El PIB y la felicidad

Gayle Allard. Profesora del Instituto de Empresa

21 Noviembre 2003

¿Hay relación entre PIB y felicidad? ¿El gran crecimiento del PIB por habitante de los últimos años nos ha hecho más felices? Estudios recientes sugieren que para ser felices hay que reorientar la política económica.

Todo el mundo sabe, en el fondo, que el dinero no trae la felicidad. Sin embargo, en los últimos años, los economistas han recogido datos que demuestran que los proverbios tienen cierta base empírica. Estas investigaciones tienen implicaciones importantes para la política económica, y ponen en cuestión los objetivos que se han considerado sagrados durante casi un siglo de políticas activas de crecimiento.

¿La prosperidad económica, medida en términos de PIB por habitante, está asociada a una mayor felicidad? Investigaciones recientes demuestran que no es necesariamente así. En Estados Unidos, por ejemplo, el porcentaje de la población que se considera “muy feliz”, según las encuestas, no tiene correlación con el incremento en el PIB por habitante. De 1946 a 1956, el porcentaje de norteamericanos “muy felices” subió de manera bastante estable, pero a partir de 1956 empezó a disminuir, a pesar de los incrementos constantes de prosperidad económica. Aunque ha vuelto a incrementarse en determinados años, la tendencia general ha sido a la baja, pasando de alrededor de un 42% en 1956 a un 30% a finales de los 1990. Durante ese mismo período, el PIB por habitante ha crecido de manera espectacular.

Encuestas similares en otros países desarrollados han demostrado la misma falta de correlación entre el PIB por habitante y la felicidad. En Japón, donde también hay encuestas sobre la felicidad desde los años cincuenta, la proporción de japoneses muy felices no ha crecido a pesar de que el PIB por habitante se multiplicó por seis. Y en Europa, donde estas encuestas se hacen sólo desde los años 70, la felicidad tampoco se ha visto incrementada a pesar del “progreso” económico observado durante ese período.

Si en lugar de examinar la evolución histórica nacional se comparan distintos países en un mismo año , hay una relación que salta a la vista: la felicidad sube a la par que la renta por habitante hasta que se alcanza un PIB por habitante de aproximadamente $15,000 por año. A partir de ese nivel, la correlación entre incremento de renta e incremento de felicidad desaparece. Los países más ricos –EE.UU., Suiza, Noruega, Dinamarca y Alemania— mostraban niveles de felicidad comparables a los de Nueva Zelanda e Irlanda a finales de los 90, aunque estos últimos tenían una renta por habitante bastante menor. (Los españoles se declaraban menos felices que los ciudadanos de ese grupo de países más ricos, pero como España está aproximándose al umbral de los $15,000 --$14,860 en 2003--, es de esperar que se declaren más felices los cuando alcancen ese nivel).

[*D Considerar, casi en exclusiva, los incrementos continuos del PIB como indicador principal del éxito económico de un país es erróneo *]

Otros indicadores, además de estas encuestas, apuntan a que la prosperidad no ha traído bienestar. En EE.UU. la incidencia de depresiones se ha incrementado a la par que la renta per capita, y en algunos países también lo han hecho el suicidio y el alcoholismo. La delincuencia y la inseguridad ciudadana han aumentado desde 1950 en todos los países industrializados. El divorcio tiene una correlación positiva con el bienestar material económico. La calidad del medio ambiente se ha degradado en todos los países y, problemas como la obesidad se han disparado en los países más ricos, a pesar de los incrementos significativos que se han conseguido en el nivel general de salud de la población.

Una institución estadounidense ha intentado cuantificar varios aspectos como factores de bienestar en la vida de EE.UU. e incorporarlos a un indicador de progreso auténtico (the Genuine Progress Indicator, o GPI). Este indicador suma, al dato oficial del PIB, una estimación del valor del trabajo no remunerado en el hogar y en organizaciones voluntarias, e incrementos del tiempo libre; y resta el coste estimado del divorcio, la delincuencia y los daños al medio ambiente, entre otros. Según este indicador, Estados Unidos alcanzó su nivel de progreso “máximo” a finales de los 60, cuando el PIB por habitante rondaba los $26,000 . Desde entonces, el GPI ha permanecido estable ó incluso ha disminuido, a pesar de casi duplicarse el PIB por habitante.

Estas observaciones nos llevan a una conclusión rápida. Considerar, casi en exclusiva, los incrementos continuos del PIB como indicador principal del éxito económico de un país es erróneo. Parece bastante probable que, al perseguir con tanto afán mayor prosperidad, hemos incluso empeorado nuestro nivel de bienestar. Si añadimos a esto el hecho de que el crecimiento continuo puede no ser sostenible para el medio ambiente quizás, ha llegado el momento de replantear el enfoque de la política económica. Como John Maynard Keynes advirtió hace casi 75 años , el problema del ser humano cuando alcanzase la prosperidad iba a ser cómo utilizar esa riqueza sin precedentes para vivir de manera sabia y agradable. El gurú económico inglés Richard Layard sugirió, en tres recientes conferencias en la London School of Economics , que en vez de obsesionarse con el crecimiento económico, los gobiernos deberían intentar fijar como objetivo la mayor felicidad de la sociedad. Layard apuntaba a que este fin podría conseguirse a través de políticas encaminadas a incrementar el empleo y la satisfacción en el trabajo, y de planes que persiguieran mayor igualdad social, que fortalecieran la unidad familiar, y que contribuyeran a la salud física y mental de cada individuo.

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