Atrévete a pensar

Arantza de Areilza. Decana Humanidades. IE Business School

30 Junio 2015

Escrito el 25 de marzo de 2015

Las Humanidades ayudan a desarrollar la razón crítica, a ejercitar la imaginación, a comprender mejor el mundo y a disfrutar de un espíritu crítico acuñado en el “Atrévete a pensar”.

Hace unos días, releía la famosa novela de William Golding “El Señor de las moscas” y recordaba algunas de las ideas que me empujaron a proponer lo que luego se convertiría en el primer programa de Humanidades en una escuela de negocios.

La novela de Golding narra la historia de un grupo de jóvenes que, tras un accidente aéreo, se encuentra aislado, en una isla desierta, donde se ve forzado a crear un orden de convivencia social. Esta alegoría trata el conflicto entre los impulsos civilizadores y la voluntad de poder, entre el grupo y el individuo.

La conquista de la justicia y la libertad han sido ideas permanentes a la largo de la historia de la humanidad. El hombre ha ido conquistado parcelas de libertad, ganadas a distintas formas de intolerancia e injusticia según las épocas. Hoy en día, creencias tan valiosas como la igualdad moral de los hombres, la igualdad de oportunidades o la igualdad ante la justicia son globalmente aceptadas y compartidas. Sin embargo, muchas de estas ideas y creencias que explican nuestro mundo, y que nos permitieron llegar hasta aquí, están poco presentes en la enseñanza del siglo XXI. ¿Hemos olvidado nuestro propio legado histórico? ¿No son acaso las Humanidades la disciplina que recoge el legado del hombre en su vertiente histórica, filosófica, artística, y en definitiva, civilizadora?

El filósofo polaco Zigmunt Bauman nos alerta de cómo, en los últimos cuarenta años, el orden de funcionamiento del mundo y su concepción ha ido variando de un cambio de instituciones y personas “sólidas”, características de la Modernidad, hacia otras cada vez más “líquidas”, propias de nuestro presente, en donde las pautas y configuraciones de actuación y comprensión acerca del mundo y de nosotros mismos ya no están determinadas.

En este mundo efímero, de incertidumbre y cambios acelerados, carente de grandes discursos o ideologías que integren las distintas esferas de nuestras vidas, el hombre se encuentra con escasos códigos y conductas por las que guiarse. El hombre contemporáneo necesita, a mi juicio, más que nunca, conocer quién es y cuáles fueron las grandes ideas que conformaron las civilizaciones y las culturas que conviven en el planeta globalizado, así como aprender a desarrollar un pensamiento propio que le guíe en sus elecciones, le proteja de gregarismos y preserve su libertad.

El conocimiento humanista nos ayuda a comprender mejor a nuestros semejantes y la diversidad de sus expresiones culturales que, a menudo, explican la toma de decisiones en ámbitos más allá del privado, como son los políticos, económicos o empresariales, en uno u otro sentido. Aprender a mirar a los otros es un primer paso para llevarse bien con el mundo. Las disciplinas humanistas son una vía importante para aprender a desarrollar esa razón crítica, a ejercitar la imaginación, a comprender mejor el mundo que nos rodea y a disfrutar de un espíritu crítico acuñado en el “Atrévete a pensar”.

El ser humano no debe perder la esperanza de encontrar sentido al mundo. Por eso, la educación debería ir más allá del fomento de las habilidades técnicas y de la formación centrada en el trabajo, y preparar ciudadanos que deseen recuperar el espacio público de diálogo y sus derechos democráticos. Ciudadanos de pensamiento libre, personas situadas en su presente y conscientes de sus recursos para alterarlo y mejorarlo. Una persona ignorante del mundo en el que vive es incapaz de controlar, no ya las circunstancias en donde actúa, sino su propio futuro.

Conocer el mundo a través de su historia, sus culturas, sus lenguas o sus expresiones artísticas nos harán perder el miedo a los cambios acelerados de nuestro tiempo, y nos permitirán priorizar la libertad frente a la permanencia, de modo que esa libertad posibilite, como decía Sartre, que el Hombre se dé a sí mismo su esencia.

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