El Brexit y la decadencia británica

Manuel Lucena. Profesor Humanidades. IE

15 Septiembre 2016

Ni dos guerras mundiales, ni la pérdida del imperio, ni tensiones sociales y étnicas habían alterado el carácter reformista y moderado de la administración británica. Hasta ahora

En uno de sus libros más interesantes, “Anglomanía”, el historiador Ian Buruma estudió la fascinación hacia Gran Bretaña que ha padecido buena parte de las élites continentales europeas desde el siglo XVII. Con no poca ironía, el autor, holandés de nacimiento, subtituló el volumen “Una historia de amor europea”. Semejante apreciación recuerda la famosa frase del viajero que, al llegar al Canal de la Mancha (para ellos, no lo olvidemos, English Channel) y observar la niebla en el horizonte, afirmó, sin dudar, que el continente se encontraba aislado.

Esta anglomanía ha venido a representar tanto un legado de los siglos pasados, en los que las aristocracias europeas y las dinastías reinantes se hallaban vinculadas mediante relaciones familiares y de linaje, como un reflejo de la formación clásica que se imponía a sus vástagos. Por supuesto, los jóvenes de la nobleza aprendían latín y griego, además de francés para la diplomacia, o esgrima y baile para departir en sociedad. Llegado cierto momento, se enfrentaban a lo que los antropólogos llaman un rito de paso, una prueba que buscaba el conocimiento del mundo y el temple del carácter.

Entre los nobles ingleses, que fueron asiduos cultivadores, este rito consistía en un viaje, el “Grand Tour”, a la Europa continental. Solía comenzar en la ciudad costera de Dover, conocida por sus blancos e impresionantes acantilados. Desde allí, cruzaban a Calais. Ese primer contacto con el exotismo del continente dejó abundantes testimonios sobre las costumbres de sus habitantes: “Qué extravagantes son los extranjeros”, proclamó uno de ellos al poco de desembarcar.

En un coche adquirido a tal efecto, se solían desplazar a París, donde tomaban lecciones de danza, equitación, esgrima, idiomas y comportamiento en sociedad, incluida la relación más o menos carnal con el bello sexo. Tomaban entonces el camino de Ginebra y los cantones suizos, cruzaban los Alpes por algún paso dificultoso que les dejaba imágenes imborrables y, tras alcanzar el norte de Italia, recorrían Florencia, Pisa, Bolonia y Venecia. Reconfortados por la contemplación de su esplendor monumental y artístico, pasaban a Roma, donde estudiaban las ruinas imperiales.

La extensión a Nápoles se convirtió en obligatoria tras el descubrimiento por el príncipe d’Elbeuf, en 1713, de los primeros vestigios de Herculano, ampliados a las grandiosidades de Pompeya gracias a las excavaciones sistemáticas promovidas por Carlos VII –futuro Carlos III de España–. La visita al Vesubio solía constituir el punto final, seguido de un lento retorno a través de Austria y el sur de Alemania, con paradas en Innsbruck, Viena, Berlín y la corte prusiana de Postdam. Sólo restaban la visita a Ámsterdam y el retorno a Gran Bretaña por el Canal para concluir una experiencia viajera que era, para muchos de sus participantes, la única de su vida.

Todas aquellas impresiones no sólo dejaban un testimonio de la grandeza pasada, sino que determinaban una visión del futuro. En especial, tras las guerras napoleónicas y la expansión imperial, en paralelo a la revolución industrial, los europeos vieron con envidia el éxito de la “Pax Britannica” y el modo de vida de las élites victorianas, que parecían dedicadas a jugar al crícket y al golf, mientras todos los negocios les salían bien. Esas imágenes originaron una admiración sin paliativos hacia lo que se consideró la base social y política de su éxito, la extraordinaria habilidad de los británicos para consolidar, mediante reformas permanentes y sin revoluciones, una monarquía parlamentaria estable.

El gran Edmund Burke expresó en 1790 su horror ante los excesos de la Revolución Francesa. Nuestro gran Jovellanos admiró su sistema político y Tocqueville consideró que el atraso de Francia frente a Gran Bretaña se explicaba, precisamente, en el bondadoso moderantismo inglés, frente al aventurerismo revolucionario, que tanto daño había hecho a su patria.

El esquema de la anglomanía llega hasta las dos guerras mundiales incólume y, de hecho, fue reforzado con el exilio de las élites y clases medias europeas que huyeron del nazismo. No hay más que darse un paseo por el centro de Londres para encontrar, a cada paso, placas conmemorativas que recuerdan la permanencia de presidentes, ministros o escritores en aquellos años terribles.

Desde comienzos del siglo XX, la anglomanía continental fue consolidada mediante el pacto británico con las élites emergentes de Estados Unidos, conformando una relación especial angloamericana. Si bien esta se manifestó de modo determinante a partir de 1941, con la entrada de la nueva potencia en la II Guerra Mundial, pronto quedó claro que el imperio británico sería una víctima más del conflicto.

En 1956, con el choque en torno al control del Canal de Suez, el presidente Eisenhower dejó claro al premier Eden que los amos del mundo eran otros. Comienza entonces una etapa en la que, dentro de la más rancia tradición británica, acomodaticia y pragmática, más que el ejercicio del poder (aunque no hay guerra en la que estén ausentes), lo que cuenta es la influencia. Muerto el imperio, es el poder blando, la influencia idiomática y cultural, el pop, la moda, el cine, lo que articula intereses y presencias de lo británico en el mundo. Con enormes ventajas, hay que decirlo. Mientras Francia procede dentro de su tradición política a gestionar su etapa posimperial mediante revoluciones peligrosas y agotadoras, como el 68, Gran Bretaña se aferra al gradualismo de lo inevitable.

El europeísmo pragmático de ministros como el conservador Edward Heath, que promovió la entrada de Reino Unido en la Comunidad Europea -confirmada por un referéndum que tuvo lugar en 1975, ganado por abrumadora mayoría-, ha sido uno de los pilares de esa continuada decadencia posimperial.

Solo en la etapa reciente el virus populista ha atacado a la propia arquitectura política multisecular de la monarquía británica. Ni dos guerras mundiales, ni la pérdida del imperio, ni tensiones sociales y étnicas habían afectado un procedimiento de administración de lo público marcado por el reformismo y la moderación. En este sentido, resulta extraordinario que un procedimiento tan discutible como el de un referéndum haya sido invocado tanto para “resolver” la tensión constitucional escocesa como para conocer el estado de la opinión pública en torno a una cuestión tan compleja como la pertenencia a las instituciones europeas.

Sin duda, hay en ello un debilitamiento de la cohesión nacional, en la medida en que el referéndum, según algunos observadores, es una cesión ante el “egoísmo londinense”. La City, el sector financiero, no está a favor de ningún tipo de regulación, y las quejas constantes contra el federalismo encubierto de Bruselas enmascaran las bondades supuestas de que no existan reglas que respetar –o impuestos que pagar–. Pero resulta llamativa la eliminación del gradualismo político, o este vértigo tan poco inglés a la hora de encarar y procesar los contornos del cambio. Quizás, como dijo el gran Joseph Priestley, vivimos tiempos en que “mentes de poca penetración permanecen de manera natural sobre la superficie de las cosas”. Incluso en Gran Bretaña.

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