<B>Reflexiones sobre Davos</B>

Angel Cabrera. Decano. Instituto de Empresa

19 Febrero 2004

La reciente cumbre de Davos ha tratado en detalle temas como el potencial asiático, la fuga de cerebros en Europa, las nuevas tendencias del comercio internacional o el 'worldsourcing'. Sin embargo, en Davos hay que prestar tanta atención a lo que se comenta como a lo que se silencia.

De vuelta en Madrid, con la nariz aún congelada de frío, me preguntan mis alumnos: ¿de qué se habló en Davos? Como me decía el empresario Martín Varsavsky, Davos es el lugar donde se producen las conversaciones más improbables entre las personas más improbables. No es raro encontrarte en medio de un debate sobre desarrollo con un premio Nobel de la Paz, un emprendedor punto.com y un presidente de una compañía petrolífera. En Davos se habla de tendencias, de oportunidades, de crecimiento. También de riesgos, de desigualdades, de pobreza. Pero al cabo de varios días, algunas conversaciones parecen repetirse de manera obstinada. Como si la conciencia colectiva tratase de hacerse oír con voz nítida, avisarnos de lo que se avecina, llamar la atención sobre las cosas que más nos deben importar. En esta ocasión una de las conversaciones fue claramente más audible que el resto: China.

China tiene una renta per cápita aún baja, con una colosal oferta de mano de obra cualificada y no cualificada de bajo coste, que está atrayendo un flujo de inversiones y divisas extraordinario y al que aún no se le adivina límite a su crecimiento. Los chinos ya no se conforman con el “todo a cien” sino que fabrican lo que les echen. Son una esponja con capacidad ilimitada para absorber no sólo inversiones extranjeras, sino también la tecnología que viene asociada a ellas. En España nos gusta discutir sobre competencias (quién debe recaudar qué impuesto, quién debe dirigir qué policía, quién debe gestionar qué hospital). Los chinos, curiosamente, prefieren hablar de competitividad (cómo atraer nuevas inversiones, cómo crear empleo, cómo seguir creciendo más rápido que los demás). Si, en efecto, las conversaciones reflejan las prioridades colectivas, me da la impresión de que los chinos están mucho más centrados en su futuro que nosotros en el nuestro.

Lecciones de competitividad

Hace días nos informaron de que Philips cierra su fábrica de bombillas en Cataluña, y que la Generalitat está que echa humo. La dirección de la empresa dice que igual que la Generalitat nunca le compró bombillas, ahora no entiende sus aspavientos. Obviamente los gobiernos no están para hacer caridad a las empresas, y deben comprar las bombillas más baratas que encuentren con el dinero de los contribuyentes. Pero tampoco las empresas están para hacer caridad a los gobiernos con el dinero de sus accionistas. Y si las cuentas no salen, lo más responsable que pueden hacer es irse con los bártulos a otra parte. La obligación de los gobiernos es llenar de razones a las empresas para que se instalen, no enfrentarse a ellas cuando se marchan. Si se van más de las que llegan, puede que algo no se esté haciendo bien. Me encantaría ver en una de esas conversaciones improbables de Davos a un chino, un español y al Profesor de Harvard Michael Porter juntos. ¿Quién nos iba a decir que China nos fuera a dar, algún día, lecciones de competitividad?

En Davos se habló también de tecnología. Viene una nueva ola de innovación. En telecomunicaciones, en biotecnología, en nanotecnología. Estados Unidos sigue siendo líder en número de patentes. La India, Méjico, Singapur y Corea son los países con mayor crecimiento en ese campo. España de momento no aparece en ningún cuadro de honor al respecto.

En términos de porcentaje sobre el PIB invertido en I+D, España sigue a la cola de la Unión Europea, con un nivel cercano a Hungría ó Polonia. Deberíamos preguntarnos qué es lo que vamos a exportar cuando el resto de nuestras fábricas de automóviles y de bombillas se hayan ido también a China. Irónicamente, hay un área donde nuestras exportaciones no andan tan mal. Se trata de los cerebros. Tenemos en Europa una capacidad única de seleccionar talento investigador, invertir en su formación para luego cedérselos a los americanos. En Davos se llama a esto “fuga de cerebros”. Yo creo que los cerebros no se fugan de Europa. Más bien los echamos.

En Davos se habló de subcontratación internacional, alguien lo bautizó como “worldsourcing”. La cuestión no es nueva, pero el alcance sí. Las empresas llevan tiempo fabricando allá donde más sentido económico pueda tener. A esto, se une ahora una fiebre renovada por la subcontratación de actividades no estratégicas (“outsourcing”) que va más allá de la manufactura. Así, se están dejando en manos de proveedores externos (y extranjeros) funciones tales como la contabilidad, la logística, o los sistemas de información. La India se está convirtiendo en proveedor internacional de servicios profesionales: los contables y programadores del mundo. Además de tener mucha gente y cada vez mejores universidades, saben hablar inglés.

En el lado de las amenazas, nada especialmente nuevo. El polvorín de Oriente Próximo, el difícil ejercicio de construir una democracia desde el vacío institucional posbélico, la esperanza de cordura en el conflicto de Cachemira, el terrorismo como fondo, y el drama interminable del SIDA. La cifra más repetida, los más de mil millones de personas que han de apañárselas con un euro o menos al día. ¿Cómo es posible que seamos capaces de enviar gente a Marte y no tengamos ni idea de cómo atacar estas cuestiones tan lamentables?

Silencios a gritos

Además de lo que se oye, también hay que prestar atención a lo que no se oye. Algunos silencios hablan a gritos. En Davos se habló poco de Latinoamérica, y mal de Europa—rigidez, languidez e hipocresía en cuestiones de comercio internacional son algunos de los piropos más escuchados. España pasó desapercibida—excepto en el discurso agradecido del Vicepresidente de los Estados Unidos Dick Cheney. Desde que asisto a este foro, no recuerdo haber visto tan pocos españoles—Solana, Palacio, Rato, Maragall y Pujol, algunos periodistas, un par de académicos y tres o cuatro empresarios. No he encontrado una explicación razonable a esta falta de interés por Davos. No sé si fue el frío alpino, el partido del Madrid, una ideología antiglobalización, o que, a diferencia de los indios, a los españoles no se nos da muy bien el inglés. Lo que me inquieta es que tampoco se nos echa tanto de menos.

Este año parece que el mundo va bien. Para unos mejor que para otros, pero en general, razonablemente bien. China se consolida como la fábrica del mundo, India como los contables y programadores, Estados Unidos como el laboratorio de investigación. Mientras tanto, nosotros deberíamos empezar a pensar seriamente qué oficio queremos tener de mayores en este esquema mundial interconectado e interdependiente. Lo de la playa y el sol no está mal. Pero dudo que a largo plazo nos pueda dar de comer a todos.

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