<B>Portugal y la Eurozona</B>

Rafael Pampillón. Profesor del Instituto de Empresa

29 Diciembre 2003

La economía portuguesa sufre importantes desequilibrios. Los expertos destacan la dificultad de recortar sus elevados niveles de inflación si el país luso no acomete una consolidación presupuestaria.

Llama la atención la lamentable situación de la economía portuguesa: elevada inflación, crecimiento negativo del PIB, aumento del paro y abultado déficit exterior. De mantenerse los actuales desequilibrios, Portugal tendrá que ser el primer país que abandone el euro. Desde que se produjo la última devaluación del escudo en 1995, los precios han subido un 9% más que la media de la eurozona. Las causas son muchas y muy variadas (incremento del precio del petróleo en el año 2000, malas condiciones meteorológicas que destrozaron las cosechas del 2001, la puesta en circulación del euro en 2002, los incendios en 2003…), pero quizá las causas más importantes hayan sido el incremento de los costes de producción y una política presupuestaria claramente equivocada.

El persistente déficit público ha dado un tono marcadamente expansivo a la política fiscal, y ha impulsado las tensiones inflacionistas. En marzo de 2002, el gobierno de centro-derecha ganó las elecciones generales, rompiendo así con dos legislaturas de gobiernos de izquierdas. Los mayores problemas heredados fueron el déficit público y el déficit exterior. Es más, en 2002, la UE activó el sistema de alerta temprana porque Portugal se había alejado de la senda del recorte del déficit público. Una mayor inflación supone pérdida de competitividad, y el Ejecutivo del socialista Antonio Guterres no aprovechó el contexto económico favorable entre 1998 y 2000, para hacer un esfuerzo de rigor presupuestario mucho más fácil entonces que en el momento actual.

El enfriamiento de la economía mundial tras la explosión de la burbuja tecnológica y la incertidumbre generada por el atentado terrorista del 11 de septiembre, detuvieron el crecimiento económico mundial, y Portugal no fue una excepción. Pero, mientras España continuó su proceso de convergencia real con la zona del euro, Portugal inició una fase de aguda desaceleración que le llevó a crecer un 0,4% en 2002, muy por debajo del ya magro 0,9% que registró la eurozona durante el año pasado. Para 2003, Portugal espera un crecimiento negativo, mientras que el español estará muy por encima de la zona euro.

¿Qué explica un comportamiento tan distinto? ¿Qué diferencias hay entre la economía portuguesa y la española? Como señalaba Alberto Nadal, la respuesta está en la política presupuestaria. Mientras en España se aprovechó el ciclo expansivo para ajustar las cuentas públicas, bajar los impuestos, racionalizar el gasto y reducir el endeudamiento, en Portugal se expandió el gasto público y no se redujo el déficit.

[*D El control de la inflación será clave para asegurar la permanencia de Portugal dentro de la Eurozona *]

Desgraciadamente, el gobierno portugués ha planteado para 2004 unos presupuestos inflacionistas, con un déficit en las cuentas del estado del 3,8%, que supone un 2,9% para el conjunto de las Administraciones Públicas. Ello le posibilita cumplir al límite con el Pacto de Estabilidad y Crecimiento. En realidad, el objetivo debería ser el equilibrio presupuestario, que es el mejor cauce para conseguir la estabilidad de precios y fortalecer el crecimiento a largo plazo. El ajuste, por doloroso que sea, debe realizarse por el lado del gasto, puesto que ya no hay margen para incrementar los ingresos por la imposición directa, y por la indirecta se corre el peligro de avivar las tensiones inflacionistas, tal como sucedió en 2002 con la subida del IVA.

Es muy difícil que en Portugal se produzcan avances sustanciales en la lucha contra la inflación si no se acomete una consolidación presupuestaria. Controlar la inflación es muy importante para el crecimiento económico: refuerza la competitividad de las empresas y aumenta el crecimiento, así como el empleo a través de las exportaciones. Sin embargo, la inflación portuguesa ha sido siempre superior a la media de la UE, y, para compensar esta pérdida continua de competitividad, los gobiernos lusos optaron por devaluar el escudo. El problema se produce cuando una economía inflacionista, pequeña y abierta (es decir, sometida a la competencia de productores extranjeros) no puede compensar con devaluaciones la pérdida de competitividad, al no tener una moneda propia que poder devaluar. En esa situación, la única manera de garantizar el crecimiento económico y conseguir con ello un aumento duradero y sostenido del empleo es la estabilidad de precios. De no ser así, Portugal tendrá todas las papeletas para ser el primer país que se vea forzado a abandonar el euro.

La posibilidad de que la economía portuguesa subsista dentro de la eurozona depende de los logros en el control de la inflación. La competitividad y el equilibrio exterior únicamente son posibles a través de la estabilidad de precios, que sólo se puede alcanzar mediante políticas fiscales restrictivas, estímulo a la competencia y reformas estructurales. Ahora, el problema es mucho más grave, ya que no hay escudo para devaluar.

Y si el Gobierno, en el futuro, sigue planteando presupuestos expansivos, con el consiguiente descontrol de la inflación, la otra alternativa que le quedará, para recuperar la competitividad, será la de abandonar voluntariamente el euro, aunque, evidentemente, esa no sería una buena salida.

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