La desaparición de Europa

Ignacio de la Torre. Profesor. IE Business School

1 Noviembre 2016

El aumento de la esperanza de la vida y el desplome de la natalidad están dando un nuevo sentido al  apelativo de Viejo Continente que utilizamos para referirnos a Europa.

El año pasado nacieron más niños en Nigeria que en toda Europa, a pesar de que la población nigeriana es un 65% inferior a la europea.

Aunque a este hecho me pareció una noticia impactante, apenas tuvo repercusión en los medios. Hace dos años aprendí que en Japón se habían vendido más pañales para ancianos que para niños, noticia que también pasó desapercibida. En los países desarrollados (OCDE), 2015 marcó un año histórico: por primera vez en la historia reciente el volumen de trabajadores en activo se había reducido frente al año anterior.

Otra noticia para pensar: también por primera vez desde que hay registros de Eurostat, las defunciones superan a los nacimientos. La Unión Europea observó en 2015 cómo los nacimientos llegaban a 5,1 millones de bebés (40.000 menos que el año anterior), mientras que las defunciones alcanzaban los 5,2 millones.

Nacen 10 niños por cada 1.000 residentes, con las mayores tasas de nacimientos generadas en Irlanda, Francia, Reino Unido y Suecia; y las menores, en Italia, Portugal y Grecia. Las regiones más infecundas de Europa son españolas: Asturias, Galicia y Canarias. A su vez, mueren 10,3 personas por cada 1.000 residentes, con las mayores tasas de fallecimientos registradas en Bulgaria, Letonia, Lituania, Hungría y Rumanía; y las menores, en Irlanda, Chipre y Luxemburgo.

Muchas veces, en economía planteamos las diferencias entre flujos y stock.  Así, el stock de la deuda internacional de España es muy alto, pero el flujo es negativo (poco a poco España repaga sus deudas). En demografía, lo alarmante no es el progresivo aumento de la edad media del continente (stock) sino que el flujo (nacimientos vs. defunciones) es cada vez más preocupante.

Este fenómeno se vivió con especial intensidad en Japón, país que decidió no reemplazar el crecimiento vegetativo negativo mediante inmigración, ya que en la concepción nipona de la vida, la armonía social (en su entendimiento) pesa más que el crecimiento económico. De esta forma, Japón pierde un millón de trabajadores al año, lo que explica su mediocre nivel de crecimiento económico (en términos per cápita, los datos son muy positivos).

Estados Unidos y Europa mantuvieron una visión más abierta hacia la inmigración. Así, en el caso del Viejo Continente, a pesar de perder 100.000 habitantes por el crecimiento vegetativo, la población aumentó desde 508 hasta 510 millones de habitantes durante 2015, incremento explicable por el saldo migratorio. Con todo, la crisis económica y la irrupción de nuevos movimientos políticos parece que cuestionan de una forma cada vez mayor esta actitud abierta hacia la inmigración, lo que vuelve a plantear, con su mayor crudeza, el titular con el que se abre este artículo.

España  no queda a la zaga de tan tenebroso futuro. Así, durante 2015, y según el INE, los nacimientos disminuyeron un 2%, aumentando las defunciones un 6,7%, o sea, que la dirección es más que preocupante. Nacieron 9 niños por cada 1.000 habitantes, frente a 19 niños en 1976, posiblemente un fenómeno ligado a que cada vez hay menos mujeres en edad fértil, y a que la edad media de la primera maternidad ha subido hasta los 32 años.

De los 419.000 nacimientos, casi 75.000 fueron de madre extranjera (un 18% del total), lo que muestra el peso cada vez más creciente de la inmigración en la natalidad (las madres españolas tienen 1,28 hijos por mujer, en tanto que las extranjeras residentes en España presentan una media de 1,65, en parte, porque las españolas tuvieron su primer hijo tres años más tarde de media que las extranjeras). Por su parte las muertes alcanzaron a más de 422.000 personas, o 9,1 por cada 1.000 habitantes, frente a las 8,3 muertes que se producían en 1975 (producto de la edad media más avanzada).

Si las consecuencias sociales de semejantes datos son escalofriantes (¿pueden las civilizaciones cometer suicidios demográficos?), las económicas son también aterradoras. Se han observado enormes crisis demográficas a lo largo de la Historia (la Roma anterior a las invasiones bárbaras es un buen ejemplo), pero no en sociedades con un gasto social elevado, en especial en pensiones y en sanidad.

Europa desarrolló una protección social cuando contaba con elevados crecimientos económicos asociados a la productividad. Hoy, apenas crecemos, y la productividad es menguante.  El envejecimiento conlleva un peso creciente de gasto público, peso que ha de salir de un menor gasto en educación y de un mayor nivel de deuda pública, hasta que el peso sea insostenible. Esto, a medio plazo, puede generar una crisis social y económica mucho más intensa de la que contemplamos en la actualidad.

Y si comenzaba con una desapercibida e inquietante noticia sobre nuestro continente, acabo con otra análoga sobre nuestra nación: en 2015, y por primera vez desde que hay estadísticas, ha habido más muertes que nacimientos en España. Y volviendo al Viejo (nunca mejor dicho) Continente: en 1900, uno de cada cuatro seres humanos era europeo.  En 2050, lo serán apenas uno de cada catorce.  

Otra alarmante tendencia también desapercibida, y así seguiremos desapercibidos… hasta que desaparezca el más apasionante de los continentes.

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