Lecciones clásicas de la libre competencia

Miguel Herrero de Jáuregui. Profesor. IE School of Arts & Humanities

2 Junio 2009

Los dogmas de la teoría económica se han puesto en entredicho con, quizás, una única excepción: la libre competencia que ya defendieron los griegos.

En los últimos meses se están revisando muchos dogmas de la teoría económica clásica. Sin embargo, hay uno que resiste las críticas, vengan de donde vengan, si no tenemos en cuenta a ciertos nostálgicos pintorescos. Parece que en la actualidad la libre competencia se erige como un pilar de modelos nuevos y revisados, al igual que ocurrió en la época de Adam Smith. No obstante, la primera expresión de los beneficios de la competencia es mucho más antigua. En Grecia, hace más de 2700 años, Hesiodo comenzó su obra Trabajos y días con estas líneas:

“No era uno el linaje de las Érides [Discordias], sino que sobre la tierra
hay dos. A una, cualquiera que llegue a comprenderla, podría alabarla,
pero la otra es muy reprochable, pues tienen distinta naturaleza.
Una, horrible, engendra guerra funesta y disputa;
ningún mortal la quiere, sino que a la fuerza,
por voluntad de los inmortales, honran a Eris abrumadora.
A la otra primogénita la engendró la tenebrosa Noche,
y Zeus Crónida, de alto asiento, que habita en el Éter, la colocó
en las raíces de la tierra y es más provechosa para los hombres;
ella despierta para el trabajo incluso al muy holgazán,
pues está ansioso de trabajo cualquiera viendo a otro
rico que se apresura a cultivar, plantar
y disponer la casa; el vecino envidia al vecino,
que se apresura a la fortuna, pues ésta es provechosa Eris para los mortales;
el ceramista está celoso del ceramista, el artista del artista,
el pobre envidia al pobre y el aedo al aedo”.*

[*D La libre competencia nació en Grecia. Ya los filósofos presocráticos se fueron superando unos a otros en sus cosmovisiones respectivas. *]

Estas líneas, además de ser una apología temprana de la libre competencia, ofrecen la clave de la sorprendente producción, en muy distintos campos, de la Grecia clásica, durante un periodo muy breve de tiempo. Los filósofos presocráticos se fueron superando unos a otros en sus cosmovisiones respectivas, gracias a la libre competencia. Anaximandro competía con Tales, Parménides con los miletos, Empédocles con Parménides, Heráclito con Pitágoras. De igual modo, el Liceo peripatético rivalizará con la Academia platónica, los estoicos con los epicúreos y, a partir de esta competencia entre escuelas, se establecieron las bases de toda la filosofía posterior.

Lo mismo ocurrió con las artes: la cerámica de figuras rojas avanzó precisamente en competencia con la de figuras negras. En poesía, la productividad del espíritu competitivo es aún más evidente: el propio Hesiodo ganó un concurso de poesía rapsódica, y en Homero encontramos numerosos indicios de competencia con otros poemas orales, que suponen algunos de los mejores fragmentos de sus obras. Las tragedias y las comedias de la Atenas del siglo V fueron todas compuestas para concursos dramáticos. El principio competitivo en la literatura, al igual que en todas las artes, era “hacer lo mismo, pero hacerlo mejor”.

[*D El principio competitivo en la literatura, al igual que en todas las artes, era “hacer lo mismo, pero hacerlo mejor”. *]

Este espíritu del agón, de la competencia, sólo podía surgir en Grecia (al contrario que en Egipto o Persia) a partir de una falta de poder central que estableciese unas reglas fijas. Las diferentes ciudades independientes competían entre ellas, y los diferentes agentes del poder político (aristócratas en las aristocracias, oradores en las democracias) competían dentro de cada ciudad. Esta rivalidad constante generó obras de arte magníficas, discursos eternos, nuevas visiones del mundo. Por supuesto, la competencia no siempre era idílica: en más de una ocasión, la Discordia buena se convirtió en la reprochable, la competencia política acabó en persecución y muerte, y los desafíos entre ciudades provocaron la guerra…

Desde luego, como en toda buena alegoría, o modelo matemático, los dos tipos de Discordia son formas ideales que no aparecen en la realidad como arquetipos puros, sino bajo muy diversas formas complejas. La competencia perfecta sólo existe en los libros, como todo el mundo sabe. Lo que los órganos reguladores intentan hacer es lograr que el mercado actual se acerque lo máximo posible a la segunda Discordia, y evitar ciertas prácticas que están más próximas de la primera Discordia, la destructiva.

[*D El ejemplo de competencia son los JJOO: puedes entrenarte para ganar; pero no puedes hacer trampas. Y en cuatro años deberás volver a competir *]

Lo mismo ocurre en muchos otros ámbitos. Se incita a la discordia dentro de unos límites establecidos de odio y envidia. Se considera que la competencia económica es buena mientras no se vuelva demasiado darvinista. Se permite la competencia política dentro de los límites de las reglas políticas. Quizás el mejor ejemplo se puede encontrar en un renovado interés moderno por la antigua institución del agón por excelencia: los Juegos Olímpicos.

Recuerdo que una vez tuve que esperar durante varias horas en Lausana a un tren que llegaba con retraso y no tenía nada mejor que hacer que ver el Museo Olímpico. Lausana es una de esas ciudades en las que, por alguna razón, siempre estás subiendo alguna cuesta. Pero el esfuerzo valió la pena, el Museo es estupendo y realmente transmite el espíritu olímpico: citius, altius, fortius… La esencia de las Olimpiadas es la intensa competencia entre iguales, respetando las normas caballerescas: puedes entrenarte, puedes inventarte nuevas estrategias, puedes usar ardides psicológicos para ganar; pero no puedes hacer trampas, no puedes matar a tu rival y, cuatro años después, tendrás que volver a competir.

* Traducción de Adelaida Martín Sánchez y María Ángeles Martín Sánchez. Hesiodo: Teogonía. Trabajos y días. Escudo. Certamen, Madrid: Alianza Editorial, 2000, 74-75. (N. del T.)

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