El pecado capital de Volkswagen

Rafael Puyol. Vicepresidente Ejecutivo. Fundación IE

30 Noviembre 2015

El mayor daño que ha hecho el escándalo de Volkswagen es haber elevado el listón de descreimiento de la sociedad hacia las instituciones que parecían más confiables.

Probablemente, soy uno de los millones de afectados por la trampa informática de Volkswagen. Sin yo pretenderlo, es posible que mi coche polucione más un aire que todos necesitamos limpio y puro; y eso cabrea, porque soy de los que  defienden la necesidad de controlar más y mejor cualquier emisión nociva contra el medioambiente.

Tenía mi abuela una vieja asistenta, llamada Luciana, que ante el comportamiento sospechoso  de un personaje de la televisión solía exclamar: “A mí me la van a dar”, significando el convencimiento firme de que su ojo clínico sobre las acciones torticeras del actor no tenía discusión.

Me acordé de Luciana  visitando hace días una bodega en La Rioja. La guía que nos la mostraba manifestó que sus vinos procedían de sus propias cepas, todas ellas de calidad superior contrastada. Y defendía que no había mezcla con vides de otra procedencia y cualidad más discutible. A lo que una visitante objetó: “sí, sí, también Volkswagen nos decía que sus coches eran limpios y mire lo que ha sucedido”.

Esa  observación me pareció preocupante, porque expresaba una nueva  actitud de muchos ciudadanos que, ante lo sucedido con la compañía alemana, han elevado su nivel de desconfianza. Si Volkswagen, que parecía una empresa seria, nos engaña, ¿qué no harán otras firmas con una (presunta) solvencia menos acreditada?

Por ello pienso que el grupo germano no sólo se ha hecho daño a sí mismo y al valor de marca alemana y europea, si no que ha elevado el listón de descreimiento de las personas hacia las instituciones que parecían más confiables. Es como si se hubiera roto el anclaje a uno de los asideros de nuestra confianza.

De las promesas de los partidos políticos ya no nos fiábamos. De la actuación de la mayoría de las instituciones públicas ya dudábamos, pero ahora empezamos a recelar de casi todo. Volkswagen ha reavivado el “no te fíes ni de tu padre”. Y eso es malo, porque nos deja huérfanos de referencias indiscutibles en las que confiar. Una verdadera pena.

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