Valió la pena

Ignacio de la Torre. Profesor. IE Business School

30 Octubre 2015

“Valió la pena” es el título de las memorias recién publicadas de Jorge Dezcallar, una lectura que valió la pena hacer para mirar desde la verdad la historia reciente de España.

Afirmó el poeta iraní Rumi hace más de mil años que “la herida es el lugar por el que la luz entra en el alma”. He devorado las memorias recién publicadas de Jorge Dezcallar (“Valió la pena”, editorial Península), embajador de España y ex director del Centro Nacional de Inteligencia, y su lectura me ha evocado el verso de Rumi; también una sana envidia por una vida dinámica “entre diplomáticos y espías”, y un cierto estupor intelectual al comparar el apolíneo mundo de la alta diplomacia con el dionisíaco de la “alta” (en realidad baja) política. A pesar de la carga emocional del libro, al haber sido escrito varios años después de los sucesos, su estilo destila la soberbia libertad que otorga la distancia. Como el autor dice glosando al padre de la independencia uruguaya, “con la libertad, ni ofendo ni temo”, potente frase que en este caso se transforma en “con la verdad, ni ofendo ni temo”. 

Expongo, antes de nada, que no soy neutral en esta reseña en la que pretendo convertir hoy mi artículo. Desde hace quince años, he admirado la trayectoria profesional de Jorge Dezcallar y su sentido de Estado, hace once tuvo la amabilidad de prologar un libro mío, y desde entonces he tenido la suerte de conocerle y de debatir con él.

El libro que recoge sus memorias, de un carácter muy personal, directo, y a veces supurante, se puede dividir en tres secciones. En la primera, expone sus años como diplomático, sobre todo centrados en la dirección general de política exterior de África y Oriente Medio, carrera que se vio culminada con la embajada en Marruecos, una de las más importantes de España, interactuando con políticos de la UCD, PSOE y PP. En la segunda, analiza aspectos públicos de su papel como secretario de Estado-Director del Centro Nacional de Inteligencia, con gobiernos del PP, con un hincapié especial en los días que sucedieron a los atentados del 11 de marzo. En la tercera, expone su paso por dos de las embajadas más emblemáticas de España: las acreditadas ante la Santa Sede (posiblemente la embajada permanente más antigua del mundo) y ante los Estados Unidos, bajo gobiernos del PSOE. 

Para alguien no afiliado a un partido político, y con una consabida reputación de independiente, no está mal haber llegado tan lejos.

Existe una idea central que rezuma todo el libro: la tensión perenne entre políticos y altos funcionarios por la frecuente anteposición de los intereses de partido a los de Estado por parte de los primeros, salvo honrosas excepciones. En ocasiones, esta “perversidad” se puede deber a la cada vez más deficiente extracción de numerosos elementos de la clase política, en otras, a la calamitosa situación de sus mecanismos de “democracia interna” (valga el oxímoron), y en ciertos casos, simplemente, a cierta estulticia intelectual, siempre plagada de megalomanía.  

Escribí hace años la columna “Perdón”, en la que reflexionaba sobre los atentados del 11 de septiembre en los Estados Unidos y los del 11 de marzo en España.  En Estados Unidos se concluyó que las diferentes agencias de seguridad no habían trabajado eficientemente a la hora de compartir información, se creó una comisión bipartidista para realizar este análisis, estudio que desembocó en una comparecencia en la que lo primero que se hizo fue pedir perdón al pueblo americano por tan calamitoso fallo, se creó la agencia nacional de seguridad, con la misión de coordinar toda la información y así evitar nuevos atentados. Los dos partidos suscribieron y apoyaron el acuerdo. En España, los atentados del 11 de marzo no provocaron un movimiento similar, sino una cainita españolada para intentar transformar a los muertos en votos.  El ejemplo más vergonzoso de cómo el partido (en minúscula) está por encima del Estado.  Con dicha actitud se intentaron manipular instituciones del Estado, y se intentó, mediante mentiras y ocultación de información, dañar irreparablemente la reputación de personas de impecable trayectoria independiente, como la que firma estas memorias.  

Nadie aún ha pedido perdón. Y, como exponía, sin una petición de perdón, podrá haber recuperación económica, pero ésta, sin recuperación ética, estará sentada una vez más sobre arenas movedizas. Quizás esta reflexión nos lleve de nuevo a recapacitar sobre la importancia de la sociedad civil, y un elemento consustancial a dicha sociedad es tener las agallas para exponer en voz alta los abusos cometidos por la clase política, abusos que pueden crear una desafección de consecuencias devastadoras, como tristemente contemplamos estos años.  Estas memorias son un ejemplo de agallas civiles.  

Si, cuando Ignacio Ellacuría y sus otros cinco compañeros jesuitas profesores de la Universidad Centroamericana fueron asesinados en El Salvador y el provincial narró emocionado cómo, al día siguiente, había recibido un número enorme de profesores voluntarios jesuitas para reemplazarles como docentes, Dezcallar narra un emocionante pasaje en términos parecidos: el asesinato de un agente del CNI en Bagdad en una misión peligrosa se saldó, al día siguiente, con 17 voluntarios para reemplazarle… y unas semanas más tarde, el asesinato de siete agentes del CNI en Irak, con una defensa heroica, provocó un ratio de voluntarios para reemplazar a cada asesinado de 22 a 1.  Ésa es la anónima raza de héroes de la que debemos estar orgullosos

Quizás en el libro hubiera cabido una reflexión sobre la íntima relación que existe entre la economía y la proyección de poder geopolítico, que redunda, al final, en capacidad diplomática. Los imperios que proyectan más fuerza de la que les otorga la economía y la demografía acaban cayendo (Roma es el ejemplo más evidente), y de ahí se deduce que la diplomacia debería tener la capacidad de realizar un análisis crítico sobre la realidad, siempre dinámica, de la economía para, de esta forma, proyectar la fuerza óptima, sea menguante o ascendente. 

La merma del poder de los Estados Unidos acaecida en los últimos años responde, precisamente, a esta ley de la Historia, como afirmaba hace un tiempo Richard Hass, Presidente del Council of Foreign Relations en su libro “War of Necessity, War of Choice”; a su vez, Rusia está realizando el proceso contrario, proyectando mayor poder geopolítico a pesar de haber convertido el país en un enano económico, lo que acabará mal.

A España le ha tocado vivir años trepidantes en su política exterior a partir de la transición y asociados a su expansión económica, para luego sufrir un devastador impacto como consecuencia de la crisis. Hoy, España disfruta de uno de los mayores crecimientos de Occidente, y surge el interrogante sobre cómo administraremos geopolíticamente ese ascenso. Pero, como he expuesto al principio, la naturaleza del libro no es teórica, sino que ofrece una narración personal sobre muy importantes eventos vividos por la política exterior y de seguridad de España en unos años críticos, tarea en la que el libro sobresale.

De estas ideas extraigo la conclusión de que la lectura de las memorias de Jorge Dezcallar es “necesaria y útil”, ya que sólo de la confrontación con la verdad, por amarga que sea, podemos replantear volver a construir un país y unas instituciones sobre una base moral que las solidifique. Es un libro escrito desde una enorme libertad interior que no busca  ajustar cuentas, tan sólo narrar subjetivamente una realidad “objetiva”, ahí radica su gran mérito.

“Valió la pena”  es una epopéyica y trágica evocación de la maniquea lucha entre dos principios: el de servir a España y el de servirse de España.

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