La tasa de empleo juvenil está condenada a dispararse

Rafael Puyol. Vicepresidente. Fundación IE

7 Junio 2010

A pesar de las escalofriantes cifras de paro, que se ensañan especialmente con la población jóven, la baja natalidad indica que los menores de 25 años tienen un brillante futuro laboral.

Estamos preocupados por nuestros jóvenes y no es para menos. La crisis afecta decisivamente sus niveles de ocupación y desempleo y les hace vivir un presente azaroso e incierto, debido a que muchos no encuentran trabajo y bastantes realizan actividades no deseadas, precarias, mal pagadas o en clara discordancia con su formación previa.

La última Encuesta de Población Activa (I Trimestre de 2010) daba 1,05 millones de jóvenes ocupados entre 20 y 24 años y 604.200 parados. La tasa de actividad de este colectivo es del 63%, lo que indica un elevado número de inactivos. En contraposición, las tasas de empleo son bajas, y las de paro, muy altas: un 39% entre los varones y un 33% entre las mujeres.

[*D La población entre 20 y 24 años está sufriendo con especial intensidad la lacra de desempleo, hasta el punto de que la tasa paro entre este colectivo llega al 39% en los varones y al 33% en las mujeres. *]

Esta situación resulta especialmente lacerante si tenemos en cuenta que hoy los jóvenes son menos que hace 20 años. En 1991, había 5,2 millones de personas de 18 a 25 años, debido a la llegada a esa franja de las generaciones del “baby boom”. En 2009, en cambio, eran sólo 4,4 millones, por la caída posterior de la natalidad. Y aún serían menos sin la inmigración de casi 800.000 personas de esas edades en los últimos años.

Resulta paradójica esa intensa relación inversa de que, a menos jóvenes, haya más desocupados entre ellos. Con el agravantes de que la situación de escasez relativa va a ir a más.

[*D Dentro de 10 años habrá 650.000 jóvenes (18-25) menos. Su problema, por tanto, no será entonces encontrar trabajo. Lo tendrán con mucha mayor facilidad. *]

La incidencia laboral más importante será entonces el profundo desequilibrio entre los que se incorporen al mercado laboral (pocos) y los que saldrán de él (muchos debido a la llegada a la edad del retiro de las generaciones del baby boom).

La demografía, pues, va a marcar inexorablemente el futuro del sistema de pensiones.

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