Choque de modelos

Cristina Simón. Profesora del Instituto de Empresa

23 Octubre 2003

La tradicional relación de lealtad entre empleado y empresa se ha visto alterada en Europa por la precariedad del mercado laboral. Parece que ha llegado el momento de redefinir y equilibrar la relación.

Una de las muchas ventajas de ser profesor en una escuela de negocios es el hecho de que cada ciclo académico ofrece la oportunidad de analizar la forma de ver el mundo de una nueva generación de profesionales. Como me comentaba un día una colega, “en cada curso tú tienes un año más, pero ellos nunca envejecen”. Este hecho nos convierte en observadores privilegiados de la evolución de los modelos con los que los profesionales valoran el entorno empresarial que les rodea.

Mucho me temo que el panorama actual no es muy alentador. Los alumnos contemplan la relación con sus empresas desde el escepticismo y la decepción. Preocupa el tono amargo de los comentarios, dado que se refiere a un ámbito, el laboral, que ocupa casi la mitad de nuestro tiempo.

¿Qué está ocurriendo? ¿Estamos los empleados condenados a mantener una mala relación con nuestro entorno profesional? La dureza del mercado laboral sin duda, ejerce un efecto negativo en nuestra percepción: si no hay otras oportunidades a la vista, muchos empleados se sienten rehenes de las compañías, que proyectan la sombra de los despidos y las reducciones en prestaciones para protegerse de cambios aún más agresivos del mercado.

De hecho, tal como señala Cascio (2002), las últimas oleadas de despidos no responden a reveses reales en el rendimiento financiero de las empresas, sino a un intento de generar expectativas positivas para mantener la confianza del mercado. Lo que se queda por el camino es la confianza del empleado, que se ve a sí mismo como un recurso prescindible en primera instancia, como medida de previsión. Determinismo, al fin y al cabo: nuestro destino profesional no está en nuestras manos.

Los análisis demográficos nos traen buenas noticias en este sentido. Un estudio realizado el pasado año por Watson Wyatt, poniendo en relación la evolución demográfica de nuestro país con las condiciones del mercado de trabajo, afirma que en el 2007 se producirá una situación de pleno empleo, debido a la llegada al primer empleo de la generación en la que se produjo la gran caída de la natalidad.

Sin embargo, a pesar de estos aspectos, persiste un problema de fondo que puede mantener esta sensación de malestar con la empresa aún cuando el ciclo económico y el mercado laboral mejoren. Este problema surge de la tradicional visión que, en nuestra cultura, hemos tenido sobre qué debemos recibir como empleados y lo que las empresas se encuentran en situación de ofrecer realmente en la actualidad. Los profesionales esperamos, en primera instancia, una estabilidad que nos permita vincularnos a largo plazo a la empresa. Cualquier indicio de flexibilización en las contrataciones, o de desvinculación de una parte de sus profesionales, se interpreta como una traición a la lealtad que los empleados depositan en la organización. Es la búsqueda de la continuidad que hemos vivido en Europa durante largo tiempo: la empresa mantiene un compromiso, más o menos implícito de estabilidad, y el empleado no se plantea una salida a no ser que se produzca un conflicto interno que la justifique.

[*D El empleado norteamericano define la lealtad hacia la empresa desde una óptica muy distinta al europeo *]

Comparemos esta situación con la del mercado laboral norteamericano, líder de los procesos de globalización y referente por tanto, en nuestras previsiones de futuro. El dato de partida es importante: las estadísticas señalan que todo trabajador es despedido al menos una vez a lo largo de su vida profesional. ¿Cómo se aborda la carrera profesional desde esta perspectiva? Obviamente, el empleado norteamericano no puede definir la lealtad desde los mismos parámetros. Su visión de la permanencia en la empresa pasa por adquirir la experiencia y los conocimientos que mejor le preparen para, su más que posible, salida de nuevo al mercado.

Por otra parte, el profesional también busca activamente otras oportunidades de empleo, está pendiente de alternativas, sobre todo en sus años de mayor empleabilidad. La pérdida del puesto de trabajo está acompañada de una fuerte carga de estrés, pero no tiene una connotación social ni emocional tan enfáticamente negativa como en nuestro entorno.

No está claro que Europa termine arrojando las mismas estadísticas que EEUU, al menos en el medio plazo. En cualquier caso, el enfoque del empleado en su relación con la empresa parece digno de considerarse si perseguimos una visión más serena y equilibrada de nuestra vida. Es evidente que la lealtad mutua va a perder cada vez más vigor como principio de la relación empleado-empresa. Pero esto no debería generar en los profesionales una perspectiva amarga. Simplemente, debemos separar el criterio de éxito profesional de la permanencia y el ascenso jerárquico regular en una organización. El nuevo enfoque contempla personas que persiguen su desarrollo permanente, parte del cual quizá sólo se obtenga en ciclos de desempeño en diferentes compañías.

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