El último viaje

Miguel Herrero de Jaúregui. Profesor. IE School of Arts & Humanities

2 Julio 2009

La victoria sobre la muerte es una constante de todo gran poeta o narrador. Desde los antiguos griegos hasta hoy, el viaje a los infiernos es un motor de la literatura universal.

Mi mujer me ha puesto una condición para volver conmigo al teatro. Que me calle durante la función y le deje escuchar tranquila a los actores. No sólo eso, sino también que me guarde para después de la representación los comentarios pedantesco-filológicos tipo: "habrás notado que eso es una referencia al mito de Faetonte". Como en aras de la paz conyugal uno debe hacer inmensos sacrificios, el otro día fuimos a ver La estrella de Sevilla y no dije nada. Así que ahora me desahogo escribiendo estas líneas con ustedes, que llevaban largo tiempo (al contrario que mi mujer) sin sufrir mis filologeces.

[*D El descenso al mundo de los muertos, la katábasis griega, es tres milenios anterior a Cristo, y sin embargo, sigue siendo uno de los recursos favoritos de los narradores. *]

No voy a entrar en si la obra es, o no, de Lope, y voy a centrarme en una escena de la parte final, cuando Sancho Ortiz se cree ya en el infierno. Es increíble cómo se puede conseguir una escena tan lograda y densa con una imagen tan antigua. Pero así es. El descenso al mundo de los muertos, la katábasis griega, es tan vieja como la literatura del Antiguo Oriente, tres milenios anterior a Cristo, y sin embargo, sigue siendo uno de los recursos favoritos de los narradores (recuerdo ahora la película Desmontando a Harry, de Woody Allen). Se discute si en una primera versión el mito tenía final feliz, pero no hay pruebas de ello, en cambio, el final trágico ha sido una buena fuente de poemas, cuadros y óperas: recordemos aquí algunos.

La primera katábasis que conservamos es la de Ulises, que en la Odisea va al Hades dos veces para conocer su destino. Homero recoge y perfecciona así una tradición anterior, porque el viaje al mundo de los muertos no es sino el viaje heroico supremo, el más difícil. Ya el último trabajo de Hércules era nada menos que traerse al Can Cerbero, el perro de tres cabezas que guarda los infiernos. Una vuelta exitosa del Hades, o sea, una victoria sobre la muerte, sólo es para unos pocos elegidos. Otros, como Teseo y Pirítoo, que bajaban a raptar a la mujer de Hades, Perséfone, fracasaron en su empeño y se quedaron abajo para siempre.

También Orfeo bajó al Hades a buscar a Eurídice, y por mirarla antes de tiempo la pierde por segunda y definitiva vez. Eneas en el canto VI de la Eneida es otro gran ejemplo del descenso antiguo y, como siempre, la bajada al mundo de los muertos trae conocimientos sobre el de los vivos: allí oye el pío troyano el futuro de Roma. Virgilio no podía ser el mejor poeta sin superar a Homero.

[*D Las innúmeras visiones del infierno de los escritores cristianos son herederas de las katábasis antiguas: Quien baja y vuelve, ya no vuelve igual. *]

La geografía del Hades antiguo es siempre imprecisa, como corresponde al "país no descubierto, de cuya frontera ningún viajero vuelve". Pero algunos elementos son constantes: una frontera de agua (el Aqueronte, la Estigia), muchos vericuetos que amenazan perder al viajero, un guía (Hermes, Caronte), monstruos infernales, prados para los bienaventurados, lugares terribles de tormento para los condenados, y muchos lugares intermedios con difuntos de destinos diversos. De la espeleología a la escatología hay sólo un pequeño paso, la muerte.

Como el cristianismo colocó el paraíso de los bienaventurados en el cielo, el descenso al mundo subterráneo quedó para los condenados. Pero las innúmeras visiones del infierno de los escritores cristianos son herederas de las katábasis antiguas. Igual que hacía Aristófanes en sus comedias o Platón en sus mitos, los cristianos usan la tradición poética del viaje al Hades para transformar a sus personajes con una visión del Más Allá. Quien baja y vuelve, ya no vuelve igual.

Y los poetas modernos siguen jugando con esta imagen en la que se ve claro cómo se trenzan las hebras de Atenas, Roma y Jerusalén: Virgilio guía a Dante por su visita al Allende. La metáfora conceptual de la muerte como camino que continúa el de la vida es el fundamento de una imagen milenaria: "Nel mezzo del cammin di nostra vita / mi ritrovai per una selva oscura, che la diritta via era smarrita. E quanto a dir qual´ era, è cosa dura / questa selva selvaggia e aspra e forte / che nel pensier rinnuova la paura! / Tanto è amara che poco è più morte". Todos reconocerán estos versos de La Divina Comedia mil años después, y el propio Gilgamesh, ese personaje legendario de la mitología mesopotámica, bien provisto de un diccionario sumerio-toscano, habría sabido 4.000 años antes a qué se referían.

[*D Va en la sangre de todo gran poeta hacer bajar a su héroe al Hades y ser un nuevo Homero, y conocer en el Más Allá los secretos del Acá. *]

De El estudiante de Salamanca, de Espronceda, a El maestro y Margarita de Bulgákov, por poner dos ejemplos fáciles, la katábasis aparece una y otra vez, porque se basa en una imagen de la muerte como viaje que no deja de ofrecer posibilidades narrativas a cualquier poeta épico, o a sus herederos novelistas (por ejemplo, El corazón de tiniebla, de Conrad, y claro es, Apocalypse Now). Más aún, diría que va en la sangre de todo gran poeta hacer bajar a su héroe al Hades y ser un nuevo Homero, y conocer en el Más Allá los secretos del Acá.

De todo esto se libró mi mujer en el teatro el otro día. Pero en el camino de vuelta se lo dejó contar, y supongo que me escuchaba, aunque no la miré mientras hablaba, por si acaso. Pensé que ése fue el error de Orfeo, mirar a su mujer para comprobar si le estaba escuchando.

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