Sesenta años del legado de James Bond

Manuel Lucena. Profesor. IE School of Arts & Humanities

1 Junio 2012

Hace seis décadas que Ian Fleming creó al espía más famoso de todos los tiempos, tras el que se esconde la decadencia del Imperio británico y la Europa de postguerras.

Una mañana de 1952, cierto periodista británico de mediana edad y residente en Jamaica, que bebía una botella de ginebra y fumaba setenta cigarrillos diarios, empezó a escribir su primera novela. Era un caso de libro, nunca mejor dicho, de “bloqueo del escritor”. Su nombre era Ian Fleming.

A pesar de que había intentado convertirse en militar o diplomático, como estaba predestinado por la elevada posición social de su familia, hasta que no se dedicó al periodismo no halló su destino. Arrogante, políglota, melancólico y seductor, fue corresponsal en Moscú y banquero en Londres, antes de servir como oficial naval y espía durante la Segunda guerra mundial.

Ampliamente dotado para la fabulación, se especializó en operaciones de engaño, dos de ellas vinculadas a España. La exitosa “Carne picada” alejó a los alemanes de Sicilia, donde tendría lugar el desembarco aliado, mediante el “hallazgo” en Huelva de un cadáver con supuestos planes secretos. La prevista, pero nunca ejecutada, “Ojo dorado” estaba preparada para el caso de que Franco optara por la entrada en el conflicto a favor del Eje y la comunicación con Gibraltar quedara interrumpida.

La posguerra fue aburrida para Fleming, siempre a la sombra de su hermano Peter, exitoso escritor de viajes, pero la revancha llegó hace ahora sesenta años.

Al día siguiente de contraer matrimonio con su amante desde hacía tiempo, la muy rica y devota Ann Charteris, lady Rothermere, se puso a escribir de manera compulsiva y en dos meses acabó “Casino royale”. Fue la primera de la saga Bond, formada por doce novelas y dos volúmenes de historias cortas, publicadas entre 1953 y 1966, dos años después del fallecimiento de su autor a causa de un infarto propiciado por su nada saludable estilo de vida.

James Bond, icono de la cultura popular global a causa de la explotación cinematográfica de sus historias, debe su nombre a una serie de casualidades hilarantes.

Fleming, aficionado a la contemplación de aves, se había recluido en la pintoresca casa “Goldeneye”, situada en la localidad de Oracabessa (del español oro-cabeza), en la costa norte de Jamaica. Según propia confesión, se “estrujaba el cerebro” en busca de un nombre para su protagonista, el agente 007 al servicio de su graciosa majestad, “con licencia para matar”. Debía ser “breve, carente de romanticismo, anglosajón y muy masculino”.

Sus ojos se posaron sobre la “Guía de pájaros de las Indias occidentales” del naturalista James Bond, que se hallaba sobre la mesa. De inmediato se dio cuenta de que el libro poseía los rasgos de su personaje, a quien todavía imaginaba con rasgos más literarios que los cinematográficos, más compulsivos, con los que ha pasado a la historia. Se trataba de un superviviente del conflicto mundial, que seguía en activo en plena guerra fría y se las apañaba como podía.

El carácter de ese Bond literario, una mezcla de rasgos de distintos espías que Fleming había tratado en sus años de servicio activo, correspondía a “un tipo irrelevante, carente del menor interés, como un cuchillo sin filo, al que simplemente le pasan cosas”. Resulta difícil exponer de manera más adecuada el horizonte de la Europa de los años cincuenta, claramente reactivo, en plena liquidación imperial y con su poder mundial dilapidado tras dos brutales conflictos. Pasaban cosas y parecía que poco o nada se podía hacer para evitarlas. De ahí que Fleming fuera, por encima de todo, un escritor de la nostalgia imperial británica.

El éxito arrollador de 007 fue el de una ficción consoladora para toda una generación, que se sentía perdida en un mundo ajeno. A pesar de la victoria lograda en la guerra, ya no les pertenecía. Lo que Fleming narró en sus novelas fue el final de Gran Bretaña como poder mundial. La invención del superagente “con licencia para matar” no fue una atrevida concesión, sino una confesión de impotencia.

En el mundo postimperial regido por soviéticos y norteamericanos, las reglas de caballeros (británicos y europeos por extensión) no servían. La caricatura que propuso resulta evidente. Bond está obligado a rendir cuentas a la superioridad (no es un aristócrata, vive de un sueldo del Estado) y depende con demasiada frecuencia de incompetentes. Sus jefes son tan irascibles como indulgentes. Forzado por los hechos, pretende mantener la superioridad por la vía de la tecnología y de la experiencia. Sus exuberantes vicios y dudosas virtudes remiten a un elemento clásico, el disfrute salvaje e inmoral de la vida, propio del hedonismo postimperial. Desde los romanos, la decadencia se caracteriza por el brutal materialismo y una insaciable avaricia, reflejos de la pérdida de la virtud política. El humor resulta una condición para sobrevivir.

Bond es el héroe propio de un mundo crepuscular y por eso es también un tipo patético y un pícaro, al modo de Tristan Shandy o nuestro Lazarillo de Tormes. Incapaz de formar parte de equipos o de integrarse en esfuerzos colectivos, sobrevive a toda clase de peligros por una mezcla única e irrepetible de experiencia y encanto. Reflejo de una educación victoriana como la que recibió Fleming en sus años juveniles, Bond es un caballero con sus iguales, un déspota con los inferiores y un mentiroso arribista con las mujeres. Hacia ellas, como han mostrado diversos trabajos de perspectiva feminista, vive una fantasía de dominio que se cumple también en sentido opuesto, pues las “chicas Bond” lo poseen y se contagian de su aura poderosa: ellas representarían novedosas instancias de poder y capacidad física y mental.

La tan difícil como paternalista convivencia de 007 con los espías de la CIA estadounidenses, personajes menores que llegan cuando el trabajo duro está hecho, es otro elemento importante. Expresa la “relación especial” entre Estados Unidos y su antigua metrópoli, un pacto que con todas sus ambigüedades, e incluso con un claro reflejo en la cultura popular (en las películas de Hollywood los malos tienen acento inglés, y en los seriales televisivos británicos los millonarios caprichosos y prepotentes hablan como texanos), ha garantizado a los súbditos de Isabel II una lenta y bien administrada decadencia, aún vigente. La exhibición de esta alianza, eficiente sin duda, alcanzó en los años ochenta, durante las presidencias de Ronald Reagan en Estados Unidos y los períodos de Margaret Thatcher como premier en Reino Unido, su penúltima expresión.

Pero Bond también guarda, literalmente, una caja de sorpresas. La tecnología que exhibe es de pura tradición británica. El recurso permanente a ella en trances de vida o muerte constituye una operación de propaganda encubierta dirigida al mercado de lujo y la creación de marca de enorme éxito, en especial tras el éxito apabullante de las versiones cinematográficas protagonizadas por Sean Connery, de “Dr. No” (1962) a “Los diamantes son para siempre” (1971). Trajes, mecheros, camisas, coches, llaveros, relojes, armas, todo lo que toca Bond se convierte en objeto de deseo. Desde sus célebres cócteles con el Vodka Martini como enseña, hasta el perfume “Floris” de Jermyn Street, cuyos fabricantes enviaron a Fleming sus productos como agradecimiento por la publicidad gratuita. Objetos cuya posesión fetichista ratifica, en suma, que todo tiempo pasado fue mejor, pero el presente tampoco está desprovisto de atractivos.

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