A vueltas con la desigualdad

Ignacio de la Torre. Profesor. IE Business School

31 Marzo 2014

La desigualdad no se arregla con soflamas políticas, sino en elevando el poder adquisitivo de los menos favorecidos, igualando hacia arriba, no hacia abajo.

En el reciente Debate sobre el Estado de la Nación en Estados Unidos, el presidente Barack Obama mencionó prolíficamente el incremento de la desigualdad como uno de los mayores retos económicos afrontados por su país.  En general, dicho incremento de la desigualdad no es un fenómeno sólo de  EEUU, sino  que afecta a un gran número de países de occidente.  En el caso de España, fue precisamente bajo el segundo mandato del Partido Socialista cuando la desigualdad aumentó más, reflejando la ironía y la inutilidad de muchos programas políticos.

Dado que la desigualdad inflama pasiones y también el interés académico, intentemos primero fijar una serie de elementos objetivos sobre la misma, para luego abrir el debate mediante una serie de proposiciones.

Primero, aunque hay muchas formas de evaluar la desigualdad, los economistas tienden a utilizar el “coeficiente de Gini” para medirla. Dicho coeficiente mide la desigualdad en ingresos, donde un cero representa la igualdad absoluta, y un uno, la desigualdad absoluta.

Segundo, en general, se miden ingresos antes de impuestos, por lo que ante un sistema fiscal progresivo, donde los que más ganan, en teoría, más impuestos pagan, los ingresos netos de impuestos marcarían coeficientes de Gini diferentes a los correspondientes a los ingresos brutos. Así, EEUU muestra una desigualdad mucho menor si se observan rentas netas de impuestos.

Tercero, se puede medir la desigualdad en la distribución de la riqueza, en lugar de evaluar la desigualdad en la renta. Por ejemplo en el siglo XIX la burguesía incrementaba cada vez más sus rentas y la aristocracia la riqueza. En general, los países en los que existe una enorme desigualdad en la riqueza tienden a presentar situaciones geopolíticas más inestables. También existe consenso en que un país con mayor desigualdad de riqueza tiende a crecer menos que un país con mayor desigualdad de renta.

Cuarto, la desigualdad es un concepto relativo dentro de la misma nación. Así, si en un país 100 ciudadanos ganaran entre 100.000 y 200.000 euros, y un ciudadano ganara 99.000 euros, éste último aparecería como el “pobre”.  Esto lleva a plantear la desigualdad en términos relativos y en términos absolutos.  Si en este imaginario país 25 de los primeros habitantes pasaran a ganar 500.000 euros, la desigualdad de ingresos habría aumentado, sin embargo, la renta de los más “desfavorecidos” seguiría siendo la misma. Por lo tanto la capacidad de compra de estos últimos se mantiene.

Quinto, los estudios sobre la felicidad humana demuestran que estamos programados para la llamada “carrera de ratas,” en la que una persona acaba prefiriendo ganar un sueldo de 50.000 euros, si el resto de sus comparables gana 25.000, a la opción de ganar 100.000 euros, si el resto de sus compañeros gana 200.000. Es decir, que una persona con una renta absoluta menor se siente más feliz si la compara con “semejantes” con rentas aún inferiores. Este proceso psicológico es, sin duda, la mayor causa de infelicidad, ya que el ser humano pronto tiende a compararse con el que tiene o gana más, y el deseo y la comparación con el que tiene o gana más acaba llevando a la insatisfacción perpetua.

Sexto, el aumento de la desigualdad en occidente está provocado por la globalización, que ha promovido la competencia entre trabajadores de todo el mundo, lo que ha deflactado los salarios de los trabajadores menos cualificados. La crisis económica que arrastramos desde 2008 ha aumentado dicha desigualdad, ya que en épocas de recesión la desigualdad tiende a aumentar y viceversa.  Este proceso sienta la base de una acción política populista.

Sobre estas premisas, es interesante debatir posibles alternativas de acción.

Primera, la persecución de la igualdad absoluta como criterio político puede no tener ningún sentido económico y filosófico. Ejemplos como el de Cuba muestran que la igualdad en la pobreza no es un objetivo compatible con la aspiración de felicidad humana, felicidad que se basa en parámetros como un mínimo de renta vital, y la libertad política.

Segunda, sentando la base de que hay que generar crecimiento económico, que es lo que genera la renta per capita, es cierto que entre los países afluentes, los países con menores niveles de desigualdad tienden a crecer más que aquellos donde se generan grandes niveles de desigualdad, con alguna excepción.  A su vez, la desigualdad en bienes es más perniciosa para el crecimiento que la desigualdad en rentas, ya que ésta última favorece más la movilidad social mediante el ascenso de los emprendedores.

Para lograr generar oportunidades de progreso basadas en el mérito, hay que construir instituciones fuertes, como bien se analiza en el libro Why Nations Fail.  Por otro lado, en los países emergentes fijarse solamente en el crecimiento del PIB es un grave error para evaluar el éxito de dicho país. Egipto creció los últimos años de Mubarak a niveles superiores al 6%, pero dicho crecimiento no propició la aparición de una clase media, sino que una parte importante del crecimiento iba a parar a la cleptocracia. Por lo tanto, dicha supuesta bonanza provocó un aumento del riesgo geopolítico.

Tercera, la mejor forma de combatir la desigualdad no estriba en fiscalidades confiscatorias, ni en soflamas políticas, sino en elevar el poder adquisitivo de los menos favorecidos (igualando hacia arriba, no hacia abajo).  Esto se consigue con una combinación de políticas: i) reformas estructurales que generen crecimiento económico, ii) fomento de la productividad del trabajo como elemento substancial para elevar los ingresos per capita sin amenazar la competitividad de un país, y como elementos necesarios al primero y al segundo, iii) una educación de primer nivel para así asegurar un futuro exitoso a los más jóvenes, ya que la educación de calidad está íntimamente relacionada con crecimiento y productividad.

A la luz de la historia reciente, muchas democracias occidentales, tanto de un color político como del otro, han fracasado estrepitosamente en implementar medidas para “igualar hacia arriba”. El destrozo de la educación en muchos países de occidente es probablemente la herencia más vergonzosa sobre la que nos culparán muchos de nuestros descendientes. El motivo no es otro que los incentivos: las medidas buenas tardan muchos años en generar sus frutos, y el incentivo de la clase política reside en sus próximas elecciones. 

Al final, como muchas otras veces, será la Historia la que juzgue tanta incompetencia de los elegidos, así como la complacencia de los electores.

Último vídeo

Martha Thorne valora el fallo del Premio Pritzker 2017

See video
Síguenos en
IE Focus Newsletter
Agenda IE
Most read
IE Business School | María de Molina 11, 28006 Madrid | Tel. +34 91 568 96 00 | e-mail: info@ie.edu

Contacto

IE Business School

María de Molina, 11. 28006 Madrid

Tel. +34 915 689 600

info@ie.edu