiras acumuladas durante décadas, por ellos y por sus predecesores. No puede porque con ratios de deuda pública superiores al 150% no queda margen de maniobra para la acción política populista.  No puede porque el ser humano, en su expresión individual o colectiva, ha de afrontar una verdad: la de que no es propio salir de un abismo acusando siempre a un tercero de tus problemas, y que no es posible arreglar un problema sin reconocer los errores propios.  En palabras del Conde León Tolstoi “todos piensan en cambiar el mundo, muy pocos en cambiarse a sí mismos”, o de Epicteto “el ignorante no espera de sí mismo su bien ni su mal, sino de los otros”.

Una Grecia que votara “no” y saliera de la zona euro estaría a expensas de un sistema político y económico más que cuestionable.  Se dispararía la inflación, que conviviría con un desempleo intolerable (en Grecia trabaja mucho menos de un tercio de la población, lo que hace insostenible al sistema).  De esta suma se deduce el  “índice de miseria”, que afecta especialmente a los más humildes, y que se mantendría muy elevado durante mucho tiempo, cortesía de no tener en cuenta a Tolstoi ni a Heródoto.

Tras la guerra de la Independencia de Estados Unidos, el Congreso debatió un impago de la deuda como forma de salir de su muy apretada situación fiscal. En el apasionado debate, se concluyó que el honor de una nación estribaba en hacer frente a sus compromisos, de dicho compromiso, el crédito de dicha nación a futuro. Como crédito viene de “credere”, Estados Unidos se ha beneficiado durante siglos de muy bajos tipos de interés, lo que ha redundado en un sistema capaz de generar trabajo (desempleo al 5%), baja inflación (1%, resultando en un “índice de miseria” que suma inflación y desempleo de un 6%) y bienestar (PIB per capita de 50.000 euros).

A su vez, el Congreso argentino, cuando declaró la quiebra de 2001 y la repesificación de la economía, prorrumpió en un aplauso. Hoy en día, Argentina presenta un índice de miseria de cerca de un 30%, con un PIB per capital de 12.000 euros.  A su vez, Grecia presentaba, por ejemplo, en 2004, un PIB per capita de 21.000 euros y un índice de miseria de un 14%, y en 2015, una renta de 16.300 euros y una miseria del 22%, indicadores, antes y después de la crisis, siempre mejores a los que mantenía antes de su entrada en el euro.

Queda por ver cómo reaccionará el parlamento griego en los próximos meses, si con aplausos o con honor.  

Las consecuencias de una u otra actitud son más que evidentes.

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