<B>Los retos económicos de Néstor Kirchner</B>

Rafael Pampillón. Director del Área de Entorno Económico del Instituto de Empresa

19 Junio 2003

El nuevo gobierno argentino se enfrenta a graves problemas que requieren de soluciones diferentes de las puestas en marcha hasta ahora. El momento económico es bueno pero es necesario que se implemente la política económica que la difícil situación exige.

Néstor Kirchner se ha convertido en el presidente de los argentinos tras renunciar Carlos Menem a presentarse a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, debido a la derrota que le pronosticaban las encuestas. Parece, por tanto, que al ministro de Economía, Roberto Lavagna, le toca gestionar la economía del país durante los próximos años. ¿Qué política económica seguirá? ¿Cambiará esto la situación económica del país? Puede que sí, aunque no lo parezca a primera vista.

Lo primero que se debe señalar es que la propia situación política y económica de Argentina limita bastante el margen de maniobra y las posibilidades de toma de decisiones, lo que hace muy difícil que se repitan los fallos anteriores en política económica. Kirchner y Lavagna (un economista realista y pragmático, plenamente consciente de esos límites) tendrán que enfrentarse a la dura realidad económica con seriedad.

Argentina necesita solucionar el problema de su deuda y llegar a un nuevo acuerdo con el FMI, actualizar las tarifas de los servicios públicos, recapitalizar y ordenar el sistema financiero, reformar su sistema fiscal, poner orden al derroche de dinero público que gestionan los sindicatos, reestablecer la confianza en la política económica y atacar la corrupción, que va desde la Corte Suprema hasta el último diputado (salvo honrosas excepciones). La corrupción de los políticos ha minado la confianza en las estructuras democráticas. Es como si el Estado hubiese sido tomado por una red de políticos y hombres de negocios que sólo persiguen sus propios intereses.

¿Ha sido esta la principal causa de la derrota virtual de Menem? En los índices de transparencia Argentina figura en los puestos más bajos y está cada vez más lejos en los índices de libertad económica. Por eso, el principal reto que tiene el nuevo presidente es conseguir un clima de gobernabilidad propicio, reduciendo los niveles de corrupción y de incertidumbre económica que, desde hace años, pesan sobre los inversores nacionales y extranjeros.

El aspecto más positivo es que la economía está reaccionando favorablemente ante la fuerte devaluación del peso en 2002 (el tipo de cambio pasó de 1 peso por dólar a 3,5 pesos/dólar) lo que ha permitido un fuerte empuje de las exportaciones y una mayor facilidad para competir con las importaciones. Parece, por tanto, que los ganadores de la depreciación del peso son los productores de bienes exportables que han abierto nichos de negocios en el exterior, y también, otros productores de bienes y servicios nacionales que, al encarecerse las importaciones, han conseguido aumentar su margen sustituyendo importaciones por bienes nacionales.

[*D Desconfianza ante las estructuras democráticas *]

Así el Estimador Mensual Industrial del primer trimestre de 2003 ha crecido un 18% respecto al primer trimestre de 2002. Es cierto que el peso se ha vuelto a apreciar 2,7 pesos/dólar, como consecuencia de la entrada de divisas procedente de la exportación, pero no parece que por ahora haga peligrar la recuperación, aunque si está favoreciendo la necesaria moderación de la inflación. Los datos apuntan a un crecimiento económico por encima del 5%, tanto este año como en el 2004. Es decir, la economía está embarcada en una reactivación vigorosa, y parece más probable que ésta se prolongue a que se interrumpa.

Pero para que la recuperación económica se consolide y cobre impulso, hace falta alcanzar un mayor equilibrio presupuestario. Argentina lleva seis décadas de profunda indisciplina fiscal. En demasiadas ocasiones se recurrió a la “máquina de hacer billetes” para financiar el déficit público provocando hiperinflaciones. En los años 90 la convertibilidad menemista cerró esa fuente espúrea de financiación con lo que parecía inevitable, una mayor disciplina fiscal.

Desgraciadamente no fue así, Menem sostuvo un nivel de gasto muy por encima de los ingresos corrientes, a través de privatizaciones y de endeudamiento. Es decir, desgraciadamente las privatizaciones fueron acompañadas de aumento de gasto y de deuda pública y no de su reducción. No se debe olvidar que una buena política de privatizaciones debe contribuir a disminuir parte de la deuda pública y además a reducir el déficit público.

Menem olvidó este principio y por eso perdió el apoyo de los electores. Si a ello se une que el Estado argentino cargó con buena parte de los costes de la salida de la Convertibilidad, la deuda pública creció hasta alcanzar una magnitud astronómica: cerca del 90% del PIB, aún después de una negociación con los acreedores externos.

Este lastre pone un enorme signo de interrogación sobre la imagen de solvencia del Estado a largo plazo. Sin embargo, la necesaria renegociación y reestructuración de la monumental deuda, que tendrá que hacer el nuevo gobierno, pasa por que los acreedores se conformen con pagos muy bajos en concepto de intereses. El problema es menos grave de lo que parece pero hay que pagar, de ahí que una de las incógnitas es saber si el nuevo gobierno está dispuesto a generar un superávit primario del 3,5 por ciento del PIB para pagar el servicio de la deuda y recuperar la necesaria imagen de seriedad y solvencia fiscal. Si fuera así Kirchner podría ser un segundo Lula, una oveja vestida de lobo.

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